Resulta verdaderamente increíble. Recuerdo que hace apenas una década, con todas las limitaciones y dificultades de aquellos tiempos, la Feria del Libro que organizaba el antiguo Comisionado lograba congregar una cantidad de público que multiplicaba varias veces —quizás hasta treinta veces más— la asistencia que hoy podemos observar.
Y vuelvo a repetirlo: es increíble. Sobre todo porque la comunidad dominicana en Estados Unidos no ha disminuido; por el contrario, ha crecido, se ha expandido y cuenta con nuevas generaciones interesadas en preservar su identidad cultural.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué ha ocurrido?
¿Dónde están los lectores?
¿Dónde están los jóvenes?
¿Dónde está esa energía cultural que una feria del libro debería despertar?
Durante años he tenido la oportunidad de participar, conversar e intercambiar ideas con una gran parte de los escritores dominicanos residentes en Estados Unidos. Conozco de cerca sus esfuerzos, sus sacrificios y esa admirable voluntad de mantener viva la literatura dominicana lejos de la patria. Sin embargo, después de observar los videos y las imágenes de esta Feria del Libro, inaugurada el viernes y que concluye hoy, debo expresar mi sorpresa: no he visto prácticamente ninguno de ellos.
No sé si la explicación está en que no fueron invitados, si las invitaciones se perdieron misteriosamente en algún laberinto burocrático, o si fueron ellos quienes decidieron no participar ante una convocatoria que quizás no representaba sus inquietudes.
Lo cierto es que su ausencia es evidente y llama poderosamente la atención.
Una feria del libro sin escritores parece una biblioteca sin libros; una celebración cultural sin protagonistas termina convirtiéndose en una ceremonia de fotografías oficiales, discursos cuidadosamente preparados y aplausos administrados. El problema es que la cultura no se construye con tarimas, pancartas ni cámaras; se construye con lectores, escritores, debate, pensamiento crítico y participación ciudadana.
Y aquí aparece la pregunta incómoda, esa que muchos prefieren evitar porque las preguntas suelen ser más peligrosas que las respuestas:
¿Cuántos recursos económicos del Ministerio de Cultura fueron destinados a esta actividad?
¿Cuánto costó realmente esta puesta en escena?
¿Qué porcentaje de ese presupuesto llegó a los escritores, a los libros, a los programas de lectura y a la promoción cultural verdadera?
Porque una feria del libro no debe ser un desfile de funcionarios buscando la mejor fotografía para las redes sociales; debe ser un encuentro entre la palabra escrita y la sociedad.
La cultura no necesita propaganda: necesita compromiso.
Al final, los libros tienen una vieja costumbre: no se dejan manipular. Permanecen silenciosos en los estantes esperando que alguien los abra. Y quizás esa sea la gran lección de esta feria: cuando los lectores desaparecen y los escritores brillan por su ausencia, tal vez lo que queda no es una fiesta de la cultura, sino apenas el eco de una celebración que olvidó su verdadero propósito.



