JD Vance aterriza en Israel: la paz de Gaza tambalea bajo supervisión made in USA
-El vicepresidente estadounidense llega a Tel Aviv para “apuntalar” el frágil alto el fuego, mientras en Gaza las balas, la ayuda humanitaria y las promesas vuelan a ritmos desiguales-
Por TeclaLibre Digital
SANTO DOMINGO / TEL AVIV.– El vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, aterrizó este martes en Israel con la misión diplomática más espinosa del momento: impedir que el alto al fuego mediado por Washington entre Israel y Hamas se derrumbe antes de completar su segunda semana.
El problema es que el “alto” parece menos un fuego apagado que un fósforo titilando en medio de un vendaval.
El acuerdo —bendecido por Washington y firmado con apuro mediático el pasado 10 de octubre— luce hoy como una mesa de tres patas: tambaleante, precaria y sostenida por la voluntad política de quienes no confían unos en otros.
En los últimos días, los enfrentamientos esporádicos han dejado decenas de muertos en Gaza y varios soldados israelíes abatidos. La ayuda humanitaria prometida (6 600 camiones) apenas supera el millar, y los civiles palestinos aseguran que nadie les ha mostrado “la línea” del alto al fuego.
“Sabemos que existe un mapa, pero nadie nos dice dónde empieza ni dónde termina”, declaró un trabajador humanitario citado por The Guardian.
El vicepresidente no viaja por turismo diplomático. En su agenda hay tres ejes:
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Reunirse con el primer ministro Benjamin Netanyahu y supervisar el comité de monitoreo del alto al fuego.
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Revisar los pasos fronterizos por donde debería entrar la ayuda a Gaza.
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Tratar de vender al mundo la idea de que el plan de paz “sigue vivo”, aunque respire por la nariz.
En Washington, la visita se lee como un mensaje de advertencia: Estados Unidos no permitirá que el cese de hostilidades se hunda sin dejar una marca política visible.
Pero en Jerusalén y Gaza el gesto tiene otro matiz: suena más a vigilancia que a solidaridad.
El plan que Vance intenta revivir no solo busca sostener la tregua, sino abrir paso a una “segunda fase”: desarme parcial de Hamas, ingreso de una fuerza multinacional en Gaza y creación de un comité técnico para administrar el enclave.
En otras palabras, una reingeniería política con aroma a protectorados del siglo XX.
Israel observa con cautela. Hamas, con rencor.
Y Washington, con ese aire de “padre cansado” que ya no pide, sino ordena.
El viaje de Vance se convierte así en un acto simbólico: el imperio mostrando su guante blanco mientras sostiene el garrote detrás de la espalda.
Los discursos hablan de reconstrucción, pero los hechos muestran otra cosa:
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Las rutas humanitarias siguen bloqueadas.
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La infraestructura civil de Gaza está en ruinas.
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Y la opinión pública internacional percibe que el “mediador” juega en un solo bando.
Algunos analistas israelíes incluso admiten que la presencia de Vance refleja “una señal de debilidad israelí frente al aliado estadounidense”, algo impensable hace solo unos años.
En la diplomacia, como en el dominó, cada jugada esconde una intención.
Vance dice venir a “consolidar la paz”, pero parece más un interventor que un mediador.
El alto al fuego se anuncia como “duradero”, aunque huele a intermedio entre dos actos de la misma tragedia.
Y mientras el vicepresidente recorre Jerusalén con chaleco antibalas y sonrisa de protocolo, Gaza sigue contando muertos, Israel acumula excusas, y el mundo vuelve a repetir su estribillo favorito:
“Esta vez sí habrá paz”…
hasta que suene el próximo disparo.
En política internacional, lo que parece, suele importar más que lo que es.
JD Vance llega como símbolo de orden, pero deja entrever un mensaje incómodo: Estados Unidos necesita sostener la ilusión de control, aunque la realidad se le escape entre los dedos.
Mientras tanto, el fuego sigue allí, encubierto bajo los papeles del acuerdo y los discursos del vicepresidente.
Porque la paz —como la fe— también necesita mantenimiento.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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