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LA COMPLACENCIA DOMINICANA CON EL IMPERIO NORTEAMERICANO

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POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
CUÁLES SON LAS RAZONES DE LA COMPLACENCIA DOMINICANA CON EL IMPERIO NORTEAMERICANO
Por Ramon Emilio Espinola
“La verdadera soberanía nace en la felicidad del pueblo y se fundamenta en el derecho a comer, vivir decentemente y producir riquezas dentro de un clima de independencia económica.” — REE
“No pertenecemos a ningún partido, porque nada ni nadie puede darnos felicidad. La felicidad está dentro de mí y mi libertad nace en mi cerebro.” — REE
Resumen:
En las razones de la complacencia dominicana con el imperio norteamericano, examinamos, desde una perspectiva histórica, política y cultural, las raíces profundas de la subordinación ideológica y económica de sectores dominicanos frente a la influencia de los Estados Unidos. El ensayo aborda cómo las élites políticas, empresariales y mediáticas han contribuido históricamente a consolidar una mentalidad dependiente, sustentada en el miedo, el clientelismo y la manipulación de la memoria colectiva.
A través de un lenguaje crítico, poético y marcadamente sarcástico, el autor expone las contradicciones de una sociedad que, mientras exalta discursos patrióticos, muchas veces tolera prácticas que debilitan su soberanía nacional. Asimismo, se analizan las secuelas de las intervenciones extranjeras, la penetración cultural y el impacto de los modelos económicos impuestos sobre la identidad dominicana y el bienestar popular.
El texto reivindica la necesidad de una conciencia histórica capaz de desmontar los mecanismos de dominación simbólica y material que perpetúan la desigualdad y la dependencia.
Finalmente, el ensayo plantea que la verdadera soberanía no reside únicamente en los símbolos patrios o en los discursos oficiales, sino en la dignidad del pueblo, en la justicia social y en la capacidad colectiva de construir una nación libre, crítica y solidaria.
La historia tiene una costumbre cruel: castiga a los pueblos que olvidan y ridiculiza a aquellos que prefieren vivir de consignas antes que de realidades.
Y en América Latina, donde abundan los poetas revolucionarios de café, los expertos en antiimperialismo de redes sociales y los generales retirados del teclado, la República Dominicana ha aprendido —a golpes, invasiones y remesas— que el patriotismo romántico no paga la factura eléctrica ni llena la olla del pobre.
Todavía existen personas atrapadas en el museo oxidado de la Guerra Fría, abrazadas a banderas ideológicas que ya ni sus antiguos dueños desean levantar.
Aquella confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética, iniciada tras el final de la Segunda Guerra Mundial, no fue una lucha celestial entre ángeles y demonios, sino una pugna despiadada entre dos imperios deseosos de ampliar sus zonas de influencia mientras el resto del planeta servía de tablero y carne de cañón. Observen cómo ha quedado Cuba.
La llamada Guerra Fría fue “fría” únicamente para Washington y Moscú; en Asia, África y América Latina ardió con sangre, golpes de Estado, dictaduras, guerrillas y cementerios.
¿Recuerdan a Pinochet, Videla, los asesinatos, la ESMA, la operación Condor, las madres de Mayo? Para solo mencionar algunas cositas.
Mientras tanto, las grandes potencias jugaban ajedrez geopolítico con pueblos hambrientos que apenas poseían peones para defenderse.
Sin embargo, el desenlace histórico fue brutalmente revelador: la Unión Soviética terminó desplomándose bajo el peso de su propia ineficiencia económica, sus contradicciones internas y su burocracia elefantiásica.
El socialismo real, que prometía construir el paraíso obrero, terminó haciendo largas filas para conseguir pan. (En la Cuba actual del socialismo liberador, hay que hacer largas filas para ver si hay pan, o gas en el horno)
Y mientras los discursos revolucionarios se oxidaban junto a las estatuas de Lenin, Estados Unidos consolidaba su hegemonía financiera, militar, tecnológica y cultural.
Hoy Rusia es un capitalismo oligárquico vestido con nostalgia soviética, y Cuba —aunque todavía pronuncie discursos antiimperialistas con tono épico— depende del turismo, las remesas y las divisas extranjeras como cualquier economía capitalista periférica. La historia, siempre tan sarcástica, convirtió a muchos antiguos revolucionarios en administradores del mercado.
