-Musk se tropieza con el gobierno… y Tesla paga la cuenta-
Por Luis Rodríguez Salcedo
Elon Musk, ese genio excéntrico que soñó con colonizar Marte y electrificar el planeta Tierra, acaba de descubrir que jugar a ser funcionario público tiene un precio… y no precisamente barato. Su aventura como cerebro (no oficial) del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) de la administración Trump terminó siendo algo más parecido a un crash test que a una genialidad disruptiva. ¿La víctima principal? Tesla, su joya más brillante, que ha perdido brillo —y valor— en medio de este baile político.
Musk, sin ser nombrado oficialmente y sin pasar por el Senado, se convirtió en el gran titiritero del DOGE, una agencia con nombre de criptomoneda y espíritu de motosierra. Desde allí, con una mezcla de pragmatismo empresarial y arrogancia de CEO, ordenó recortes que dejaron a miles sin empleo, redujo servicios clave y provocó más de un berrinche en el gabinete. Pero lo que quizás no midió bien fue que, mientras repartía tijeretazos en Washington, los inversores de Tesla se afilaban las uñas.
Porque resulta que no se puede estar en todo a la vez. Entre reuniones con Trump, peleas con Marco Rubio y promesas de eficiencia gubernamental, Musk dejó a Tesla medio huérfana. ¿El resultado? Ventas en picada, acciones tambaleantes y consumidores que empezaron a preguntarse si su sedán eléctrico aún venía con cargador… o con ideología política incluida.
Lo más jugoso, sin embargo, fue el capítulo de los conflictos de intereses. Mientras Musk diseñaba el “gobierno eficiente”, SpaceX, su otra criatura, se posicionaba para recibir contratos jugosos en el megaproyecto militar “Golden Dome”. Qué coincidencia, ¿no? Algunos lo llamaron visión estratégica; otros, más maliciosos, lo vieron como una coreografía peligrosa entre poder público y negocios privados.
Y justo cuando el calor subió, Musk anunció, con tono casi zen, que dedicaría “menos tiempo al gobierno” y que se enfocaría en Tesla. Traducción libre: la cosa se puso fea y hay que salvar el negocio. Porque cuando los números tiemblan y los accionistas levantan las cejas, hasta el más audaz de los visionarios opta por regresar al garage donde empezó todo.
Su salida parcial del DOGE no es un acto altruista ni una epifanía sobre el servicio público. Es, más bien, una jugada defensiva, un repliegue táctico para proteger el castillo empresarial antes de que se derrumbe la torre principal. Y mientras tanto, queda flotando una pregunta incómoda: ¿qué buscaba realmente Musk en el gobierno? ¿Reformar el Estado o abrir nuevos caminos para sus compañías?
El experimento de Musk en Washington deja una lección clara: no todo lo que brilla en Silicon Valley puede alumbrar el oscuro laberinto de la política. Y cuando se mezclan los cables del poder con los del emprendimiento, puede que el sistema —y la bolsa— salten.

