Mahmoud Khalil es un hombre con una losa. La amenaza de expulsión de Estados Unidos le impide hacer planes. El mes que viene puede estar en su casa en Nueva York, con su mujer y su hijo, o en cualquier otro sitio del mundo. “Tengo sobre mí todo el peso de la Administración de Donald Trump, intentando deportarme como sea”, afirma. Su caso ha trascendido hasta erigirse en un emblema de la lucha no solo por la causa palestina sino por la libertad de expresión en Estados Unidos. “Vinieron a por mí e irán contra cualquiera que disienta”, dice rotundo en una entrevista con EL PAÍS.
Es una de las ironías de la historia de este hombre de 31 años: que la persecución al que era un anónimo estudiante palestino ha acabado por convertirlo en una celebridad. Khalil, uno de los rostros más visibles de las protestas contra la matanza israelí en Gaza que sacudieron las universidades estadounidenses en la primavera de 2024, se codea ahora con políticos como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y es reclamado en multitud de foros.
Tras ejercer como negociador de los manifestantes propalestinos frente a la Universidad de Columbia, fue encerrado sin cargos por las autoridades federales en un centro de detención para migrantes. Allí permaneció 104 días. Por si eso no fuera suficiente, sobre él —que tiene un permiso de residencia permanente y está casado con una estadounidense— pende ahora la orden de extradición de un tribunal migratorio dependiente del Departamento de Justicia que no sabe cuándo ni cómo se hará efectiva.
Recibe en la azotea de un edificio en Brooklyn. Durante una entrevista de una hora, insiste en que lo que le ha ocurrido a él es solo una muestra de la deriva autoritaria de Estados Unidos. Y que, en esta batalla, los palestinos son tan solo el canario en la mina: el aviso de que lo peor está por venir. “Mi caso fue solo el comienzo de todo. Después llegaron las deportaciones masivas, los ataques a periodistas, a universidades… La Casa Blanca lo dejó claro al afirmar que mi detención serviría de modelo. Ahora todo está mucho más claro”.
1. Expulsión
En un caso plagado de irregularidades como el suyo, el proceso de expulsión no es una excepción. El Gobierno pretende acelerar la deportación antes de la vista que debe celebrar el Tribunal Supremo. “No hay precedentes de algo así. Son unas prisas descabelladas”, dijo a The New York Times Homero López, exmiembro del organismo responsable de tomar la decisión.
El Departamento de Justicia no ha respondido a las preguntas de este periódico sobre el caso. Pero miembros del Gobierno de Trump han dado en los últimos meses distintos argumentos para justificar la deportación de Khalil: desde su supuesto antisemitismo a errores en la información que suministró al solicitar un visado en 2024. Él desmiente ambas acusaciones. Admite que el antisemitismo es un problema real y que, lamentablemente, está creciendo en Estados Unidos y en todo el mundo. “Pero lo hace por las acciones de Israel, un país que utiliza el judaísmo como escudo frente a cualquier crítica. Y porque esta Administración se alinea con políticos de ultraderecha, dentro y fuera del país”, sostiene.
Khalil no quiere pensar qué hará si lo expulsan. Por ahora está ocupado luchando para ganar el caso. “Quiero hacerlo, primero, para estar con mi familia. Pero también para demostrar que no nos vamos a dejar intimidar. Y que es ilegal atentar contra la libertad de expresión”, afirma este hombre, que en septiembre publicará sus memorias, No Land To Stand On (traducible como Sin tierra donde sostenerse).
El nombre de Khalil empezó a sonar cuando la ola de indignación contra el Gobierno israelí llegó a Columbia. Allí el joven palestino, nacido en Siria pero con nacionalidad argelina, estudiaba en la School of International and Public Affairs. “La represión fue enorme. Hubo cientos de estudiantes expulsados o suspendidos. El FBI realizó redadas en domicilios. Columbia colaboró con el Gobierno para coartar la libertad. No creo que, en su historia reciente, Estados Unidos haya infligido tal grado de violencia contra su propia gente”, opina.
Pero, en su caso, lo peor estaba aún por llegar.
2. Cárcel del ICE
El 8 de marzo de 2025, agentes federales irrumpieron en su residencia universitaria sin una orden judicial. Su esposa estaba embarazada de ocho meses. Tras pasar por varios centros, agentes del ICE (el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) se lo llevaron el 10 de marzo a un centro de detención en Luisiana, a más de 2.000 kilómetros de su casa.
Allí recibió lo que describe como un trato degradante, con comida intragable y mucho frío. Pero lo que más le impactó aquellos días no fue eso: “Recuerdo la injusticia a mi alrededor. Vi a hombres destrozados, llorando cuando veían que en televisión se los llamaba criminales y violadores. Gente que todo lo que había hecho era buscar un futuro mejor para sus familias”.
Lo peor de todo, dice, fue no poder asistir al nacimiento de su hijo. “Jamás perdonaré a quienes me privaron de algo tan divino, un momento que todo ser humano en esta tierra desea compartir con su pareja”. El 20 de junio fue liberado por el juez de un tribunal federal de Nueva Jersey que no vio ninguna base para su detención.
