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PECULADO Y NARCISISMO DE TRUJILLO

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POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA NACIONAL
PECULADO Y NARCISISMO DE TRUJILLO
Por Ramon Emilio Espinola
¿Dónde están sus bienes? ¿Quiénes los usufructúan?
Este ensayo forma parte de un capítulo de mi libro “Causas e implicaciones que dieron origen a una dictadura: LA ERA DE TRUJILLO”, escrito a finales de la década del noventa y publicado en 1999.
(Dedicado a los que han olvidado que muchos de los que llegaron después del dictador terminaron administrando el Estado con igual voracidad. Pobre pueblo dominicano: engañado por los tiranos de ayer y seducido por los demócratas de utilería de hoy.)
“La corrupción no es una desviación accidental del sistema; es el combustible secreto con que funcionan muchas repúblicas tropicales.”
La corrupción nada tiene que ver con la educación, ni es parte de una patología humana que pueda curarse. Es la columna vertebral de un sistema político que no terminará hasta que explote.
Peculado no es otra cosa que el robo descarado de los bienes públicos cometido precisamente por quienes juraron administrarlos. Es el ladrón vestido de estadista; el saqueador convertido en ministro; el pirata con banda presidencial y escolta militar.
Y si hubo en la historia dominicana un hombre que convirtió el Estado en hacienda personal, ese fue Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Trujillo no gobernó la República Dominicana: la poseyó. La exprimió. La hipotecó moralmente.
La convirtió en finca privada donde el aire parecía necesitar autorización militar para circular y donde hasta el silencio tenía que rendirle pleitesía al Jefe.
Su narcisismo alcanzó proporciones patológicas.
No le bastaba el poder: necesitaba adoración.
No quería obediencia: exigía veneración religiosa.
La patria terminó reducida a una inmensa escenografía diseñada para alimentar el ego de un hombre enfermo de grandeza.
Su nombre estaba en las calles, en las escuelas, en los puentes, en las montañas, en las oficinas públicas y hasta en las oraciones hipócritas de funcionarios que temblaban más por conservar privilegios que por amor a la nación.
Muchos dominicanos llegaron a creer que, muerto Trujillo, desaparecería el país.
Tal era el grado de deformación psicológica producido por el régimen.
La dictadura había logrado que la nación pareciera un simple apéndice biológico del tirano.
Y sin embargo, detrás de aquella maquinaria de propaganda existía un ser profundamente resentido.
Un hombre que jamás superó los complejos nacidos de la pobreza y de la marginalidad social de su juventud. Su arrogancia desmedida era, en el fondo, la máscara grotesca de una inseguridad feroz.
Carecía de empatía. La compasión era para él una debilidad impropia del poder.
Ordenó asesinatos, persecuciones, torturas y exilios con la misma frialdad con que un comerciante firma una factura.
La sangre derramada se convirtió en parte del presupuesto nacional no escrito de la Era.
Pero sería una falsificación histórica negar que aquel hombre poseía también capacidades extraordinarias de organización y visión administrativa. Ahí reside precisamente la tragedia dominicana: uno de los constructores del Estado moderno fue al mismo tiempo uno de sus mayores depredadores.
Desde el 27 de febrero de 1844 hasta el ascenso de Trujillo el 16 de agosto de 1930, la República Dominicana vivió entre guerras civiles, caudillismos, intervenciones extranjeras, endeudamientos eternos y politiquerías miserables. La clase dirigente de entonces parecía más interesada en entregar el país a cualquier potencia extranjera que en construir una nación organizada.
El Estado dominicano era poco menos que una ficción administrativa. Cada gobierno emitía papeletas sin respaldo, contrataba empréstitos para enriquecer camarillas y dejaba la nación sumida en la ruina. La corrupción era artesanal todavía; con Trujillo se industrializó.
El dictador comprendió algo que sus antecesores jamás entendieron: quien controla el aparato económico controla también la conciencia colectiva. Por eso organizó el Estado moderno dominicano bajo una disciplina militar absoluta.
Creó el Banco Central, el Banco de Reservas y el Banco Agrícola. Estabilizó la moneda nacional, saneó las finanzas públicas y consolidó una estructura burocrática eficiente, aunque aterrorizada. Bajo su régimen el funcionario robaba poco no porque fuera virtuoso, sino porque sabía que el único autorizado para saquear era el Jefe.
