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La poderosa milicia libanesa Hezbolá se resiste a perder las armas y el control social | Internacional

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El pasado noviembre, tras haberse visto en la calle durante un conflicto que Hezbolá había iniciado en 2023 para apoyar a Hamás en Gaza, un seguidor del grupo libanés se apartaba del funeral de uno de los milicianos que Israel seguía bombardeando y admitía sus dudas. “Solía apoyar la causa con todo mi corazón”, susurró pidiendo permanecer bajo anonimato. “Pero ya no sé qué pensar de la ‘lucha por Jerusalén”, añadió, citando la frase con la que Hezbolá y sus aliados regionales proiraníes se refieren al compromiso por defenderse mutuamente ante Israel y liberar la ciudad santa. 

Como a la mayoría de chiíes libaneses, el grupo religioso donde Hezbolá tiene más apoyos, las bombas lo desplazaron forzosamente. “Entiendo que en Palestina hay muchas injusticias. ¿Pero qué papel debemos desempeñar nosotros ante eso?”, se preguntaba, sin verle justificación a tanto sufrimiento.

La desconfianza hacia Hezbolá entre los suyos vivió otro repunte en marzo, cuando el grupo metió a Líbano en otra guerra, esta vez en defensa de Irán. Ahora, el Gobierno libanés, que quiere desarticular al grupo (unos 50.000 milicianos activos, según diversas estimaciones), ha pactado con Israel un plan de paz para retirarle las armas, pero la insistencia israelí en mantener la ocupación del sur, donde este jueves ha volado más viviendas, lastra el proyecto de Beirut.

Punto de inflexión

Hezbolá ha ejercido su influencia durante lustros, al tejer alianzas con líderes libaneses alejados de su ideología gracias a la financiación iraní y a su vínculo con la Siria de Bachar el Asad. Ser el único partido con facción armada le otorgaba el papel de protector —aunque también un rol intimidatorio—.

Todo cambió en septiembre de 2024. Israel escaló su ofensiva sobre Hezbolá hasta asesinar a su líder, Hasan Nasralá. “El poder que Hezbolá proyectaba se evaporó en dos semanas”, recuerda Mohanad Hage Ali, del Centro Malcolm H. Kerr Carnegie para Oriente Próximo. “Sus aliados de pronto apoyaban su desarme para poner al Estado en el centro. Fue un cambio radical”, explica a este diario.

Además, incapaz de quitarse de encima la bota israelí, Hezbolá quedó aislado por la caída de El Asad y el debilitamiento de Irán tras enfrentarse a Israel en 2025. Ese año, la entrada en escena de nuevos líderes políticos en Líbano ajenos a la organización completó la pinza contra el movimiento proiraní. 

Así, el presidente, Joseph Aoun, aboga por restablecer la soberanía del Estado mediante el desarme del grupo y el diálogo con Israel, pese a que ambos están técnicamente en guerra desde la creación del Estado judío. Ningún Gobierno libanés había abrazado antes ambos objetivos al mismo tiempo. El actual lo hace impulsado por la frustración derivada de lidiar con un partido arropado por una milicia armada como Hezbolá. 

Alrededor del 90% de los libaneses suníes, drusos o cristianos —cuyas formaciones políticas se desarmaron en 1990, al término de la guerra civil— ansían que el Estado tenga el monopolio de las armas, según una encuesta de Gallup publicada en diciembre, anterior a la última guerra devastadora con Israel. Entre los chiíes ―un tercio de los cinco millones de libaneses― lo desea el 27%, una brecha significativa en una comunidad que Hezbolá cree dominar ideológicamente.

Atrapado entre las armas de Israel, que ocupan el 6% de Líbano, y las de Hezbolá, el Ejecutivo libanés pide concesiones al Gobierno de Benjamín Netanyahu. Bajo la mediación de Estados Unidos y de espaldas a la milicia, ambos firmaron una tregua en junio que contempla la creación de zonas piloto: áreas donde Israel levantará la ocupación a cambio del despliegue del ejército libanés, que debe controlar el territorio en detrimento de Hezbolá.

