MALDITA CORRUPCIÓN
(Salmo blasfemo para una patria con gastritis moral crónica)
Por Ramon Espinola
No sé —
y esa ignorancia me da náuseas—
Por qué está pus negra con carnet de partido glorioso,
este veneno con sonrisa de campaña,
esta lepra con maestría en Derecho Constitucional
llamada corrupción
ha aprendido a reproducirse
en el pecho del dominicano
como piojo patriótico en cabeza ajena.
La corrupción
devora la moral
con cucharita de postre,
vestida de primera dama,
encaramada en zancos de lentejuela,
con perfume francés y aliento de alcantarilla.
Corrupción:
cáncer con despacho,
desgracia con secretaria,
catástrofe con chófer,
una ladrona que roba la esperanza
y todavía pide propina.
República Dominicana:
Te están vendiendo por partes,
como motor de carro chocado.
Andas por tus caminos, tus montes, tus aceras,
y por doquier acecha
el demonio de la corruptela,
ese vampiro con carnet institucional
que no duerme, no ayuna
y no declara.
Me sales en aeropuertos,
me cobras en carreteras,
me saludas en ventanillas,
me guiñas el ojo en oficinas,
y hasta me das los buenos días
con sonrisa de hiena jubilada
Te veo
con uniforme de pendejo,
con traje de bufón,
con toga de juez,
con corbata de patriota,
riéndote del niño que no entiende
y del anciano que bosteza
porque ya no tiene fuerzas
para indignarse.
Ando por mi pueblo
y te encuentro por todas partes:
como payaso,
como padrino,
como candidato,
como asesor,
como “licenciado”.
Te has reído del anciano desvalido,
del niño sin pan,
de la viuda abandonada,
de los huérfanos
y del futuro del obrero,
que hoy cotiza en el mercado
como chatarra humana.
Maldita corrupción,
sabandija con doctorado,
has hecho de la salud una ruleta,
del hambre una política pública,
y del presupuesto una piñata.
Vaya San Chaguito y sus monaguillos
¿Por qué no le damos pasaportes para el infierno?
Las calles están rotas,
los hospitales cansados,
las escuelas huecas,
el agua ausente,
la luz intermitente,
y la esperanza en cuidados intensivos.
Y sin embargo —oh ironía suprema—
te veo entrar por la puerta principal del poder
El majestuoso Palacio Nacional
como si fueras Virgen de la Altagracia
con escolta, sirena y escoliosis moral,
a sentarte en sillones ministeriales
a administrar la ruina con solemnidad.
Malditos sean
los que convierten el Estado en alcancía
y la patria en cajero automático.
Malditos sean
los que legislan con dedos de buitre,
con trajes de “yo no fui”,
con discursos de “yo sí pude”,
metiendo las manos en la fundita nacional
como si el país fuera Juan Yaniqueque
regalándote una bolsa grasosa de frituras.
La educación no sirve,
la justicia tampoco,
el pobre envejece joven,
y la dignidad se alquila por horas.
Pero corrupción —
no te escribiré cartas bíblicas,
no te predicaré paciencia,
no te pediré arrepentimiento,
porque no eres pecado:
eres un negocio.
Eres un tumor con oficina,
un cáncer con horario,
una mafia con logo institucional.
Y aun así, te anuncio —
no como amenaza, sino como profecía—
que llegará el día
en que tu nombre será una vergüenza hereditaria,
un apellido maldito,
una palabra que dará urticaria,
una mancha que no se quita ni con cloro.
Tu risa se apagará.
Tu mueca se archivará.
Tus estatuas serán excusas.
Tus herederos bajarán la mirada.
Y tú memoria será
un mal olor en los libros de historia.
Porque los pueblos,
aunque parezcan cansados,
no están muertos:
Están esperando el momento.
Y cuando despiertan,
no rezan:
recuerdan.
Y cuando recuerdan,
no olvidan.
Y cuando no olvidan,
la corrupción deja de reír para morir.

