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Los muertos de nadie, los cadáveres del ICE: “Que se revele la verdad. A mi hijo lo mató el guardia” | Inmigración en Estados Unidos

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Entonces el cadáver no había empezado a descomponerse y Sybil Ammons, una enfermera de 68 años que lleva 30 en el cargo de forense del condado rural de Stewart, en Georgia, aún no había pedido con urgencia que se lo llevaran. Sobre las tres de la tarde del 11 de mayo llega el primer mensaje de Ammons, escueto y directo. No dará información sobre el caso del cubano Denny Adán González, a menos que la familia lo consienta. La familia lo aprueba, pero dos días después Ammons no tendrá todavía un dictamen definitivo del incidente: “Estoy trabajando en ello. Espero tener una respuesta hoy mismo”, dice, apresurada, como alguien que solo reserva su paciencia para los muertos.

Han sido tres décadas descifrando cuerpos inertes, pálidos y fríos, o, lo que es peor, explicando a las familias la pregunta incontestable de por qué alguien deja de existir para siempre. Ha visto escenas que le han martillado la memoria por semanas, incluso por años, y está segura de que se convirtió en la forense de Stewart por una cuestión casi mística: “Estoy plenamente convencida de que Dios me eligió para esta labor”.

En 1995, cuando era la enfermera encargada del pequeño Hospital Stewart Webster, en Richland, recibió a un joven fallecido en un accidente de tráfico cuando se dirigía al trabajo. La esposa y la madre esperaban en el hospital, impacientes. Al rato apareció la forense, vistiendo pantalones cortos, camiseta sin mangas y sandalias, y sin mostrar un mínimo de empatía por los familiares. Ammons se viró hacia su hermana, que en ese entonces era la directora de enfermería del hospital, y le confesó en voz baja: “Me voy a presentar a las siguientes elecciones para el cargo de forense y, si gano, le devolveré la dignidad a la oficina del condado de Stewart”.

Compitió por el cargo y ganó, y desde entonces se asegura de que cada muerto sea mínimamente respetado. “Trato a cada uno exactamente como me gustaría que me trataran a mí en las mismas circunstancias”. Reza por los cadáveres que llegan a su oficina y abraza a las madres, o padres, o hijos o esposas desconsoladas. “A veces lloro con ellos”, confiesa. A algunos los conoce de siempre; lleva casi toda su vida en Stewart, un lugar tan pequeño que el muerto de uno es, por cercanía, el muerto de todos. A veces le ha tocado atender a gente de paso, cuerpos de turistas que visitan la zona. El último de los cadáveres que le ha llegado es el de un migrante.

Hasta ahora no ha podido conocer, ni siquiera hablar, con la familia de González, el cubano de 33 años que murió en el centro de detención de Stewart en abril. La madre, Lourdes González, de 62 años, vive en Cuba, y el hermano, Dayán Hernández, de 40, está en España. González murió como no se suponía que sucediera, lejos de todo lo que conoció, en un pueblo rodeado de sembrados de maní y algodón, y como última compañía la de una forense georgiana.

La madre de González quiere saber qué le pasó a su muchacho, un joven, dice, “hermoso por dentro y por fuera”, sencillo, en extremo respetuoso. “Se parecía mucho a mí, era muy hogareño, quería que la familia no careciera de nada”, cuenta Lourdes desde su casa en Camagüey, al centro de Cuba.

No había día que González no le preguntara a su madre si tenía comida en el refrigerador. Incluso más de una vez le pidió perdón. “Me decía que de nada le valía todo lo que había alcanzado si no me tenía a mí y a sus dos hijos”. Pero no podía regresar porque había salido a pescar un sueño, uno largo y difícil, pero el suyo: el gran sueño americano.

“Quería cumplir su objetivo y lo cumplió”, asegura su hermano, quien ayudó a criarlo junto a su madre desde muy pequeño. González llegó a Estados Unidos en 2019, lo deportaron una primera vez en 2020, volvió a atravesar Latinoamérica y entró por la frontera de El Paso, Texas, por segunda vez en 2022. Permaneció con un estatus irregular, supo lo que era la vida dura del indocumentado, hasta que volvió a caer en manos de las autoridades de migración. Tenía carro, pagaba su renta y trabajó hasta el final.

