EDITORIAL: El rearme no debe pagarlo el ciudadano europeo
Carlos Marquez Cabrera /
La cumbre de la OTAN celebrada en Ankara confirma que Occidente ha decidido acelerar el mayor proceso de rearme desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Ya no se trata únicamente de responder a la guerra en Ucrania ni de contener las tensiones en Oriente Medio. La apuesta es mucho más amplia: reconstruir la capacidad militar de la alianza para las próximas décadas.
Las cifras impresionan.
Si los compromisos asumidos por los países miembros se cumplen, el gasto en defensa pasará progresivamente hasta el equivalente al 5 % del producto interno bruto de cada nación.
En conjunto, la inversión anual de la alianza podría superar los cuatro billones de dólares, casi el triple del nivel registrado hace apenas unos años.
La pregunta inevitable es quién pagará semejante factura.
Europa construyó, durante más de medio siglo, uno de los modelos sociales más avanzados del planeta. Salud pública universal, educación de calidad, pensiones, subsidios por desempleo, infraestructura moderna y elevados niveles de bienestar forman parte de ese patrimonio político y social.
Sin embargo, ningún presupuesto es infinito.
Aumentar el gasto militar en cientos de miles de millones de dólares anuales obligará a muchos gobiernos a tomar decisiones difíciles. Algunos recurrirán a mayor endeudamiento; otros elevarán impuestos; y otros terminarán revisando partidas destinadas al bienestar social.
La industria militar, naturalmente, será una de las grandes beneficiadas. Empresas de armamentos, fabricantes de misiles, sistemas de defensa aérea, inteligencia artificial y tecnologías estratégicas vivirán un ciclo de expansión pocas veces visto.
Pero la historia enseña que toda carrera armamentista tiene un costo de oportunidad. Cada euro destinado a un tanque es un euro que deja de invertirse en hospitales, investigación médica, universidades o vivienda.
La seguridad es indispensable.
Ningún Estado puede ignorar las amenazas del siglo XXI. Sin embargo, también resulta legítimo preguntarse si el equilibrio entre defensa y desarrollo social comienza a inclinarse peligrosamente hacia el primero.
La verdadera fortaleza de Europa nunca residió solamente en sus ejércitos. Se construyó sobre la prosperidad compartida, la democracia y la protección de sus ciudadanos.
El desafío consiste ahora en reforzar su seguridad sin sacrificar precisamente aquello que convirtió al continente en uno de los espacios con mayor calidad de vida del mundo.