¿Por qué esta introducción? Porque recientemente la República Dominicana ha sido acusada por ciertos sectores de actuar como un gobierno entreguista y complaciente frente a los intereses de Estados Unidos. Y aquí conviene separar el teatro ideológico de la realidad económica, pues una cosa es declamar soberanía en una tarima y otra muy distinta es sostener un país de once millones de habitantes insertado en el corazón de la globalización.
Entre los hechos señalados por los críticos figura el supuesto apoyo logístico ofrecido a operaciones estadounidenses vinculadas a Venezuela y, además, la disposición del país a recibir deportados procedentes de Estados Unidos aun cuando pertenezcan a otras nacionalidades. Para algunos fanáticos del antiimperialismo tropical, tales acciones equivalen a vender la patria.
Pero la geopolítica no funciona con consignas universitarias ni con poemas inflamados escritos desde un teléfono fabricado en China, usando plataformas digitales estadounidenses y conexión financiada por remesas enviadas desde Nueva York.
Nada de esto es gratuito. Los Estados pequeños aprenden pronto que enfrentarse abiertamente a una superpotencia económica puede traer consecuencias devastadoras.
Quienes hablan alegremente de “romper con el imperio” suelen olvidar que las economías modernas no se sostienen con discursos patrióticos, sino con comercio, crédito internacional, inversión extranjera y estabilidad financiera.
La República Dominicana depende profundamente de organismos multilaterales, de mercados externos y, sobre todo, de la economía estadounidense.
Resulta muy fácil llamar “lacayo” al gobierno desde la comodidad de una cafetería climatizada; lo difícil sería explicarle al pueblo cómo sobreviviría el país si se desplomaran las inversiones, las exportaciones, el turismo y las remesas.
Porque ahí reside el verdadero corazón del problema: las remesas.
El Banco Central de la República Dominicana informó que en 2025 el país recibió más de US$11,866 millones en remesas, con un crecimiento interanual superior al diez por ciento. Y esas son únicamente las cifras oficiales. A ello habría que añadir los envíos no contabilizados: cajas de alimentos, tanques repletos de mercancías, ropa, electrodomésticos, vehículos y ayudas familiares que mantienen vivos a miles de hogares dominicanos.
Según datos del propio Banco Central, cerca del treinta por ciento de los hogares dominicanos subsiste parcial o totalmente gracias a esas remesas, provenientes en aproximadamente un ochenta y siete por ciento de Estados Unidos. Es decir, millones de dominicanos comen gracias al trabajo de compatriotas radicados en territorio norteamericano.
Entonces surge la pregunta incómoda que los fanáticos prefieren esquivar:
¿cómo puede un gobierno dominicano asumir una política hostil contra el país del cual depende buena parte de la estabilidad económica nacional?
La respuesta puede disgustar a los nacionalistas teatrales, pero es simple: no puede.
La soberanía absoluta de los países pequeños es, muchas veces, una elegante ficción jurídica decorada con himnos, banderas y discursos oficiales. En la práctica, las naciones débiles sobreviven negociando, cediendo y adaptándose a los intereses de los poderes globales. Así ha sido desde los imperios antiguos hasta las modernas democracias financieras.
Además, existe otro elemento frecuentemente ignorado por quienes viven intoxicados de romanticismo ideológico: la diáspora dominicana en Estados Unidos.
Más de tres millones de personas de ascendencia dominicana residen en territorio estadounidense. Esa población no solo envía dinero; también construye puentes culturales, comerciales y políticos entre ambas naciones.
Muchos dominicanos trabajan, estudian, votan, sirven en instituciones estadounidenses y forman parte integral de la estructura económica norteamericana.
Y aquí aparece una ironía histórica extraordinaria: mientras algunos en República Dominicana maldicen al “imperio”, miles de dominicanos hacen filas diariamente para obtener visas hacia ese mismo imperio “malvado”, buscando precisamente aquello que sus discursos antiimperialistas no lograron ofrecerles: estabilidad, empleo y oportunidades.
