Mayo Rojo: mientras las pantallas entretienen, la sangre corre
Hay meses que un país recuerda por elecciones, huracanes o apagones. Y hay otros que quedan marcados por algo más oscuro: el miedo. Este mayo parece encaminarse a convertirse en uno de esos meses para la República Dominicana. Un “Mayo Rojo”, como ya muchos comienzan a llamarlo en redes y conversaciones de barrio, debido a la alarmante ola de feminicidios y asesinatos de mujeres que golpea al país mientras gran parte de la sociedad permanece hipnotizada frente a la pantalla del celular.
TikTok baila. Instagram posa. YouTube grita. Y mientras tanto, en alguna casa del país, otra mujer aparece muerta.
La tragedia ya no sorprende; apenas dura un ciclo de noticias antes de ser devorada por el próximo escándalo viral, el próximo meme o la próxima pelea digital entre “influencers” y personajes del entretenimiento instantáneo. La muerte compite contra el algoritmo. Y el algoritmo siempre gana.
La anestesia colectiva
La República Dominicana vive un fenómeno extraño: cuanto más violencia social aparece, más banal parece volverse la conversación pública. El crimen se consume como contenido. La tragedia se desliza con el dedo. Una joven asesinada comparte espacio en el “feed” con una receta de mofongo, un chisme de farándula y un video humorístico de alguien cayéndose en una motocicleta.
Todo dura segundos.
La sobreexposición digital ha creado una sociedad emocionalmente fatigada, incapaz de sostener indignación más allá de unas horas. Y eso tiene consecuencias profundas. Cuando el dolor colectivo pierde permanencia, la violencia encuentra terreno fértil para repetirse.
Porque no se trata solo de criminalidad. También se trata de deterioro moral, cultural y emocional.
El espectáculo sustituyó a la reflexión
La vieja conversación de sala, la discusión familiar, el debate comunitario o la lectura pausada han sido reemplazados por una economía de la atención donde lo importante no es la verdad ni la profundidad, sino el impacto rápido. Lo viral se convirtió en la nueva autoridad moral.
Y ahí aparece una pregunta incómoda:
¿Puede una sociedad defender la vida cuando buena parte de su energía emocional está dedicada al entretenimiento permanente?
La cultura del escándalo instantáneo produce ciudadanos distraídos. Personas que reaccionan mucho, pero reflexionan poco. Gente hiperconectada, pero emocionalmente aislada.
Mientras tanto, los feminicidios continúan revelando problemas estructurales que el país arrastra desde hace décadas:
- violencia intrafamiliar normalizada,
- machismo enquistado,
- salud mental abandonada,
- impunidad emocional,
- pobreza educativa,
- consumo descontrolado de contenidos tóxicos,
- y una alarmante pérdida de referentes éticos.
El algoritmo no tiene conciencia
Las plataformas digitales no distinguen entre una denuncia social y un baile viral. Todo vale mientras genere interacción. La indignación también produce clics. El morbo vende. El escándalo monetiza.
Y así, una sociedad entera termina atrapada en un carnaval emocional donde el sufrimiento humano dura exactamente lo que tarda en aparecer el próximo video recomendado.
El problema no es TikTok. Tampoco Instagram. Ni siquiera el internet.
El problema es cuando el entretenimiento desplaza completamente la conciencia crítica.
Un país cansado… y distraído
En muchos hogares dominicanos se percibe una mezcla peligrosa: frustración económica, ansiedad social y saturación digital. El ciudadano promedio vive exhausto, buscando escapar mentalmente de la presión diaria. Y las redes ofrecen precisamente eso: evasión inmediata.
Pero una nación que solo busca distraerse termina perdiendo capacidad para mirarse al espejo.
La violencia contra las mujeres no nace en el vacío. Surge en una sociedad donde el respeto se erosiona, donde la empatía se debilita y donde el valor de la vida humana compite contra la lógica brutal del espectáculo.
La pregunta incómoda
Quizás el verdadero terror del “Mayo Rojo” no sea únicamente la cantidad de mujeres asesinadas.
Quizás lo más inquietante sea descubrir que el país parece haberse acostumbrado demasiado rápido.
Porque cuando una sociedad normaliza el horror mientras sigue bailando frente al celular, el problema deja de ser solamente criminal.
Empieza a ser moral.
Y ahí, querido lector, ningún algoritmo podrá salvarnos.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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