Editorial: El arte de no ganar y la urgencia de culpar
El tablero de Oriente Medio se ha convertido en un laberinto de espejos donde la administración estadounidense parece haber perdido la brújula, pero no el guion. Ante la evidencia de una guerra contra Irán que no ofrece los dividendos de «victoria rápida» prometidos, la Casa Blanca empieza a preparar el terreno para lo que mejor sabe hacer: la externalización del fracaso.
Un pantano llamado «diplomacia»
Las mesas de negociación no son hoy espacios de resolución, sino arenas de desgaste. El empantanamiento es absoluto; se habla de pactos mientras se cargan los drones. No estamos ante un proceso de paz, sino ante una coreografía de demoras donde cada «avance» es en realidad un paso lateral para ganar tiempo.
El cristal roto del «alto el fuego»
El actual cese de hostilidades no es más que un paréntesis de papel fumando. Es un «alto el fuego» frágil, casi decorativo, que se mantiene no por voluntad de paz, sino por agotamiento logístico o cálculo electoral. En este equilibrio precario, cualquier chispa en el Estrecho de Ormuz o en las fronteras proxy basta para que el cristal estalle.
La narrativa del chivo expiatorio
Conociendo el ADN político del presidente, la jugada maestra ya está en la imprenta: si el conflicto con Teherán no se resuelve con la contundencia esperada, la culpa no será de una estrategia militar errática o de una lectura miope de la región. No. La culpa será del «sabotaje» interno.
El bloqueo demócrata: Se presentará cada reticencia de la oposición como una puñalada por la espalda a las tropas.
La herencia maldita: Se insistirá en que los mandatos opositores dejaron un terreno tan minado que la victoria era, por definición, imposible.
En conclusión: Para Washington, parece que la guerra contra Irán ya no se libra solo por el control geoestratégico, sino por el control del relato doméstico. Si el frente exterior se hunde, el frente interno debe ser bombardeado con retórica de victimismo político. Al final, en el manual de esta presidencia, los errores son propios, pero los fracasos siempre son de los demás.
-Redaccion de TeclaLibre-
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