Ahora su cuerpo estaba en manos de Ammons, en algún laboratorio de criminalística en el sur del país. La familia necesita entender qué sucedió con González y esa respuesta la va a tener, pronto, la forense. Por el momento, Ammons ha colocado una Biblia abierta junto a la habitación donde se encuentra el cadáver del joven. “Rezo para que eso le dé a la familia algo de consuelo y paz”, dice. “Soy madre de dos preciosos hijos adultos y no puedo imaginar la devastación que esta noticia les supone”.

***

Sybil Ammons escribe a la periodista el 13 de mayo un mensaje más definitivo: “La investigación ha concluido”, dice. Incluso agrega que la Oficina de Investigación de Georgia (GBI) también llevó a cabo una búsqueda “muy exhaustiva”. Causa de muerte: ahorcamiento voluntario. Clasificación: suicidio.

El veredicto confirma la versión del informe emitido por el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE): que el 28 de abril de 2026, aproximadamente a las 10.26 de la noche, el personal de custodia del centro de detención de Stewart, que realizaba inspecciones rutinarias, encontró a González “suspendido de una sábana en su celda”.

Guillermo Aguilar, un mexicano de 44 años, llegó a la celda A del centro a inicios de febrero. Había mucha gente en aquel lugar y apenas espacio para encontrar un hueco y dormir en el piso. Tenía hambre, negoció comida con otro detenido por 60 dólares. Era el nuevo en aquel sitio y le tocaba entender cómo se sobrevivía a una cárcel. Le robaron la comida, tuvo problemas con algunos de los migrantes detenidos y lo llevaron a la celda de castigo por siete días. Cuando salió, pasó a ser compañero de celda de González, en un espacio de 80 personas donde el cubano se las arreglaba para hacer ejercicios. Aguilar reconoció su acento.

“Le dije: ‘¡Cuba!’ Nos presentamos. Me dijo: ‘Si necesitas algo, avísame, campeón’. Yo le dije lo mismo. Y me preguntó: ‘Man, ¿tienes espaguetis o arroz? Véndeme algo, deja que termine de hacer unas pulseras y te lo pago”, recuerda Aguilar.

González apenas recibía comisarias para sortear el hambre que dejaba la poca comida que le daban en detención, por eso comenzó a fabricar pulseras. Sacaba con calma los hilos blancos de las cobijas y los hilos rojos o anaranjados del uniforme, y los tejía con esmero para luego vender las pulseras por 20 dólares. “La gente que llegaba se iba de ahí con su pulsera, las hacía muy bonitas”, dice Aguilar, que lleva la suya en la muñeca, incluso ahora que llegó deportado a México.

A finales de abril, un amigo del centro, con quien habló, le contó que el guardia que tuvo el altercado con González le “tiró todos sus hilos” a la basura. “Ellos son así, no tienen ningún respeto hacia uno, hablan bien feo, nos tratan peor que a un animal”, asegura Aguilar. González volvió a recoger los hilos. “Dicen que estaba haciendo un gorrito esa vez”. Luego el mismo guardia volvió a tirarlos. “Cuba se enojó y le empezó a decir cosas en español. Discutieron”. El altercado fue el 26 de abril, dos días antes de su muerte.

Desde el centro, un migrante detenido que guarda a escondidas un celular acepta hablar, pero pide que nunca se le pregunte el nombre. Su versión es otra: dos oficiales estaban inspeccionando, cuando uno se dio cuenta de que a la puerta de la celda de González le faltaba una bisagra. “Uno de los oficiales fue a la oficina, le levantó un reporte disciplinario a Denny y le dijo que lo iban a enviar a segregación porque había quitado la bisagra”, cuenta. Luego estuvieron, dice, entre cinco y diez minutos discutiendo, hasta que González “le dio una bofetada muy fuerte a uno de los oficiales en la cara; el oficial perdió el conocimiento de inmediato y cayó de espaldas al suelo”.

El oficial, a quien le salía sangre de algún lugar de la cabeza, permaneció tirado hasta que llegaron los refuerzos y lo trasladaron a un centro médico. “Dos días después, la gente empezó a decir que Denny había muerto y que probablemente se había suicidado. Ninguno de los oficiales nos dio información real sobre lo que pasó. Para decirte la verdad, no estoy seguro de si fue un suicidio o si lo asesinaron”, dice el detenido.

