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Cuando el Valle de La Vega se enciende

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Cuando el Valle de La Vega se enciende

Por Felix A. Jimenez de Lora

Hace poco, José Lorenzo Fermín publicó en Acento un hermoso artículo titulado “Los flamboyanes”. En él nos invitaba a recuperar un verbo que parece estar desapareciendo de nuestra vida cotidiana: contemplar.

Observaba Fermín que hemos desarrollado hasta el extremo la costumbre de mirar, pero hemos ido perdiendo la capacidad de contemplar. Miramos apresuradamente, muchas veces a través de una pantalla, sin detenernos en aquello que tenemos delante. Contemplar exige otra disposición: serenidad, sensibilidad y una voluntad de descubrir la belleza que suele esconderse en las cosas más cercanas.

Su reflexión sobre el flamboyán me hizo recordar otro espectáculo de la naturaleza que me ha fascinado desde siempre.

Para contemplarlo hay que subir.

Puede hacerse desde cualquiera de las montañas que rodean el Valle de La Vega, pero para mí existe un lugar especial: el Santo Cerro. Desde allí, la mirada desciende sobre una de las extensiones más fértiles y hermosas de la República Dominicana. El valle se abre a nuestros pies con sus sembradíos, caminos, ríos, comunidades y árboles. A la distancia, los detalles individuales comienzan a desaparecer y todo parece integrarse en una sola composición.

En determinados meses del año ocurre algo extraordinario.

Sobre el verde del valle comienzan a surgir manchas de un color naranja encendido. Vistas desde la altura, parecen fragmentos de una gran alfombra extendida sobre la llanura. No forman una superficie continua. Aparecen dispersas, unas veces aisladas y otras reunidas en grupos, como si alguien hubiera dejado caer sobre el paisaje grandes pinceladas de fuego.

Durante toda mi vida las conocí simplemente como amapolas.

Así las llamábamos todos.

Con el tiempo descubrí que ese nombre tan familiar ocultaba una realidad mucho más interesante. En la República Dominicana llamamos amapola a dos árboles distintos. Ambos producen flores anaranjadas o rojizas, ambos se han incorporado profundamente a nuestro paisaje y ambos pueden ser contemplados desde la distancia como copas encendidas. Sin embargo, no pertenecen siquiera a la misma familia botánica.

Uno es el tulipán africano, cuyo nombre científico es Spathodea campanulata. El otro es la amapola de sombra, conocida científicamente como Erythrina poeppigiana.

La confusión es comprensible. Los nombres populares no suelen obedecer a clasificaciones científicas. Nacen de la observación, de la costumbre y de la manera en que una comunidad se apropia de aquello que encuentra en su entorno. Para el campesino que contempla un árbol cubierto de flores rojas o anaranjadas, quizá resulte menos importante conocer su procedencia botánica que reconocerlo como parte del paisaje que lo ha acompañado durante toda su vida.

Pero saber sus nombres y conocer sus diferencias no disminuye su belleza. Por el contrario, nos permite contemplarlos con mayor atención.

Dos árboles bajo un mismo nombre

El tulipán africano es originario de las regiones tropicales de África occidental. Sus grandes flores, agrupadas en los extremos de las ramas, tienen forma de campana o de tulipán abierto. Su color puede variar desde un naranja intenso hasta un rojo escarlata, con algunos tonos amarillentos en los bordes.

Es un árbol de crecimiento rápido que habitualmente alcanza alrededor de veinte metros, aunque algunos ejemplares pueden llegar a los treinta. Su altura permite que sus flores sobresalgan por encima de buena parte de la vegetación que las rodea.

No se sabe con exactitud cuándo llegó el primer tulipán africano a la República Dominicana ni quién lo trajo. Sabemos que la especie salió de África y fue introducida deliberadamente en numerosos países tropicales, principalmente como árbol ornamental y de sombra. Con el tiempo se naturalizó en muchas regiones y llegó a integrarse de tal manera en nuestro paisaje que acabamos otorgándole un nombre propio: amapola.

La segunda especie, la Erythrina poeppigiana, tiene un origen diferente. Procede de la América tropical continental y fue llevada posteriormente a Centroamérica y las Antillas. En otros países recibe nombres como bucare, cámbulo, poró, písamo o cachimbo. Entre nosotros se conoce como amapola, amapola de sombra, brucal o bucare.

