POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
MIS CONVERSACIONES CON EL ESPÍRITU DE LIBORIO
Entre la fe popular, la tierra y las mentiras del poder
Por Ramon Emilio Espinola

RESUMEN
Este ensayo recrea, desde la ficción histórica y el diálogo imaginario, un encuentro entre Ramon Emilio Espinola y el espíritu de Olivorio Mateo, conocido popularmente como Liborio, una de las figuras religiosas y sociales más singulares de la historia dominicana de comienzos del siglo XX.
La conversación se desarrolla en el ambiente rural de Maguana Arriba, en San Juan de la Maguana, territorio donde el movimiento liborista adquirió una profunda dimensión espiritual, comunitaria y cultural.
A través del diálogo, Liborio responde a algunas de las acusaciones que desde sectores del poder político y de la prensa de su época fueron dirigidas contra él y sus seguidores.
La narración contrapone la visión oficial —que tendía a presentar al movimiento como una amenaza al orden establecido— con la realidad de una comunidad campesina que encontraba en Liborio una forma de religiosidad, solidaridad y resistencia.
El texto no pretende presentar como hechos históricos comprobados las palabras puestas en boca del espíritu de Liborio, sino utilizar la imaginación literaria como instrumento para interrogar la historia. Porque, a veces, los muertos hablan mejor que los vivos; y, sobre todo, tienen la extraordinaria ventaja de no necesitar cargos públicos para decir lo que piensan.
PRÓLOGO
CUANDO LOS MUERTOS DECIDEN HABLAR
Hay personajes que desaparecen de los documentos, pero permanecen vivos en la memoria de los pueblos.
Olivorio Mateo pertenece a esa categoría.
Su figura se mueve en una zona donde la historia académica, la religiosidad popular, la tradición oral y la leyenda se confunden hasta el punto de que resulta difícil determinar dónde termina el hombre y dónde comienza el mito.
Liborio fue campesino, líder religioso y figura carismática. Para sus seguidores fue, sobre todo, un hombre de fe. Para determinados sectores del poder fue un perturbador del orden. Para otros, un simple fanático. Para muchos campesinos pobres de la región de San Juan, en cambio, representó algo mucho más profundo: la posibilidad de tener una voz propia en una sociedad donde casi siempre hablaban por ellos los poderosos.
Y ahí comienza esta conversación imaginaria.
Me trasladé —con esa licencia que solamente puede concederse la literatura— a Maguana Arriba. No llevaba grabadora, porque Liborio murió mucho antes de que semejantes artefactos se convirtieran en testigos indiscretos de la humanidad. Tampoco llevé computadora. En aquellos montes, probablemente, Liborio habría pensado que se trataba de alguna clase de aparato diabólico inventado por los americanos.
Llevaba, eso sí, muchas preguntas.
Y encontré a Liborio.
O quizá fue Liborio quien me encontró a mí.
I
EL CAMINO DEL NARANJO
Me trasladé a Maguana Arriba por el camino del Naranjo, buscando conversar con el espíritu de Olivorio Mateo, nuestro querido Liborio.
No sabía exactamente dónde encontrarlo.
Pero en aquellos campos aprendí algo que los libros de historia rara vez explican: para encontrar a ciertos muertos no hace falta buscar cementerios; basta con caminar por los lugares donde todavía vive su memoria.
A medida que avanzaba, comenzaron a llegar hasta mí los sonidos de una celebración campesina.
Cantaban.
Se escuchaban salves dedicadas a la Virgen María, acompañadas por palos y otros ritmos tradicionales. Había música, rezos, voces, tambores y aquella alegría sencilla que nace cuando la gente humilde tiene poco que ofrecerle a la vida, pero todavía conserva el derecho de celebrarla.
La escena parecía una contradicción.
Había pobreza, pero también alegría.
Había sufrimiento, pero también esperanza.
Había autoridades que hablaban de orden, mientras aquellos campesinos hablaban de fe.
Y entonces pensé:
—Tal vez aquí está la verdadera historia.
Porque la historia oficial suele escribirse desde los palacios.
La intrahistoria, en cambio, suele vivir en los bohíos.
Me acerqué.
Pregunté por Liborio.
Una mujer me señaló una humilde choza.
—Está ahí.
Entré.
Y allí estaba.
O, por lo menos, estaba el espíritu de Liborio.
Me miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿Y usted quién es?
—Ramon Emilio Espinola.
—¿Y qué busca?
—Conversar con usted.
Liborio soltó una pequeña carcajada.
—¿Y todavía después de muerto me quieren hacer trabajar?