Ahí residía el corazón del sistema.
La corrupción durante la Era no desapareció; simplemente se centralizó.
Trujillo era el gran monopolio nacional.
Todo terminaba desembocando en sus manos: la sal, la carne, la leche, el arroz, los seguros, las exportaciones, el tabaco, las grasas comestibles, la banca, los ingenios, los puertos, las importaciones y hasta los zapatos que debía usar el pueblo para no ser castigado por andar descalzo.
La dictadura llegó al extremo grotesco de crear leyes para obligar indirectamente al consumo de empresas pertenecientes al propio dictador.
Si había que pintar las casas, allí estaba PIDOCA.
Si había que asegurar trabajadores, allí estaba Seguros San Rafael.
Si había que comprar calzado, allí estaba FADOCO. El ciudadano dominicano terminaba financiando involuntariamente el imperio económico del Benefactor.
La patria entera era una gigantesca caja registradora cuyo sonido metálico desembocaba en la fortuna del Generalísimo.
Y mientras tanto, los aduladores —esa especie abundante en todos los regímenes autoritarios y también en las democracias de cartón— lo proclamaban “Padre de la Patria Nueva”, “Benefactor”, “Restaurador de la Independencia Financiera” y otros títulos propios de una corte medieval tropical.
La diferencia entre los cortesanos de ayer y muchos políticos modernos es apenas estética: unos usaban levita y otros usan saco italiano financiado por contratos públicos.
EL IMPERIO AZUCARERO
El gran salto económico de Trujillo ocurrió con la industria azucarera.
Antes de la Segunda Guerra Mundial el azúcar apenas tenía valor en el mercado internacional. Pero terminada la guerra, con Europa devastada y la producción de remolacha destruida, los precios se dispararon.
El dictador olfateó el negocio como un tiburón huele la sangre.
En pocos años comenzó a adquirir ingenios y enormes extensiones agrícolas hasta convertir la Azucarera Haina en un monstruo económico que controlaba cerca del sesenta y cinco por ciento de la producción nacional.
Doce centrales azucareros quedaron bajo su dominio:
• Río Haina
• Barahona
• Consuelo
• Ozama
• Porvenir
• Santa Fe
• Quisqueya
• Boca Chica
• Montellano
• Amistad
• Esperanza
• Catarey
El azúcar dominicano terminó siendo simultáneamente riqueza nacional y patrimonio privado del dictador.
Pero Trujillo jamás actuó como un simple empresario capitalista. No competía en igualdad de condiciones: legislaba, presionaba, expropiaba y negociaba desde el poder absoluto. El Estado era juez, comerciante, banco, policía y cobrador al servicio de un solo hombre.
Cuando los precios internacionales bajaban, transfería propiedades al Estado a precios inflados; cuando subían, las recompraba a valores inferiores. Un juego financiero obsceno donde siempre ganaba el mismo jugador.
Porque en realidad no existían dos entidades separadas.
Trujillo era el Estado.
Y el Estado era Trujillo.
CORDE Y EL DESMANTELAMIENTO DEL PATRIMONIO NACIONAL
Tras el ajusticiamiento del dictador el 30 de mayo de 1961, el Estado dominicano heredó uno de los complejos industriales más grandes del Caribe.
Nació entonces CORDE, la Corporación Dominicana de Empresas Estatales, destinada a administrar decenas de industrias, empresas comerciales, factorías, bancos y propiedades.
Pero ocurrió lo inevitable en un país donde la clase política suele confundir administración pública con reparto de botín.
Lo que la dictadura construyó bajo un régimen criminal, la democracia terminó muchas veces desmantelándolo bajo discursos modernizadores.
Ingenios cerrados.
Empresas quebradas.
Industrias privatizadas.
Patrimonio regalado.
Corporaciones destruidas deliberadamente para justificar su venta.
Y así, una nación que llegó a ser potencia azucarera terminó importando azúcar y derivados mientras antiguos bienes estatales pasaban a manos privadas nacionales y extranjeras.
La llamada “capitalización” fue presentada como modernización económica. Pero en muchos casos no fue más que el elegante nombre técnico del despojo.
La vieja oligarquía trujillista mutó entonces en una nueva burguesía política surgida al calor de contratos, privatizaciones y componendas partidarias.