Washington anunció la semana pasada las primeras zonas piloto en tres pequeños municipios. Dos de ellos no estaban ocupados por Israel, y las tropas libanesas ya se han desplegado en el tercero. Pese al éxito inicial, el futuro del plan es incierto: EE UU no ha precisado áreas adicionales, los mandos militares israelíes contradijeron el miércoles la esencia de la tregua al asegurar que no se retirarán “hasta que la seguridad esté garantizada”, y el ejército libanés denuncia que los bombardeos “obstruyen” su despliegue.

El acuerdo, además, no establece plazos para retirar a las fuerzas israelíes ni para frenar sus ataques. “Ello habría permitido al presidente recabar apoyo en el sur”, donde los chiíes son mayoría, ”y actuar contra Hezbolá”, lamenta Hage Ali. “Es una oportunidad histórica perdida: Líbano tiene unas autoridades preparadas para la paz con Israel y piden algo con lo que trabajar. Pero Netanyahu piensa en las elecciones de octubre”, asegura.

El actual plan de paz debería ser el inicio de un proceso para fortalecer el Estado. Pero las voces contrarias a Hezbolá, que nació para suplir la debilidad gubernamental, temen que su fracaso permita la recuperación de la organización. Una potencial retirada israelí a raíz del regreso de EE UU al memorando de entendimiento con Irán o la llegada de fondos de Teherán para la reconstrucción pueden impulsar su popularidad.

Según Karim Safieddine, investigador en el Instituto Tahrir para Política de Oriente Próximo, de Washington, el grupo está “muy débil”, pero sigue siendo “más fuerte que las otras formaciones libanesas”. Tener un arsenal y “un núcleo de chiíes con una fuerte dependencia” hacia sus servicios sociales le otorga “ventaja”, y “dificulta que el Estado desarrolle su proyecto” en partes del país.

Más allá de las armas

Hezbolá tiene hospitales que ofrecen atención sanitaria por una fracción de lo que piden el resto de centros sanitarios, una red de colegios en zonas castigadas, una entidad financiera para obtener microcréditos y fundaciones para apoyar a las familias de los combatientes caídos o heridos.

El grupo también lanzó los Escoltas de Al Mahdi, un programa infantil donde 70.000 niños entran en contacto con la “resistencia islámica”, la doctrina promulgada por Hezbolá y sus aliados regionales, que tiene la lucha contra Israel entre sus objetivos fundamentales.

Hage Ali asegura que Hezbolá es, además, “la mayor casa editorial del país”. “Libros, periódicos, televisión, emisoras infantiles… toda esa red difunde el mensaje ideológico de la unidad cultural de Hezbolá”, añade.

Pese al vínculo con Teherán, Safieddine afirma que Hezbolá es “en esencia un proyecto libanés”, capaz de instaurar redes económicas e influir culturalmente entre distintos sectores del país. Algo similar ocurrió durante su fundación. En 1982, los esfuerzos de la reciente República Islámica de Irán por exportar la revolución se encontraron con el desamparo del sur de Líbano. El proyecto echó raíces en una región que Israel había invadido por entonces cuatro veces en su lucha contra los milicianos palestinos. Hoy, el convencimiento entre muchos libaneses de que Israel ansía sus tierras crece ante la ampliación de las ocupaciones en Gaza, Cisjordania o Siria.

Pero el apoyo de los chiíes a Hezbolá no es ineludible. “Si tuvieran alternativa, la acogerían”, opina Hage Ali. El analista cree que las dos guerras libradas desde 2023 —causantes de 8.000 muertos en Líbano, según Beirut— han hecho entender que la agenda regional es la prioridad, algo que provoca “grietas” en torno a la milicia. “Pero cuando ven que Israel los arrasa, que limpia étnicamente partes del sur y que los colonos cruzan la frontera, dicen: ‘Sabes qué, por el momento me quedo con Hezbolá”, concluye el especialista.

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