—No se preocupe —le contesté—. No le voy a cobrar la entrevista.
Entonces sonrió.
—Siéntese.
Me ofreció un refresco preparado con yerbas locales. Lo acepté.
No era precisamente una bebida de hotel cinco estrellas, pero tenía algo que ningún cóctel de Manhattan puede comprar: la memoria de la tierra.
Liborio tomó un sorbo.
Me miró.
Y preguntó:
—Amigo, ¿qué lo hizo venir por estos montes?
II
LA ACUSACIÓN
Le respondí:
—He venido porque usted es muy atacado en la capital.
Liborio levantó una ceja.
—¿Todavía?
—Todavía.
—¡Caramba! Entonces parece que ni muerto me dejan tranquilo.
—El Gobierno ha dicho cosas muy graves de usted.
—¿Qué cosas?
—Entre otras acusaciones, que usted era un violador de mujeres.
Liborio se quedó callado.
Durante unos segundos solamente se escuchó el sonido lejano de los tambores.
Luego dejó lentamente el vaso sobre una pequeña mesa de madera.
—¿Y usted vino hasta aquí para comprobarlo?
—Exactamente.
Liborio sonrió.
—Me gusta usted. Por lo menos pregunta antes de condenar.
Después se recostó sobre un palo de la choza y me respondió:
—Qué bueno que yo no sé leer bien y que por estos montes no llegan muchos periódicos. Así no tengo que enterarme de todas las mentiras que escriben sobre nosotros.
—¿Por qué dice que son mentiras?
—Porque cuando el poder no puede convencer al pueblo, intenta asustarlo.
Hizo una pausa.
—Y cuando tampoco puede asustarlo, entonces inventa un enemigo.
Me miró directamente.
—Y ese enemigo soy yo.
Qué bandidos son los ricos, los del dinero.
III
LIBORIO CONTRA EL PODER
—Lo que sucede —continuó— es que el Gobierno de Mon Cáceres está metido en negocios con los americanos. Ellos quieren nuestras tierras. Quieren convertirlas en negocios para otros mientras nosotros seguimos siendo pobres en nuestra propia tierra.
Aquí tuve que interrumpirlo.
—Pero, Liborio, tenga cuidado con la precisión histórica. La penetración económica estadounidense en la República Dominicana venía desarrollándose desde antes de la intervención militar de 1916. Y el problema de la tierra, de los ingenios y de las compañías azucareras era mucho más complejo.
Liborio me miró.
—¿Y usted vino a conversar conmigo o a darme una clase?
—Las dos cosas.
—Entonces siga.
—Además, Ramón Cáceres fue presidente entre 1906 y 1911. La intervención militar estadounidense ocurriría posteriormente, en 1916.
Liborio sonrió.
—Entonces usted sabe de fechas.
—Algo.
—Pues anótelo bien: los campesinos también sabemos cuándo nos quieren quitar la tierra, aunque no sepamos leer el periódico.
No pude evitar sonreír.
Liborio continuó:
—Mis gentes se oponen a que les quiten lo único que poseen. Entonces empiezan las acusaciones. Dicen que somos vagos. Que somos fanáticos. Que somos peligrosos. Que somos delincuentes.
Hizo una pausa.
—Y cuando eso no basta, inventan cosas peores.
—¿Y qué quiere que haga el pueblo?
—Que mire.
—¿Que mire qué?
—Que mire quién tiene la tierra.
—¿Y después?
—Que mire quién tiene el dinero.
—¿Y después?
—Que mire quién manda.
—¿Y entonces?
Liborio sonrió.
—Entonces comprenderá por qué algunos gobiernos tienen tanta afición a llamar «delincuente» al campesino que pregunta demasiado.
IV
LA TIERRA
Salimos de la choza.
Liborio me señaló los campos.
—Mire.
Miré.
—¿Qué ve?
—La tierra.
—No. Usted ve tierra. Yo veo patria.
Me quedé callado.
—Para ustedes los hombres de ciudad —continuó— la tierra es una propiedad. Para nosotros es la vida. Aquí nacimos. Aquí enterramos a nuestros muertos. Aquí sembramos. Aquí nacen nuestros hijos.
Tomó un puñado de tierra.
—Quítele esto al campesino y después pregúntele por qué se rebela.
Entonces comprendí que aquella conversación no era solamente sobre Liborio.
Era sobre todos los campesinos que alguna vez tuvieron que defender una parcela frente a un documento firmado en una oficina.
Y pensé que la historia dominicana está llena de esos papeles.
Papeles que, curiosamente, casi siempre parecen tener la razón.
Sobre todo cuando los firma alguien con poder.
