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Paulina Herrera clama por la paz en el mundo

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Paulina Herrera*, pedagoga, poeta, tallerista y gestora cultural ecuatoriana, co-organizadora del Primer Encuentro del Movimiento Literario, Artístico y Cultural de la Cerepoética ha participado activamente trabajando y difundiendo en todas sus redes sociales con el mayor dinamismo y entereza, agradecimiento infinito por sus valiosos aportes.   Gracias del alma por tu entusiasmo y tu entrega!!

Paulina ha compartido varios poemas para el Encuentro y ha seleccionado Una Carta de Paz y el relato: La niña que escuchaba el dolor de las cosas en el evento.

CARTA DE PAZ AL MUNDO ENTERO

Desde el corazón umbrío de la selva,

donde el ceibo susurra oraciones antiguas

y el jaguar vigila los sueños del barro,

te escribo, humanidad.

 

Desde el trópico incendiado de aromas,

donde los mangos caen como astros maduros

y el charango llora en las manos de los hombres de barro y sol,

te canto, humanidad.

 

Desde el hielo azul del polo,

donde el viento corta los huesos de la tierra

y los osos rezan en silencio su soledad sin nombre,

te grito, humanidad.

 

Desde los océanos interminables,

donde los corales duermen como catedrales sumergidas

y las ballenas entonan su misa de bruma y nostalgia,

te susurro, humanidad.

 

Desde los brazos de mar que amamantan costas,

desde El Nilo que despierta con fiebre de siglos,

desde las lluvias que sangran los ríos,

desde el Amazonas que se pudre y renace

como un dios herido que aún nos perdona,

te imploro, humanidad.

 

Hoy los violines lloran savia,

las arpas gimen como soles quebrados,

las guitarras estallan en llamas de preguntas,

y el charango repite en sus cuerdas de bosque:

“Basta. Basta. Basta.”

 

Basta de espadas disfrazadas de palabras.

Basta de nombres que no saben pronunciar vida.

Basta de himnos que elevan cenizas en lugar de auroras.

Basta de callar el grito de los pueblos y las aves.

 

Que la paz no sea un tratado en un papel de invierno,

sino el canto ardiente de la leña encendida,

el calor de la tierra en la planta descalza,

la mano que siembra el maíz sin temer al trueno,

la lágrima que cae para regar una esperanza.

 

Desde este rincón de lianas, corales, hielos y brumas,

te ruego, humanidad:

desarma tus furias,

guarda tus lenguas de guerra en el pozo más hondo,

abraza la música que te habita cuando eras barro y espiga

escucha el charango, la guitarra, la lira y los violines

tejiendo un mismo rezo:

 

Que nunca más el cielo se avergüence de mirarnos.

Que nunca más la tierra nos niegue su pan.

Que nunca más los niños sueñen con balas.

Que la paz sea el nombre del universo.

Enlace del momento de su presentación en el Encuentro.

https://www.youtube.com/clip/UgkxR2QoT2rybEPmhpDYCbw-qeYoGpx0F89D

Paulina nos compartió ademas el relato: «La niña que escuchaba el dolor de las cosas»

Cuando la niña llegó al país en guerra, el aire la recibió con un sabor oxidado, como si cada brizna de viento hubiera pasado antes por un cementerio.

Su vestido de lino blanco se impregnó con el polvo gris de los escombros y su sombra se cubrió de ceniza. Caminaba en silencio, pero cada paso suyo era escuchado por aquello que nadie oye.

Los fusiles, apoyados en hombros de hombres cansados, sollozaban sin sonido. Ella los escuchó. Uno, temblando entre las manos de un joven soldado, gimió:

—No quiero disparar. Cada vez que escupo mi fuego, me quemo por dentro. No nací para matar, sino para ser hierro en reposo.

Las balas, mientras volaban, gritaban con voces de niños:

—¡No queremos herir! ¡No queremos herir!