Según el comunicado del ICE, enviado por las autoridades migratorias a EL PAÍS, el 26 de abril una enfermera evaluó a González para determinar su traslado “a una unidad de alojamiento restrictivo después de que este agrediera a un oficial de custodia”. La enfermera, afirmaron las autoridades, “documentó un examen físico y una evaluación de salud mental normales, incluyendo la ausencia de ideación suicida, según lo manifestado por el detenido”.

ICE hold room

En realidad, González era quien le daba ánimos a los demás para sobrevivir aquel encierro. El 12 de diciembre de 2025, tras una discusión con su pareja en su casa de Charlotte, en Carolina del Norte, la suegra llamó a las autoridades y fue arrestado por la Oficina del Sheriff del Condado de Mecklenburg. En enero de 2026 llegó al centro de Stewart, uno de los más grandes y temidos de todo Estados Unidos, un espacio con capacidad para 2.000 personas sobre el que pesan no pocas denuncias por las condiciones de aislamiento, negligencia médica, el uso de la fuerza contra los detenidos o abuso sexual.

Aguilar no recuerda a González particularmente triste, más bien todo lo contrario. “Yo nunca en mi vida había hecho ejercicios y los hice por él. Me dijo: ‘Oye, cuando te sientas deprimido, ponte a hacer ejercicios”. Las últimas semanas, cuando supo que a Aguilar iban a darle su salida voluntaria del centro, estaba esperanzado. “Se puso feliz. Cuando uno veía que alguien se iba de allí, se ponía feliz, porque eso podía significar que te iban a deportar pronto”. Se habían hecho amigos; tenían planes. González, con experiencia en labores de construcción, trataría de llegar a México y trabajaría con Aguilar remodelando casas. “Me dijo: ‘¿Pero tú vas a hacer eso por mí?‘ Le dije: ‘No solo por ti, también por mí”, recuerda Aguilar.

El día que supo que González estaba muerto, enseguida se comunicó con uno de los detenidos del centro: “Hey, ¿qué pasó con Cuba?”, preguntó. No podía creer aquello que le estaban diciendo, menos él, que estuvo en la misma celda de aislamiento en la que, según el ICE, se había ahorcado González. “Cuando tú estás en la celda de castigo, cada cinco minutos el guardia pasa y te está chequeando. Es un cuarto chiquito, en el techo no hay manera de colgarse. ¿Dónde vas a poner la sábana? Pienso que los guardias se metieron y lo ahorcaron. Pero es la palabra tuya contra la de ellos”, dice Aguilar.

Steven Owen, el vicepresidente de Comunicaciones de CoreCivic, la empresa que gestiona el centro de detención, dijo en un comunicado enviado a EL PAÍS que sobre las 10.26 pm un miembro del personal “dio la voz de alarma tras encontrar a una persona inconsciente en su zona de alojamiento”. Era González. “El personal médico de guardia acudió rápidamente, inició las medidas de reanimación y solicitó la intervención de los servicios médicos de emergencia (EMS) en el centro”.

Sobre las 10.31 pm, una enfermera llegó a la celda y observó el cuerpo, que ya estaba “tendido en el suelo, boca arriba y sin respuesta, con un pulso débil y respiración superficial”, según la información del ICE. A las 10.34 pm, el personal “le colocó un collarín cervical, lo sujetó a una tabla espinal, lo trasladó a la clínica médica y notificó al centro de control para que llamara a los servicios médicos de emergencia”. En la clínica, la enfermera, cuando vio que González no respondía y carecía de pulso, “inició la reanimación cardiopulmonar, aplicó ventilación con bolsa-válvula y oxígeno, y administró naloxona”.

A pesar de que los especialistas hicieron maniobras de reanimación, “se certificó el fallecimiento de la persona antes de que fuera trasladada fuera del centro”, asegura CoreCivic. Luego notificaron “inmediatamente este incidente” al ICE.

El 29 de abril, sobre las siete de la noche en España, Dayán Hernández recibió una llamada desde Estados Unidos. “Le tengo una mala noticia, a su hermano lo han encontrado sin vida en la celda”, oyó del otro lado del teléfono. “Le dije: ‘No puede ser, no puede ser, ¿quién es usted?‘. Me dijo: ‘Soy el oficial Valdés, del centro de detención de Stewart, donde él estaba detenido, y lo llamo para darle la información de que ha fallecido‘. Le dije: ‘¿Pero cómo?’. Me dijo: ‘No le podemos dar más información, deme su correo electrónico y le llegará una carta”.

