Por Rafael Portorreal M.
Ya no nos sorprende saber que los Estados Unidos atraviesan una crisis profunda. Una crisis que no es solo política, sino también moral, institucional y de liderazgo. La potencia más sólida del planeta hoy exhibe fisuras que dejan al descubierto el agotamiento de un modelo imperial que se resiste a aceptar su declive.
Resulta evidente la inconsistencia del presidente Donald Trump con sus pronunciamientos incoherentes y su visión anclada en un pasado de supremacía absoluta que muestran a un país que no logra entender que el mundo de hoy ya no se rige por los dictados de Washington. Aquella imagen del imperio ordenado, poderoso y omnipresente se desvanece entre el caos político, la polarización interna y una crisis de identidad nacional que erosiona los cimientos de su democracia.
El siglo XXI avanza hacia la multipolaridad, y Estados Unidos no puede detener ese proceso histórico. China emerge con una fuerza económica y tecnológica sin precedentes, Rusia reafirma su influencia en los escenarios de conflicto y energía, e India se consolida como un actor decisivo en la nueva arquitectura global. A su alrededor, los países del BRICS construyen un contrapeso real al dominio occidental, impulsando mecanismos financieros, comerciales y diplomáticos que desafían el control de Washington y de las viejas instituciones creadas a su medida.
El mundo ya no necesita un gendarme que dicte sanciones, ni un salvador que imponga democracias prefabricadas. La narrativa de “defender la libertad” se agota cuando los pueblos del Sur global reclaman independencia, dignidad y cooperación equitativa. Las nuevas potencias no buscan una guerra fría, sino un equilibrio basado en el respeto mutuo y la soberanía compartida.
Estados Unidos, atrapado en sus contradicciones, parece no encontrar su lugar en este nuevo tablero. Mientras insiste en mantener su hegemonía, su influencia se desvanece ante un planeta que ha decidido caminar por su cuenta. Ya no se trata de la caída del imperio por una invasión extranjera, sino del desgaste interno de una nación que perdió la brújula moral y política de su tiempo.
El futuro será de quienes comprendan que la fuerza ya no se mide por el número de portaaviones, sino por la capacidad de cooperar, respetar y construir. El imperio estadounidense agoniza sin comprender que el mundo se encamina, inevitablemente, hacia una nueva Era sin amos ni tutelas.