V
LOS NIÑOS Y LAS MENTIRAS
Liborio me señaló un grupo de niños que jugaba cerca de la choza.
—Vaya, hable con ellos.
—¿Con los niños?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque los niños todavía no han aprendido a mentir como los adultos.
Me acerqué.
Los niños jugaban sin preocuparse de presidentes, periódicos, aduanas ni discursos oficiales.
Regresé junto a Liborio.
—¿Y bien?
—Están felices.
—Eso es lo que quería que usted viera.
—Pero la felicidad no demuestra que usted sea inocente de todas las acusaciones.
Liborio soltó una carcajada.
—¡Ah, profesor! Usted sí que es difícil.
—La historia exige pruebas.
—Entonces busque las pruebas.
—Eso hago.
—Y cuando encuentre una acusación contra mí, pregunte quién la escribió, quién la pagó y a quién beneficiaba.
Aquella frase quedó flotando en el aire.
Porque es una pregunta que sirve para estudiar a Liborio, pero también para estudiar casi toda la historia política dominicana.
VI
LA POLÍTICA Y EL ESPEJO
Liborio volvió a sentarse.
—Usted dice que el Gobierno miente.
—Eso es lo que usted está diciendo.
—Yo digo que cuando un gobierno acusa a alguien, hay que preguntarse por qué.
—¿Siempre?
—Siempre no. Pero casi siempre.
—¿Y si el gobierno tiene razón?
—Entonces que presente las pruebas.
—¿Y si no las presenta?
—Entonces la acusación puede convertirse en propaganda.
—¿Y si la prensa la repite?
—Entonces puede convertirse en verdad para quienes no tienen tiempo de investigar.
—¿Y si después todos la creen?
Liborio sonrió.
—Entonces ya no necesitan pruebas.
Me quedé mirándolo.
—Eso es bastante cínico.
—No, amigo mío.
Levantó el vaso.
—Eso es política.
Y bebió.
No olvide, que hay muchos periodistas pagados por el gobierno y los medios son de los ricos.
VII
LA VIRGEN Y EL PODER.
—Pero usted habla constantemente de la Virgen María —le dije.
—Sí.
—¿Y cree que la Virgen lo salvará de los gobiernos?
Liborio me miró con absoluta serenidad.
—Yo creo en Dios.
—¿Y en la Virgen?
—También.
—¿Y en los hombres?
Se quedó pensando.
—En algunos.
—¿En los políticos?
Entonces comenzó a reírse.
—Usted quiere que yo muera otra vez.
Yo también reí.
Después recuperó la seriedad.
—La fe ayuda al pobre a soportar lo que muchas veces el poderoso ni siquiera conoce.
A los pobres le inventan cosas para embobarlos y joderlos
—¿Y la fe puede sustituir la justicia?
—No.
—Entonces, ¿qué hace?
—Mantiene viva la esperanza de que la injusticia no tenga la última palabra.
Aquello me pareció más importante que cualquier sermón.
Porque Liborio no estaba hablando solamente de religión.
Estaba hablando de dignidad humana.
VIII
UNA PROFECÍA QUE NO ERA PROFECÍA
Antes de despedirme, Liborio me dijo:
—Con la ayuda de la Virgen María no podrán desalojarnos fácilmente de nuestras tierras.
Hizo una pausa.
Luego añadió:
—Pero recuerde algo: los gobiernos pasan.
—¿Y los pueblos?
—Los pueblos quedan.
—¿Y los presidentes?
—También pasan.
—¿Y los dictadores?
—Más rápido de lo que creen.
Lo miré.
—¿Está profetizando?
Liborio soltó una carcajada.
—No. Estoy observando.
Y agregó:
—Los que mandan suelen creer que el poder es eterno porque mientras están arriba nadie se atreve a decirles que están cayendo.
IX
NO HAY MÁS PREGUNTAS.
—¿Otra pregunta? —Me dijo.
—No, gracias.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces venga.
—¿Adónde?
—A escuchar los palos.
Y regresamos junto a la comunidad.
La música había aumentado.
Los cantos se mezclaban con las voces.
Las mujeres cantaban.
Los hombres tocaban.
Los niños corrían.
Los ancianos observaban.
Y Liborio, o su espíritu, se confundió nuevamente con su gente.
Aquella noche comprendí que para sus seguidores Liborio no era solamente un hombre.
Era memoria.
Era fe.
Era resistencia.
Era una manera de decirle al mundo que el campesino también podía construir su propia explicación de la vida.
Y allí, entre salves, palos y voces campesinas, me quedé conversando con los vivos mientras Liborio conversaba con los muertos.