La diferencia fundamental consistía en que Trujillo robaba centralizadamente; después de él, el saqueo se democratizó.
CONCLUSIÓN
La Era de Trujillo no puede analizarse únicamente desde la pasión política ni desde el odio visceral. Debe estudiarse como una de las grandes contradicciones históricas dominicanas.
Fue una dictadura brutal, sanguinaria y criminal.
Pero también fue el período donde se consolidó el aparato estatal moderno.
Esa dualidad explica por qué todavía hoy muchos dominicanos continúan atrapados entre la nostalgia autoritaria y el desencanto democrático.
El problema es que gran parte de la clase política posterior jamás construyó instituciones superiores a las del trujillismo; simplemente usufructuó las estructuras heredadas mientras destruía lentamente el patrimonio nacional.
Y así, el pueblo dominicano terminó condenado a una tragedia circular: primero fue explotado por una dictadura personalista y luego por una democracia clientelista.
Unos imponían silencio con fusiles.
Otros compran conciencias con funditas y propaganda.
Pero ambos modelos tienen un punto en común: el desprecio histórico hacia el ciudadano.
EPÍLOGO
EL CADÁVER POLÍTICO QUE TODAVÍA CAMINA
Trujillo murió físicamente en 1961.
Sin embargo, el trujillismo sobrevivió.
Sobrevivió en el culto enfermizo al caudillo.
En el funcionario que roba creyéndose dueño del Estado.
En el empresario que se enriquece mediante privilegios políticos.
En el ciudadano que admira al ladrón “porque al menos hizo algo”.
En el intelectual servil que alquila su pluma al mejor postor.
Y en la costumbre nacional de confundir autoridad con abuso.
La República Dominicana expulsó al hombre, pero conservó muchos de los vicios del sistema.
Hoy abundan políticos que se presentan como demócratas mientras administran el presupuesto público como si fuera herencia familiar. Cambiaron los uniformes militares por campañas publicitarias, pero el apetito depredador sigue intacto.
El problema dominicano nunca ha sido únicamente Trujillo.
El verdadero drama nacional ha sido la facilidad con que una sociedad hambrienta de orden termina arrodillándose ante cualquier administrador eficiente del miedo.
Los pueblos que olvidan su historia terminan alquilando nuevamente sus cadenas.
Y mientras el dominicano siga celebrando al corrupto rico, adulando al poderoso y vendiendo su conciencia por migajas electorales, seguirá siendo víctima de una clase dirigente que cambia de rostro, pero no de costumbres.
Porque las dictaduras no nacen solas.
Las fabrican también los pueblos que aprenden a obedecer demasiado.
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PIE DE NOTAS
1. El término “peculado” proviene del latín peculatus y hace referencia al robo de bienes públicos por parte de funcionarios o administradores del Estado.
2. La ocupación militar norteamericana de 1916-1924 reorganizó las fuerzas armadas dominicanas, institución desde la cual ascendería posteriormente Trujillo.
3. El Banco Central de la República Dominicana fue creado mediante la Ley No. 1528 del 9 de octubre de 1947.
4. CORDE fue creada tras la caída de la dictadura para administrar los bienes confiscados a la familia Trujillo y sus asociados.
5. La política de “capitalización” aplicada en la década de 1990 promovió la privatización parcial o total de numerosas empresas estatales dominicanas.
6. La industria azucarera dominicana constituyó durante décadas el principal eje económico nacional y una de las mayores fuentes de empleo rural.
7. El asesinato de Ulises Heureaux en 1899 estuvo ligado, entre otras razones, al colapso financiero y a la emisión indiscriminada de papel moneda sin respaldo.
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BIBLIOGRAFÍA
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• Galíndez, Jesús de. La Era de Trujillo.
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• Vega, Bernardo. Trujillo y sus técnicos.
• Wiarda, Howard J. Dictatorship and Development: The Methods of Control in Trujillo’s Dominican Republic.
• Balaguer, Joaquín. Memorias de un Cortesano de la Era de Trujillo.
• Moya Pons, Frank. Manual de Historia Dominicana.
• Cassá, Roberto. Historia Social y Económica de la República Dominicana.
• Wiese Delgado, Hans Paul. Memorias y testimonios sobre la industria azucarera dominicana.
• Espinola, Ramon Emilio. Causas e implicaciones que dieron origen a una dictadura: La Era de Trujillo.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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