Más interesante aún es la participación dominicana en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Desde la Segunda Guerra Mundial, cientos de dominicanos han servido en el ejército estadounidense. Destacó, entre otros, Esteban Hotesse, miembro de los legendarios aviadores Tuskegee, quienes enfrentaron simultáneamente el racismo interno y la guerra mundial.
Actualmente, aunque no existen cifras exactas desglosadas por nacionalidad, miles de hispanos integran las fuerzas militares estadounidenses, entre ellos numerosos dominicanos. Resulta entonces casi cómico observar cómo algunos predican un antiamericanismo furioso mientras familiares suyos sirven orgullosamente bajo la bandera de las barras y las estrellas.
En esos barcos frente a Irán hay muchos dominicanos e hijos de dominicanos sirviendo al país que ellos aman, mientras los enemigos de Estados Unidos allá en el terruño aplauden a la patria persa. Quien entiende esas gentes que el odio no las deja pensar bien.
La globalización ha pulverizado muchas de las antiguas fronteras ideológicas.
Hoy los países no sobreviven aislándose, sino integrándose a cadenas económicas mundiales.
El nacionalismo económico absoluto pertenece más al cementerio de las utopías que al funcionamiento real del siglo XXI.
Y si todavía alguien duda de la magnitud de la dependencia dominicana respecto a Estados Unidos, basta observar las exportaciones.
Durante el primer trimestre de 2026, las exportaciones dominicanas hacia Estados Unidos superaron los US$1,784 millones, representando casi la mitad del total exportado por el país. Oro, zonas francas, productos agrícolas y manufacturas dependen enormemente del mercado norteamericano.
En consecuencia, la actitud complaciente del gobierno dominicano hacia Estados Unidos no nace necesariamente de una rendición moral, sino de una necesidad estructural profundamente vinculada a la supervivencia económica nacional.
La tragedia de muchos pueblos latinoamericanos consiste en que desean independencia absoluta mientras dependen económicamente de otros para sobrevivir.
Quieren soberanía sin autosuficiencia, orgullo nacional sin productividad y dignidad política sin independencia financiera. Y la historia demuestra que ninguna nación puede sostener una soberanía auténtica viviendo de préstamos, remesas y mercados extranjeros.
La relación entre República Dominicana y Estados Unidos no puede analizarse desde la histeria ideológica ni desde el sentimentalismo patriótico. Se trata de una relación profundamente desigual, construida sobre intereses económicos, migratorios y geopolíticos que han tejido una dependencia difícil de desmontar.
Criticar al imperialismo resulta sencillo; lo difícil es construir un modelo económico capaz de sobrevivir sin él. Ahí yace la gran contradicción dominicana y latinoamericana: condenamos al imperio mientras sobrevivimos gracias a su moneda, sus mercados y sus oportunidades laborales.
La soberanía verdadera no consiste en gritar consignas incendiarias ni en insultar potencias extranjeras para recibir aplausos de tribuna.
La soberanía auténtica solo puede existir cuando un pueblo produce riqueza, desarrolla educación, fortalece sus instituciones y alcanza independencia económica real.
Mientras eso no ocurra, muchos gobiernos latinoamericanos continuarán practicando una diplomacia de reverencias discretas hacia Washington, aunque en público algunos políticos se disfracen de patriotas irreductibles para alimentar el ego de los ingenuos.
EPÍLOGO
La historia posee un sentido del humor despiadado. Los mismos que ayer incendiaban plazas denunciando al imperialismo hoy esperan pacientemente una visa para emigrar al país que juraban odiar.
Muchos revolucionarios terminan envejeciendo en apartamentos financiados por remesas enviadas desde Miami, mientras sus nietos aprenden inglés soñando con trabajar en Nueva York.
Quizá el problema nunca fue el imperio. Quizá el verdadero drama ha sido nuestra incapacidad histórica para construir naciones suficientemente fuertes como para no depender de nadie.
Porque al final, los imperios no dominan únicamente por sus armas; dominan, sobre todo, porque otros necesitan desesperadamente aquello que ellos producen.
Y esa, aunque duela, es una de las verdades más crueles de nuestra intrahistoria antillana.
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BIBLIOGRAFÍA
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• Zakaria, Fareed. The Post-American World. Nueva York: W.W. Norton & Company, 2008.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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