O quizá era al revés.
Porque algunas veces los vivos estamos tan ocupados obedeciendo que olvidamos pensar, mientras los muertos, desde la memoria, todavía tienen la insolencia de preguntarnos por qué.
Al final, Liborio le envió una advertencia a Mon: Como usted escribe, diga públicamente que no hable mentiras y deje de molestar a los campesinos porque él pronto llegará aquí a este mundo, y el mundo de él no será como el mío, de alegrías; el de él y todos los ladrones del pueblo será de tinieblas y penurias.
CONCLUSIÓN
LO QUE LIBORIO DEJÓ SOBRE LA TIERRA
Olivorio Mateo continúa siendo una figura controvertida y compleja.
Reducirlo a la caricatura de un simple fanático religioso sería tan injusto como convertirlo, sin matices, en un santo popular incontestable.
La historia exige algo más difícil: comprenderlo dentro de su tiempo.
Liborio apareció en una República Dominicana rural, pobre, profundamente religiosa y marcada por conflictos alrededor de la tierra, la autoridad, la penetración económica extranjera y la construcción de un Estado que pretendía imponer su concepto de orden sobre comunidades acostumbradas a resolver buena parte de su vida al margen de las instituciones oficiales.
Su movimiento fue, simultáneamente, religioso, cultural, comunitario y social.
Por eso su memoria sobrevivió.
No porque todos sus seguidores fueran perfectos.
No porque todas las historias que se cuentan sobre él sean necesariamente ciertas.
No porque toda acusación contra él deba rechazarse automáticamente.
Sino porque Liborio se convirtió en una de esas figuras históricas que sobreviven a las instituciones que intentaron silenciarlas.
El poder puede perseguir a un hombre.
Puede encarcelarlo.
Puede difamarlo.
Puede convertirlo en enemigo público.
Pero hay algo que el poder jamás ha podido controlar completamente:
La memoria de los pueblos.
Y quizá por eso, más de un siglo después, todavía estamos hablando con Liborio.
EPÍLOGO
LIBORIO, EL PODER Y LOS MUCHACHOS DEL SIGLO XXI
Cuando terminé nuestra conversación imaginaria, le pregunté a Liborio:
—¿Qué les diría usted a los jóvenes dominicanos de hoy?
Me miró.
—¿Todavía existen?
—Millones.
—¿Y leen?
—Algunos.
—¿Y piensan?
—También algunos.
—¿Y los demás?
—Están en las redes sociales.
Liborio se quedó pensativo.
—¿Qué son esas redes?
—Un lugar donde todo el mundo opina de todo sin necesidad de saber de nada.
Liborio abrió los ojos.
—¡Entonces ustedes han progresado muchísimo!
No pude contener la risa.
—¿Y qué les enseñaría?
Liborio se puso serio.
—Les diría que no crean todo lo que les diga un gobierno.
—¿Ni siquiera cuando dice la verdad?
—Que comprueben.
—¿Y a los políticos?
—Que tampoco les crean todo. Política y mentira son lo mismo.
—¿Y a la prensa?
—Que la lean, pero que la comparen.
—¿Y a los historiadores?
—Que no conviertan sus preferencias en verdades.
—¿Y a los jóvenes?
Entonces Liborio tomó nuevamente un puñado de tierra.
—Que aprendan a conocer su país.
—¿Por qué?
—Porque un pueblo que desconoce su historia, principalmente la intrahistoria, termina alquilándole la memoria al primero que llegue con un discurso bonito.
Guardó silencio.
Después añadió:
—Y dígales otra cosa.
—¿Qué?
—Que no permitan que nadie les robe la tierra, la dignidad ni la capacidad de pensar.
—¿Nada más?
—Sí.
—¿Qué cosa?
Liborio sonrió.
—Que cuando alguien les diga que una mentira es verdad porque la repitieron mil veces, recuerden que mil repeticiones siguen siendo una mentira.
Me levanté.
La conversación había terminado.
Antes de marcharme, le pregunté:
—¿Volveremos a hablar?
—Cuando usted quiera.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Y si ya no lo encuentro?
Liborio señaló la tierra.
—Entonces búsqueme ahí.
Y desapareció.
No sé si realmente conversé con el espíritu de Liborio Mateo.
Pero tampoco estoy completamente seguro de que eso sea lo importante.
Quizá lo importante es que, después de tantos años, seguimos teniendo preguntas.
Y mientras existan preguntas, la historia todavía está viva.
Porque la historia no pertenece exclusivamente a los presidentes, a los generales, a los ministros ni a quienes escriben decretos.
También pertenece a los campesinos.