Puede alcanzar más de treinta metros. Su tronco suele elevarse considerablemente antes de comenzar a ramificarse, lo que hace que su copa parezca suspendida sobre los cultivos. Durante la floración pierde buena parte de sus hojas y se cubre de racimos de flores rojo-anaranjadas.

Esa característica produce un efecto particularmente intenso: al desaparecer el follaje, el color de las flores domina casi por completo la copa. Desde lejos, el árbol parece haberse transformado en una gran llamarada.

Su presencia en los campos dominicanos no es únicamente ornamental.

La amapola de sombra se encuentra ampliamente vinculada a los cacaotales y cafetales. El cacao y el café son plantas que se desarrollan mejor bajo una protección adecuada frente al exceso de sol. La copa elevada de la Erythrina proporciona esa sombra sin impedir por completo el paso de la luz.

Además, sus hojas aportan materia orgánica al suelo, ayudan a conservar la humedad y contribuyen a fijar nitrógeno. Debajo de esas enormes copas no solo crecen otros árboles: se sostiene una parte importante de la agricultura dominicana.

Por eso, cuando desde el Santo Cerro contemplamos las amapolas dispersas por el valle, no estamos viendo únicamente una decoración natural. Muchas de ellas señalan la presencia de una finca, un cacaotal o un cafetal. El color nos permite leer el paisaje y descubrir, desde la distancia, una actividad agrícola que permanece escondida debajo de las copas.

Un valle que florece más de una vez

La existencia de dos especies bajo el mismo nombre explica también por qué el Valle de La Vega puede parecernos encendido durante distintos meses del año.

La amapola de sombra florece con mayor intensidad entre diciembre y abril. Sus flores aparecen durante el período más seco, muchas veces después de que el árbol ha perdido buena parte de sus hojas. En las plantaciones de cacao, esas copas rojas y anaranjadas se convierten durante los primeros meses del año en grandes señales visibles desde lejos.

El tulipán africano tiene un comportamiento diferente. En nuestro clima puede producir flores durante una parte considerable del año, aunque su presencia suele hacerse especialmente visible en los meses de junio y julio. La floración exacta depende de las lluvias, la temperatura, la altitud y la cantidad de sol que recibe cada árbol.

A estas dos especies se suma el flamboyán, cuya floración se extiende generalmente entre finales de la primavera y el verano.

El resultado es un paisaje que no se enciende una sola vez.

Durante los primeros meses del año florecen las amapolas de sombra. Más adelante aparecen los flamboyanes y se intensifica el color de los tulipanes africanos. Unas floraciones disminuyen mientras otras comienzan. En ocasiones coinciden, se superponen y hacen difícil determinar, desde la distancia, dónde termina una especie y comienza la otra.

La naturaleza no sigue nuestro calendario con exactitud. Un año las lluvias se adelantan; otro, el período seco se prolonga. Algunos árboles florecen antes que sus vecinos y otros parecen esperar unas semanas. Pero a lo largo de buena parte del año el valle encuentra distintas maneras de vestirse de rojo, mamey y naranja.

Quizá por eso mi recuerdo no pertenece a una fecha precisa. Pertenece más bien a una sensación: la de llegar al Santo Cerro, acercarme al lugar desde donde se contempla el valle y encontrar aquellas copas encendidas salpicando la llanura.

El flamboyán y las amapolas

José Lorenzo Fermín nos recuerda que el flamboyán ha engalanado durante generaciones nuestras calles, carreteras, parques, jardines y riberas. Es difícil discutir su lugar entre los árboles más hermosos de nuestra tierra.

Su forma contribuye a esa belleza.

El flamboyán suele crecer entre diez y quince metros y desarrolla una copa ancha, horizontal y semejante a una sombrilla. En los ejemplares maduros, la copa puede ser mucho más ancha que la altura total del árbol. Sus ramas se extienden hacia los lados y acercan las flores a quienes pasan junto a él.

Por eso el flamboyán se disfruta especialmente desde la cercanía.

Lo vemos al doblar una esquina, al recorrer una carretera o al detenernos en una plaza. Caminamos debajo de su sombra, contemplamos sus flores y, cuando los pétalos caen, encontramos a nuestros pies una alfombra roja.

