
Carlos Marquez /
El destino calendario de la República Dominicana nos coloca este fin de semana ante un espejo de contrastes profundos.
Mientras este sábado nos retrae el ajusticiamiento de la tiranía trujillista, el domingo nos convoca a la ternura y el agradecimiento a las madres.
No existe contradicción en esta coincidencia; al contrario, encierra una profunda lección Cerepoética y social.
La libertad recuperada es, en última instancia, el único suelo fértil donde la vida y los valores fundamentales de la familia pueden florecer plenamente.
El 30 de mayo de 1961 no solo liberó al pueblo dominicano. Ese día marcó un hito en el declive de un estilo de despotismo unipersonal, megalómano y mesiánico que infectó a buena parte de la geografía americana.
Al comparar el régimen de Rafael Leónidas Trujillo con otras tiranías del continente, se descubre una misma patología de poder, una misma ambición totalitaria que recorrió el Caribe y se extendió con fuerza devastadora hasta el Cono Sur.
En Haití, nuestra nación vecina, el régimen de François y Jean-Claude Duvalier instrumentalizaron el terror místico y el paramilitarismo de los Tonton Macoutes, sumiendo a su población en un aislamiento, como el del medioevo que competía en crueldad con el control absoluto de la economía nacional y, que Trujillo ejercía como si fuera su patrimonio privado.
Contemporáneo con el trujillismo, Marcos Pérez Jiménez en Venezuela erigió una dictadura militar impulsada por el auge petrolero, donde la espectacularidad de las grandes obras de infraestructura pretendía maquillar la censura, el exilio y la persecución política ejercida por su temible Seguridad Nacional.
Lo mismo que Trujillo, Pérez Jiménez encarnó el mesianismo del «gendarme necesario», aunque el venezolano terminó derrocado por la voluntad popular antes de que el invierno de su poder se tornara perenne.
Más al sur, el horror adoptaría un carácter marcadamente institucional y corporativo.
Más adelante las dictaduras del Cono Sur abandonaron el personalismo folclórico del Caribe para instaurar la frialdad de aparatos burocrático-militares amparados en la Doctrina de Seguridad Nacional.

En Argentina, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional ejecutó una política sistemática de desaparición forzada y destrucción del tejido social que dejó heridas abiertas hasta el día de hoy.
En Uruguay, la dictadura cívico-militar disolvió el parlamento y convirtió al país en una inmensa prisión política, recurriendo a la tortura prolongada y al control psicológico de la población civil.
Con sus diferencias de método, estilo y geografía, todos estos regímenes compartieron el mismo propósito ciego; la aniquilación de la voluntad ciudadana y la sustitución del tejido moral de sus naciones por la fuerza de las bayonetas.
Frente a esa deshumanización que pretendía totalizarlo todo, la resistencia más persistente y silenciosa provino de un bastión que el despotismo nunca pudo doblegar por completo; la dignidad de los hogares, cuya hegemonía, en el caso dominicano el trujillismo suplantó. No se olvidan los letreros precisando…En esta casa, Trujillo es el jefe.
Entonces, para Teclalibre Multimedios resulta imposible evocar el fin de la era de Trujillo sin rendir tributo a las madres dominicanas, un paralelismo heroico que se conecta de manera directa con las madres del Cono Sur —como las de la Plaza de Mayo— que transformaron el dolor de la pérdida en una fuerza política inquebrantable contra el olvido.
El régimen trujillista pretendió alterar el orden natural de los afectos, autoproclamando al dictador como el supuesto benefactor y padre espiritual de la nación.
Frente a esa perversión de los roles humanos, la maternidad se constituyó en el santuario clandestino de la decencia y la libertad.
Fueron las madres quienes pagaron el precio más alto en dolor y sacrificio, desde el dolor y el desconsuelo de aquellas que despidieron a los héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo, hasta el martirio de Mercedes Reyes, la inolvidable mamá Chea, cuyo vientre dio a la patria a las Hermanas Mirabal.
Es que, el coraje materno sostuvo la reserva moral del país.
En una época donde pensar era un delito de alta traición, en el susurro de la casa y en la crianza cotidiana se preservaron los valores éticos que impidieron la degradación definitiva de nuestra identidad.
Recordar el ajusticiamiento del tirano nos compromete a mantener una vigilancia crítica ante cualquier asomo de autoritarismo en el continente, sabiendo que el despotismo deja secuelas institucionales difíciles de extirpar.
Por ello, celebrar el Día de las Madres inmediatamente después del día del tiranicidio no es una distracción festiva, sino el cierre perfecto de un ciclo reflexivo; con el que honramos a quienes dan la vida y custodian la paz, recordándonos que la libertad solo adquiere su verdadero sentido cuando sirve para proteger el futuro y la dignidad de los seres humanos.
Este sábado se conmemora el fin del horror; este domingo, se celebra el triunfo de la vida que dan las madres.