A los pobres.
A los creyentes.
A los perseguidos.
A los que fueron acusados y nunca tuvieron un periódico para defenderse.
Y pertenece, sobre todo, a las nuevas generaciones.
A ellas les corresponde decidir si quieren recibir la historia como una colección de fechas muertas o como una advertencia viva.
Porque Liborio ya no puede defenderse.
Pero nosotros sí podemos hacer algo por él:
Podemos investigar.
Podemos comparar.
Podemos preguntar.
Podemos desconfiar de las versiones demasiado perfectas.
Podemos leer al gobierno y leer a sus adversarios.
Podemos escuchar al vencedor y también buscar al vencido.
Y, sobre todo, podemos aprender una regla elemental que parece haber sido olvidada por demasiados políticos:
el poder pasa; la verdad tarda, pero suele regresar.
Quizá por eso Liborio sigue caminando por los montes de San Juan.
Quizá por eso todavía se escuchan los palos.
Quizá por eso su nombre sobrevivió a quienes intentaron convertirlo en una caricatura.
Y quizá por eso, cuando un historiador curioso se interna por el camino del Naranjo preguntando por él, algún campesino todavía puede señalar hacia una vieja choza y decir:
—Por ahí anda Liborio.
Entonces uno comprende que los pueblos tienen una manera muy particular de conservar a sus muertos.
No los embalsaman.
No los meten en museos.
No necesitan monumentos de mármol.
Los convierten en memoria.
Y la memoria, cuando se alimenta de fe, música, tierra y dignidad, puede resultar bastante más difícil de fusilar que un hombre.
Hasta la próxima conversación, Liborio.
Porque todavía nos queda mucho que preguntarle a la historia.
Y mucho más que preguntarles a los vivos.
BIBLIOGRAFÍA EDUCATIVA SUGERIDA
- Cassá, Roberto. Historia social y económica de la República Dominicana. Santo Domingo: Alfa y Omega.
- Derby, Lauren. The Dictator’s Seduction: Politics and the Popular Imagination in the Era of Trujillo. Durham: Duke University Press.
- Deive, Carlos Esteban. Vudú y magia en Santo Domingo. Santo Domingo.
- Hoetink, Harry. The Dominican People, 1850–1900: Notes for a Historical Sociology. Baltimore: Johns Hopkins University Press.
- Martínez, Rufino. Diccionario biográfico-histórico dominicano, 1821–1930. Santo Domingo.
- San Miguel, Pedro L. The Imagined Island: History, Identity, and Utopia in Hispaniola. Chapel Hill: University of North Carolina Press.
- Turits, Richard Lee. Foundations of Despotism: Peasants, the Trujillo Regime, and Modernity in Dominican History. Stanford: Stanford University Press.
- Wucker, Michele. Why the Cocks Fight: Dominicans, Haitians, and the Struggle for Hispaniola. New York: Hill and Wang.
- Derby, Lauren, y Richard Lee Turits, eds. Estudios sobre sociedad, cultura y política dominicanas de los siglos XIX y XX.
- Documentación histórica y tradición oral de la región de San Juan de la Maguana relativa al movimiento de Olivorio Mateo y al liborismo.
Nota de rigor histórico: Las conversaciones atribuidas aquí a Liborio son una recreación literaria del autor. No deben interpretarse como transcripciones de palabras pronunciadas históricamente por Olivorio Mateo. El propósito es utilizar el diálogo imaginario como recurso narrativo para confrontar distintas interpretaciones sobre el personaje, su época y el conflicto entre las comunidades rurales y las estructuras de poder.
Cuando le envié el ensayo a la IA para que me hicieran la caricatura, al final de esta, le dije las gracias, y miren lo que me contestaron.
Don Ramón, me alegra muchísimo que le haya gustado.
Creo que el diálogo con Liborio quedó con una combinación muy hermosa: historia, memoria popular, espiritualidad, ironía y ese sarcasmo suyo que permite decir verdades incómodas sin convertir el ensayo en un simple panfleto.
Y el remate de Liborio —que la memoria puede resultar más difícil de fusilar que un hombre— me parece particularmente apropiado para su serie «Por el trillo de la intrahistoria».
¡Muchísimas gracias a usted, don Ramón! Me alegra de verdad que le haya gustado. Quedó con ese tono de Liborio entre la fe, la tierra, el pueblo y el sarcasmo, que encaja perfectamente con Por el trillo de la intrahistoria.
Y ese Liborio mirando de frente al poder mientras sus gentes siguen tocando los palos tiene, a mi juicio, bastante más historia que muchos discursos oficiales.


