InicioEDITORIALEL PRESIDENTE QUE NUNCA SE MOJA

EL PRESIDENTE QUE NUNCA SE MOJA

-

Por  la Redaccion de TeclaLibre

Hay algo fascinante —y un tanto inquietante— en observar a Donald Trump cuando las cosas se tuercen. No es que falle más que otros. Es que ha perfeccionado el arte de gobernar sin ensuciarse las manos. El poder le queda impecable. La culpa, siempre, la deja en el perchero de otro.

La economía sigue cojeando y la inflación no termina de bajar como prometió “desde el día uno”. ¿Culpa de quién? De Biden, por supuesto. Aunque el demócrata lleva más de año y medio fuera de la Casa Blanca. El estanque reflectante del Lincoln Memorial se pone verde y se le pelan los revestimientos. ¿Vandalismo? Claro. Hasta que la fiscal que él mismo puso en el cargo —Jeanine Pirro, nada menos— concluye que fue una obra mal hecha, apresurada y defectuosa. Entonces Trump concede, a regañadientes, “algún error del contratista”, pero sigue insistiendo en los saboteadores nocturnos. Y la guerra con Irán, que mantiene el petróleo caro y manda ondas de choque a la economía mundial… eso es culpa de los presidentes anteriores, esos “tímidos” que desperdiciaron casi medio siglo sin aplastar las ambiciones nucleares de Teherán.

Uno no puede evitar sonreír con cierta malicia. Porque el patrón es tan limpio que casi parece coreografiado. Cuando hay éxito, el reflejo es inmediato: “yo lo hice”. Cuando hay fracaso, el reflejo es aún más rápido: “me lo dejaron”. Es como un prestidigitador que siempre tiene una carta escondida bajo la manga… solo que la carta es la culpa, y nunca le toca a él.

No es que los otros presidentes fueran santos. Truman puso el famoso cartel de “The buck stops here” precisamente porque sabía lo fácil que es pasar la pelota. Kennedy asumió Bahía de Cochinos y le subió la popularidad. Reagan, en Irán-Contra, dijo que si había que buscar responsable, que lo buscaran en su despacho. Hasta Biden usó la frase cuando le convino. Pero ninguno ha convertido la externalización de la culpa en un método tan sistemático, tan teatral, tan… personal.

Aquí entra la picardía del asunto. Trump no actúa así por torpeza. Actúa así porque le funciona. En un país polarizado hasta el tuétano, admitir un error se lee como debilidad. Culpar al predecesor, a la “deep state”, a la Fed o a los “tímidos” de antes se lee como combatividad. Su base lo celebra. Los opositores se indignan. Y él, en el centro, sigue impoluto. Es un estilo de liderazgo que no necesita introspección: necesita narrativa. Y la narrativa siempre tiene el mismo protagonista victorioso y el mismo coro de culpables.

Hay, sí, un morbo respetuoso en observar cómo un hombre que ha llegado dos veces a la cima del poder mundial parece incapaz —o decididamente renuente— a mirarse al espejo cuando el espejo no le favorece. No es falta de inteligencia. Es una arquitectura psicológica afinada: el éxito es prueba de genio; el fracaso es prueba de que alguien le puso zancadilla. Un locus de control externo selectivo, dirían los psicólogos. Una forma muy particular de no mancharse el traje.

¿Es esto nuevo en la política? No del todo. ¿Es extremo? Sí. ¿Es eficaz a corto plazo? También. ¿Sostenible a largo plazo? Ahí está la pregunta que el tiempo, y no los editoriales, terminará respondiendo. Porque al final, por más que uno desplace la responsabilidad, la historia tiene la molesta costumbre de apuntar al que estaba sentado en el sillón cuando las cosas ocurrieron.

Trump lo sabe. Por eso se esfuerza tanto en que el sillón, al menos en la foto oficial, siempre aparezca limpio.

-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

Related articles

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Stay Connected

0SeguidoresSeguir
3,912SeguidoresSeguir
22,800SuscriptoresSuscribirte

Latest posts