— Durante su encierro escribió una carta en la que decía: “La Administración de Trump me tiene en el punto de mira como parte de una estrategia más amplia para sofocar la disidencia. Están en juego no solo nuestras voces, sino las libertades civiles de todos”. Un año después, ¿qué opina?
— Tú me dirás (Risas). Fue la advertencia de cómo se iba a usar a Palestina como un caballo de Troya para atacar a otros. Las leyes sobre el apoyo al terrorismo en este país se diseñaron teniendo a los palestinos en el punto de mira, pero más tarde se ampliaron a otros grupos.

La pregunta queda en el aire: ¿Por qué alguien que ha pasado por este calvario quiere seguir viviendo en Estados Unidos? “Sobre todo, para demostrar que esta Administración está equivocada”, responde Khalil. “Si me marcho, ¿qué mensaje enviaría a los millones de personas que apoyan a Palestina? Que no luché. La segunda razón, por supuesto, es que mi esposa y mi hijo son estadounidenses. Además, adoro Nueva York y creo en esa idea de que Estados Unidos es la tierra de la libertad”. ¿Aún lo cree? “Por eso sigo luchando”.
3. ¿Y ahora qué?
La entrevista, celebrada el viernes 26 de junio, tiene lugar en un momento especial para la política de Estados Unidos. Han pasado pocos días de las primarias demócratas de Nueva York en las que arrasaron los candidatos respaldados por el alcalde Zohran Mamdani. Todos tienen en común su apoyo inequívoco a la causa palestina y sus durísimas críticas al Gobierno israelí. Lejos de ser una anécdota, estos resultados confirman un movimiento sísmico en la opinión pública estadounidense: las encuestas muestran por primera vez un apoyo superior a la causa palestina que a la israelí.
Khalil atribuye este cambio, entre otros motivos, a las protestas estudiantiles en las que él participó. “Nuestro movimiento ha triunfado. Sobre todo porque ha cambiado drásticamente la opinión pública de este país, no solo de los jóvenes sino de toda la población. Se ha desenmascarado la hipocresía del establishment, donde todo se detiene ante la palabra ‘Palestina’. Palestina fue, en cierto modo, lo que dejó al descubierto esta política atroz”.
Sobre su buena relación con Mamdani, recuerda que el alcalde habló de su caso con Trump cuando lo visitó en la Casa Blanca. “Gran parte de la derrota de Kamala Harris se debió a la política de Biden en Gaza. Y este va a ser un tema clave para cualquier candidato presidencial en 2028″, añade.
Trump se presentó a la campaña de 2024 con el argumento de que era el defensor de la libertad de expresión frente a la supuesta dictadura woke. Pero casos como el de Khalil ponen este discurso en entredicho. Él asegura que precisamente por eso todo lo que le ha pasado ha tenido tanto impacto entre tantos estadounidenses. Pero que la cosa va más allá. “Si Trump puede hacer esto, cualquier otro presidente, republicano o demócrata, también podrá. Son herramientas que futuros gobiernos tendrían a su disposición contra todos los que no sean de su agrado”.
Para entender a Khalil es imprescindible conocer su biografía. Nacido en Siria en un campo de refugiados para palestinos, más tarde participó en las protestas contra el régimen de Bachar el Asad. Esa desposesión de la tierra y la profunda sensación de injusticia han marcado su vida.

“Nunca pensé que el mundo fuera un lugar justo. Crecí con la sensación de que todos nos habían dado la espalda. Mis abuelos siempre confiaron en volver a Palestina. Verlos morir en Siria, tras pasar la segunda mitad de sus vidas en un campo de refugiados con tiendas de campaña y casas de barro, hizo crecer en mí la sensación de injusticia”.
Y luego, ya en Estados Unidos, al ver que la persecución que había sufrido su familia continuaba con él, afianzó ese sentimiento. “Los palestinos no somos víctimas de la violencia solo en nuestra tierra. Es algo que te persigue dondequiera que estés cuando defiendes los derechos de nuestro pueblo”.
—¿Por qué cree que lo eligieron como objetivo?
—Fue pura coincidencia. Buscaban alguien con quien dar un ejemplo. Alguien que no tuviera las protecciones de otros manifestantes. Pensaban que al ser palestino no lucharía. Y esa persona fui yo.
— Cuando en 2024 empezó a participar en las protestas, ¿temía que algo así pudiera pasar en un país como Estados Unidos?
— (Sonríe). Oh, no, no. Claramente, lo calculé muy mal. Porque no estaba haciendo nada malo. Y además pensé que mi papel como negociador supondría un riesgo muy inferior al de los organizadores de las protestas. Nunca quise ser la cara del movimiento por Palestina.
— Y, visto con perspectiva, ¿volvería a meterse en este lío?
— Absolutamente. Volvería a hacer exactamente lo mismo. No me arrepiento de nada.