Las amapolas del valle producen otro tipo de impresión.

Por su altura, muchas veces resulta difícil apreciar desde el suelo toda la magnitud de sus copas. Podemos pasar debajo de ellas sin alcanzar a ver completamente las flores que se abren veinte o treinta metros más arriba. La cercanía nos permite observar el tronco, las raíces y algunas ramas, pero nos obliga a levantar la cabeza para descubrir lo que ocurre en la parte superior.

Desde el Santo Cerro, la relación se invierte.

La altura nos coloca frente a las copas. Ya no observamos los árboles desde abajo, sino que los descubrimos integrados en la extensión del valle. La distancia elimina muchos detalles, pero revela una composición que desde el suelo permanecería oculta.

El flamboyán nos deslumbra con su presencia individual. Las amapolas nos impresionan por la manera en que transforman el paisaje.

Uno parece invitarnos a acercarnos; las otras necesitan que nos alejemos para comprender su grandeza.

Las reinas de la carretera

No soy el primero en sentirme atraído por estos árboles.

En un escrito titulado “Las reinas de la carretera” se explica que en la República Dominicana crecen dos especies conocidas como amapolas: la Spathodea campanulata, llamada también mapolo o tulipán africano, y la Erythrina poeppigiana, conocida como amapola de sombra. Ambas aparecen a lo largo de caminos, bosques y plantaciones, salpicando el paisaje de rojo y color mamey.

Otros escritos han destacado el espectáculo de las amapolas de sombra florecidas en los campos y montañas de Bonao y San Francisco de Macorís. También se ha documentado su estrecha relación con las plantaciones dominicanas de cacao, donde estos árboles no solo embellecen el paisaje, sino que protegen los cultivos y enriquecen el suelo.

Probablemente existen muchas otras descripciones dispersas en crónicas, canciones y recuerdos familiares. Un árbol tan visible difícilmente puede pasar por nuestra cultura sin dejar huellas.

Sin embargo, quizá su presencia cotidiana haya jugado en su contra. Nos acostumbramos tanto a verlo que dejamos de preguntarnos por él. Decimos “amapola”, reconocemos el color y continuamos nuestro camino.

Conocer que bajo ese nombre existen dos especies diferentes nos obliga a mirar de nuevo.

Una llegó desde África. La otra desde la América tropical continental. Ninguna nació originalmente en la isla, pero ambas echaron raíces, se multiplicaron y terminaron formando parte de la imagen que tenemos de nuestra tierra.

Es difícil imaginar una integración más completa.

El balcón del valle

El Santo Cerro posee una significación histórica y religiosa que inevitablemente acompaña a quienes lo visitan. Pero también es uno de los grandes balcones naturales del Cibao.

Desde allí puede contemplarse el Valle de La Vega Real con una amplitud que transforma nuestra percepción de cuanto sucede abajo. Las casas parecen pequeñas, los caminos se vuelven líneas y los árboles pierden sus formas individuales. El paisaje se convierte en una unidad.

Entonces aparecen las amapolas.

A esa distancia no podemos saber con certeza si cada mancha corresponde a un tulipán africano o a una amapola de sombra. Tampoco necesitamos resolverlo inmediatamente. Primero llega el color. Después, la curiosidad.

Tal vez en eso consista verdaderamente contemplar.

No solo en observar algo hermoso, sino en permitir que su belleza nos conduzca a nuevas preguntas. Preguntarnos cómo se llama, de dónde vino, por qué crece allí, qué cultivos protege y cuántas generaciones lo han visto florecer antes que nosotros.

Yo necesité muchos años para descubrir que las amapolas que recordaba no eran necesariamente un solo árbol.

Ahora, cuando vuelva a contemplar el valle desde el Santo Cerro, intentaré distinguirlas. Buscaré las copas más altas, las que conservan sus hojas y las que parecen hechas únicamente de flores. Trataré de reconocer debajo de ellas la sombra de los cacaotales y cafetales.

Pero sospecho que, al final, volverá a suceder lo mismo.

La distancia borrará los nombres científicos, los árboles se mezclarán con el verde y el Valle de La Vega volverá a extender a mis pies su gran alfombra encendida.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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