Una semana después de la muerte de su hermano, Hernández recibió la carta firmada por LaDeon Francis, director de la Oficina Regional del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) en Atlanta. “Lamento tener que informarle sobre el fallecimiento de su hermano”, rezaba. “Le expreso a usted y a su familia nuestras más sinceras condolencias, en nombre de toda nuestra agencia, por su pérdida. Su hermano falleció el 29 de abril de 2026. Su muerte se debió a un suicidio”. A pesar de que la fecha oficial de la muerte remite al 29 de abril, el comunicado del ICE habla del 28. Francis dejó su número en caso de que Hernández quisiera comunicarse para obtener más información. “Traté de llamar y nunca me contestaron”, dice el hermano.

González fue declarado fallecido sobre las 11.11 pm por los servicios de emergencia médica del condado de Webster. Era el muerto número 14 en el centro de detención de Stewart; el tercer fallecido allí en los últimos dos años; el deceso 18 en centros del ICE de todo el país en los primeros cuatro meses de 2026; y el número 49 que murió en detención desde que la Administración de Donald Trump llegó al poder. Hoy suman 54 las personas fallecidas bajo custodia de migración desde enero de 2025.

Brian Root, asesor principal del Laboratorio de Investigaciones Digitales de Human Rights Watch (HRW), que publicó recientemente una investigación sobre muertes en detención, aseguró a EL PAÍS que durante el primer año de la Administración Trump, en que se registraron 39 muertes en detención, un total de siete fueron por suicidio. “Todos ellos fueron por ahorcamiento; las personas fueron halladas inconscientes y con una ligadura o tela alrededor del cuello”, explica, a pesar de que en seis de los siete casos el ICE registrara que no tenían ideas suicidas durante las evaluaciones iniciales de ingreso. Otras causas comunes de muerte identificadas incluyen paro cardíaco, insuficiencia cardíaca, infecciones y accidentes cerebrovasculares. En muchas de estas muertes “se solicitaba atención de emergencia demasiado tarde”.

Muertes mensuales en los centros de detención para migrantes (Gráfico de columnas)
Tasa de mortalidad bajo custodia del ICE (Líneas)

Los investigadores de HRW tropezaron, entre otros inconvenientes, con la “falta de detalles o transparencia en los avisos e informes”, dice Root, quien asegura que solo pudieron trabajar con la información limitada que ofreció el ICE. “Dado que la documentación solía ser mínima en la mayoría de los casos, por sí sola no proporcionaba información suficiente para respaldar una evaluación clínica definitiva sobre si las muertes eran prevenibles o para determinar la causa exacta del fallecimiento”. El panorama es desolador: la tasa de mortalidad de migrantes bajo custodia del ICE está hoy en su nivel más alto en más de una década.

***

El 14 de mayo, la forense Ammons envía a la periodista un mensaje, esta vez uno mucho más apremiante: “¿Ya han encontrado una funeraria?” Luego manda otro: “¿Hay alguna novedad? Tenemos que ocuparnos de este cadáver”. El 26 de mayo, a casi un mes de la muerte de González, la forense dice: “Tienen que hacer algo. El cadáver está empezando a descomponerse”.

La familia no sabe cómo proceder, no hablan inglés, están lejos, apenas tienen dinero. Ni siquiera sabían dónde estaba el cadáver de González cuando salió del centro de detención, pero algunos activistas ayudaron a localizarlo en la oficina de la forense. La madre, Lourdes, ha pedido que no lo cremen, que por favor se lo entierren; es lo menos que puede pedir para su hijo, a quien crió sola y pobre, pero con demasiado amor.

“Quiero que le hagan otra autopsia, que se revele la verdad. A mi hijo lo mató el guardia”, dice la madre. “Quiero justicia, no solo para mi niño hermoso, sino para que todo aquel que está en ese lugar horroroso no sufra más y los liberen, porque ellos no son asesinos, son hijos que salen de su país a buscar una vida mejor”.

Los días siguen pasando y la forense se mantiene firme: el cadáver de González está en la cámara mortuoria del laboratorio criminalístico y “tenemos que resolver esto lo antes posible”.

