Dicen que el amor aparece cuando menos lo imaginas… y eso fue exactamente lo que me pasó a mí.
Estaba en Acapulco, disfrutando mi juventud, cuando la vi por primera vez: su auto se había quedado varado en plena carretera. Me detuve a ayudarla, sin saber que en ese instante también me estaba cruzando con la mujer que cambiaría mi vida para siempre.
Ella se llamaba Mercedes Alemán. No era actriz, ni cantante. No salía en revistas. Pero tenía algo, una luz, una calma… que me hizo buscarla de nuevo.
Lo nuestro fue despacio, sin escándalos, sin cámaras. Seis años estuvimos juntos antes de casarnos, mientras yo luchaba por abrirme paso en la música, y ella vivía una vida sencilla, lejos del ruido.

No fue fácil. Sus padres no estaban convencidos de que yo fuera el hombre indicado. Apenas estaba empezando, sin fama, sin dinero, solo con sueños. Pero Mercedes confió. Me esperó. Me acompañó en silencio. Estuvo ahí cuando nadie más creía.
Nos casamos jóvenes, sin lujos, pero con amor. Ella se convirtió en mi base, en la persona que me sostuvo cuando llegaron las giras, el éxito y las presiones. Mientras yo cantaba para miles, ella cuidaba del hogar, de nuestros hijos, y de un amor que nunca dejó de crecer.
Claro que hubo altibajos. Momentos difíciles. Dudas. Distancias. Pero siempre volvimos a lo esencial: el respeto, la admiración, la decisión de seguir eligiéndonos. Y así, año tras año, seguimos tomados de la mano.
Muchas veces me han preguntado cuál ha sido el secreto… y siempre digo lo mismo: Mercedes. Ella es mi equilibrio, mi hogar, mi verdad. La mujer que nunca buscó aplausos, pero se convirtió en el aplauso más sincero de mi vida.
Porque mientras el mundo me conocía sobre el escenario… yo encontré mi verdadero lugar en el corazón de ella

