China, ciencia y espionaje tecnológico: La nueva batalla geopolítica
Por la Redacción de TeclaLibre
Un informe del Congreso de Estados Unidos, publicado este miércoles, encendió las alarmas sobre cómo China estaría aprovechando asociaciones científicas con investigadores estadounidenses financiados por el Departamento de Energía (DOE) para dar acceso a tecnologías sensibles —incluida tecnología nuclear y otras innovaciones estratégicas con aplicaciones económicas y de seguridad nacional— al ejército y la base industrial del Partido Comunista de China (PCCh).
El reporte apunta a un problema mayor: la investigación académica financiada con fondos públicos de EE. UU. no estaría adecuadamente protegida frente a la captura tecnológica por parte de Beijing, lo que podría traducirse en transferencias indirectas de conocimiento crítico hacia capacidades militares y dual-uso.
El Congreso identificó más de 4,300 artículos científicos publicados entre junio de 2023 y junio de 2024 que resultaron de colaboraciones entre investigadores financiados por el DOE y científicos chinos. Aproximadamente la mitad de estos trabajos involucra a investigadores afiliados directamente al ejército o a la base industrial de China.
Entre las asociaciones problemáticas están colaboraciones con laboratorios y universidades estatales chinas que actúan para el aparato militar, incluyendo entidades listadas por el Pentágono como vinculadas a empresas militares chinas.
Además, el informe denuncia proyectos compartidos con grupos vinculados a ciberataques o abusos de derechos humanos.
El Departamento de Energía de EE. UU. es uno de los principales financiadores de investigación avanzada, incluyendo:
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Energía nuclear y desmantelamiento de armas
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Física de materiales
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Computación cuántica
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Tecnologías de defensa y energía limpia
Estos campos no solo son científicamente punteros, sino que también tienen potencial estratégico para fortalecer capacidades militares o industriales de un rival global.
Los legisladores destacan que durante décadas el DOE no ha implementado suficientes salvaguardas para prevenir la transferencia de conocimiento sensible. Entre las recomendaciones figuran:
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Metodologías estandarizadas para evaluar riesgos de seguridad nacional en proyectos con socios extranjeros.
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Políticas claras para limitar o condicionar financiamiento en investigaciones que incluyan asociaciones con entidades chinas de riesgo.
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Mejor intercambio de información entre agencias para detectar vínculos potencialmente problemáticos rápidamente.
Según el presidente del Comité Selecto sobre el Partido Comunista Chino, el DOE “no ha garantizado la seguridad de su investigación”, exponiendo las capacidades estadounidenses mientras financia la “ascensión militar de nuestro principal adversario”.
No todos aplauden las propuestas. Un grupo de más de 750 docentes universitarios y altos responsables científicos de EE. UU. advirtió al Congreso que medidas muy amplias podrían dañar la competitividad científica estadounidense en un contexto donde la colaboración internacional también aporta avances tecnológicos y atrae talento global.
Este informe no surge de la nada. En los últimos años, Washington y Beijing han escalado su disputa tecnológica en múltiples frentes:
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Prohibiciones y sanciones a exportaciones de semiconductores y tecnología avanzada.
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Restricciones a colaboración científica con entidades que puedan suponer riesgo de transferencia tecnológica militar.
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Creciente preocupación por los recursos críticos y el liderazgo en IA, computación cuántica y comunicaciones.
Todo ello forma parte de una competencia más amplia por el liderazgo tecnológico global, donde la ciencia básica, la investigación aplicada y la política de inversiones estratégicas se entrelazan con la seguridad nacional.
Este informe del Congreso pone el foco en un aspecto menos visible pero probablemente central en la guerra estratégica del siglo XXI: la ciencia como campo de batalla. Lo que alguna vez fue colaboración académica se percibe ahora, desde Capitol Hill, como un canal por el cual Beijing podría estar acoplando conocimiento de frontera para fortalecer sus capacidades militares y económicas.
El debate no es menor: ¿cómo proteger la tecnología sensible sin asfixiar la investigación abierta que ha sido pilar del liderazgo científico estadounidense? ¿Puede la política de seguridad nacional dominar la política científica sin consecuencias colaterales para la innovación global?
Mientras tanto, la batalla por el dominio tecnológico global continúa, y esta vez la línea del frente podría estar en los laboratorios, universidades y centros de investigación, no solo sobre campos de batalla tradicionales ni pasillos diplomáticos.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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