Al hermano no le dan las cuentas: la funeraria le cobra más de 4.000 dólares por buscarlo en el laboratorio. Un sitio para enterrarlo, como quiere la madre, elevaría el costo unos 6.000 dólares más. Eso sin contar el velatorio, que no pueden permitírselo. “Son como 10.000, imagínate. Si él estuviera enfermo, yo haría lo imposible para que estuviera con vida. Pero está muerto, ya nadie me lo va a devolver”, dice Hernández. “Todo funciona con el dinero. Se necesita un dineral para hacerles la guerra. Hasta después de muerto, esto es un negocio. Si en 30 días no resuelvo nada, lo mandaré a cremar y, cuando pueda ir a los Estados Unidos, echaré sus cenizas al mar, que era lo que a él le gustaba; ese era su hobby, pescar”.

Amílcar Valencia, director ejecutivo de El Refugio, un espacio que ayuda a familias y migrantes de paso por el centro de Stewart, en un primer momento contactó a una organización para realizar una segunda autopsia al cuerpo, pero al saber que el cadáver estaba descomponiéndose, comunicaron que no sería posible. “Cuando la familia finalmente pudo tener acceso al cuerpo, ya habían pasado más de cuatro semanas desde la muerte. Dijeron que después de ese tiempo iba a ser difícil encontrar información de beneficio para la investigación”. Por otra parte, el abogado James M. Slater, que se dispuso a representar a la familia, ha solicitado al centro de detención preservar toda evidencia, como las grabaciones durante el periodo de 24 horas previo a la muerte y hasta el momento en que el cuerpo fue trasladado fuera del centro, así como registros o mensajes de texto. El abogado confirmó a este medio que la investigación sigue en pie.

Para el 5 de junio, la forense comunicó que, finalmente, se habían llevado el cadáver del laboratorio de criminalística. Cuando la funeraria Fisher Funeral Care and Cremation Services buscó el cuerpo, Hernández pidió tener una videollamada para reconocer a su hermano. Le negaron esa posibilidad. “Me dijeron en la funeraria que esas llamadas por WhatsApp se habían suspendido”, cuenta. Le dejaron saber que el cuerpo estaba “en muy mal estado”, ni siquiera podría ser posible un velatorio, pero le dieron como opción reconocerlo a través de las cicatrices, las marcas que le dejaron los años mientras eran unos niños creciendo juntos en Camagüey.

Hernández pidió a la funeraria que le revisaran los talones a su hermano. “Cuando chiquito metió el pie en los radios de una bicicleta”, recuerda. Luego les dijo que buscaran una marca en su frente. “Fue una pedrada, jugando con un amigo de niño. Eso se le quedó para siempre”. Las autoridades de la funeraria taparon la cara de González, dejando al aire solamente la frente. Enviaron al hermano una foto y este pudo comprobar que, definitivamente, era él. Estaba muerto. Luego le mostraron las manos. “Estaba muy blanco el cuerpo, y mi hermano era trigueño”. Dayán no pudo con más, no tenía fuerzas, ni dinero para llevarle el cuerpo a su madre a Cuba, tampoco para enterrarlo. “Que la justicia quede en manos de Dios”, dijo. “Esto me ha enfermado, he bajado de peso y también tengo que hacer mi vida. Ya van a hacer dos meses que ni duermo”. Podían cremarlo cuanto antes.

Para mediados de junio, la forense Ammons respondió un mensaje. Estaba dispuesta a tener una conversación un poco más detallada sobre el caso. La familia quiere saber varios detalles que han quedado suspendidos: por qué, si el cuerpo estaba preservado, se empezó a descomponer, o si había algo en el cuerpo que llamara la atención, o qué creía la forense de la posibilidad de una segunda investigación. Para el 22 de ese mismo mes, Ammons respondió: “Tengo entendido que este caso aún está siendo investigado, por lo que no puedo hacer más comentarios por el momento”, dijo. Dos días después pidió a la periodista poner fin a la conversación: “La verdad es que ahora mismo no me siento cómoda hablando de eso. Hay tantos problemas con la política en este momento. Lo siento mucho. Quizás más adelante pueda hablar”.

Las cenizas de González llegaron a través del correo postal. La urna es de un azul cielo y tiene estampada una paloma blanca con las alas bien abiertas. Parece una paloma transfigurada, que vino a alcanzar un sueño, y lo agarró.

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