Pero sus gritos eran más veloces que cualquier oído.

La niña caminó descalza por un sendero de piedras rotas. Cada piedra susurraba cuando la pisaban:

—Me duele cuando tropiezan en mí, cuando caen y se desgarran contra mi piel de mineral. No soy enemiga. Solo estoy aquí, esperando un poco de lluvia para lavarme el polvo de la guerra. 

Ella recogió un guijarro y lo guardó en su pecho, como quien guarda un latido 

En el campo de batalla, la sangre derramada se agitaba sobre la tierra, formando charcos que parecían querer levantarse. La niña la escuchó suplicar:

—Devuélveme a mis cuerpos. Estoy cansada de hundirme en la tierra. Quiero regresar a las venas cálidas que me cantaban su vida. Quiero sentir de nuevo el pulso de sus amores, el tambor de sus pasos, la ternura de su oxígeno.

Las lágrimas, abandonadas en mejillas secas o sobre el polvo caliente, gimoteaban:

—Nadie nos recoge. Nacemos para aliviar, pero aquí no hay alivio, solo corrientes de tristeza infinita 

La niña las recogió con su aliento y se las guardó en la garganta, como un rocío invisible.

La tierra misma, abierta en cráteres y trincheras, hablaba con voz rota:

—Estoy cansada de ser tumbas y fosas. Yo era madre de semillas, no madriguera de balas. Quiero que vuelvan los pies que danzan sobre mí y no los cuerpos que me entierran con su muerte 

Las cenizas, que caían como lluvia de sombras sobre los techos rotos, murmuraban mientras descendían:

—Alguna vez fui árbol, casa, cuenco, pan… Ahora solo soy polvo sin destino. Quiero volver a ser madera, raíz, vida.

La niña las tocaba y se convertían en pequeños pétalos de luz, que se desvanecían hacia un cielo que apenas recordaba su propio azul.

Finalmente, subió a lo alto de un muro derruido y habló, con una voz que era brisa y trueno al mismo tiempo:

—Humanidad, ¿por qué obligas a tus fusiles a matar, si nacieron del metal que alguna vez besó la montaña? ¿Por qué obligas a tus piedras a herir, si solo sueñan con ser camino? ¿Por qué derramas tu sangre, si ella clama por bailar en tus venas? ¿Por qué dejas que tus lágrimas mueran sin consuelo, si ellas nacen para sanar? ¿Por qué conviertes a la tierra en tumba y a las cenizas en olvido, si ambas quieren dar vida?

Y mientras hablaba, las armas se oxidaron en las manos de los soldados, las piedras se alisaron como ríos dormidos, la sangre se elevó como vapor rojo y volvió a sus cuerpos caídos, las lágrimas regaron las ruinas y brotaron pequeñas flores blancas, la tierra cerró sus heridas y las cenizas se convirtieron en mariposas de humo luminoso.

Dicen que desde entonces, cada vez que un fusil tiembla antes de disparar, es porque recuerda la voz de aquella niña que escuchaba el dolor de las cosas, y que cada vez que una piedra gime bajo un pie herido, es porque sueña con su caricia.

Ella no murió ni se fue: vive en el eco de todo lo que sufre en silencio, esperando que un día la humanidad despierte y devuelva su dignidad a cada parte viva y doliente de este mundo.

 *Paulina Soledad Herrera Cárdenas, Pedagoga, postgrado en educación en el INCIE, Madrid, Poeta ecuatoriana, ganadora en varios concursos. Tallerista de la escuela de Escritura Creativa de Patricia Merizalde.  Libro virtual publicado (Versos invertebrados) Poeta en varias antologías. Recitales poéticos en ferias virtuales del libro en Colombia, Perú, México, Angola, Portoviejo, España, etc. Chef. Amante de leer y escribir. 

Enlace: https://www.youtube.com/clip/UgkxLhuE2KWZjAOwMBkiQeUx8OH02HeGhzpu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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