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Simeón Arredondo : aciertos y artificios en la era digital, un enfoque cerebrista

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Simeón Arredondo Natera es un poeta, ensayista y novelista, que nació en Hato Mayor y residió en San Pedro de Macorís desde los 12 hasta los 35 años, donde se formó como profesional de la ingeniería, debe su formación literaria al ‘Circulo Literario Camino Real’, dirigido por el poeta Robert Berroa, por los años 90 del siglo pasado.

Actualmente reside en Madrid, España, dirige el Taller «Clima de Eternidad», de la Asociación Cultural y de Cooperación al Desarrollo Biblioteca República Dominicana – ACUDEBI,  es miembro del staff del  programa dominical virtual ILUSIONES Y POESÍAS.

Recientemente obtuvo el primer lugar del certamen internacional de poesía «Una gárgola en mi tejado», organizado por Ediciones Gárgola desde Madrid, España. El título de su obra es «Parodia del Silencio».

Otros títulos de la autoría de Simeón Arredondo son «Ingeniería del verso», «Ecos del Tiempo», «De Gastón Fernando Deligne a Pedro Mir», «Beso de arpa», «Audiencia con la muerte» y «Contracanto a Víctor Villegas».»Las lagrimas de Dios».

Es el creador conjuntamente con el poeta y periodista Carlos Márquez Cabrera del Movimiento Literario, Artístico y Cultural Cerepoético, cuyo Manifiesto fue proclamado en el Primer Encuentro realizado de manera virtual, los días 9-10 de agosto del presente.

Simeón presento su ponencia en el Encuentro Cerepoético con el titulo: Aciertos y artificios en la era digital, un enfoque cerebrista.

Este ensayo destaca la presencia del arte a través de diferentes formas y recursos desde la prehistoria, desde las pinturas rupestres hasta las obras maestras del Museo del Louvre, reflexiona sobre las TICs, la Internet, la IA, advirtiendo que no deben sustituir la creatividad y el pensamiento humano, especialmente la creación artística.

Considera que la verdadera producción artística debe ser siempre un acto cerebral, ético y moral que pase por el filtro del pensamiento consciente y la reflexión, evitando caer en la deshumanización que puede promover la dependencia excesiva de las tecnologías digitales.

Hace un llamado a los creadores, para que utilicen su arte como instrumento de resistencia moral y ética y defender los valores de convivencia pacifica en contra de la barbarie y la destrucción de la sociedad mediante el uso consciente y responsable del lenguaje y la creatividad.

Adjunto la ponencia de Simeón Arredondo: 

Difícilmente alguien niegue que el arte nació desde el momento que lo hizo el ser humano y que han evolucionado juntos.

Un hombre del paleolítico jamás pensaría cómo habría de ser la navegación polinesia, y a su vez, quienes iniciaron ésta probablemente nunca imaginaron la forma y las velocidades que alcanzarían las naves usadas por Alejandro Magno o las que transportaron a los conquistadores de América en la postrimería del Medioevo. Y por supuesto, los usuarios de esas naves no alcanzaron a conocer los modernos barcos porta-contenedores que proliferan hoy en el transporte internacional de mercancías, ni los impresionantes cruceros de los que alardea la industria del turismo.

También se puede mirar a la inversa. Un niño que atraviesa el Atlántico junto a sus padres en un viaje de 9 horas a bordo de un moderno Airbus A350, piensa que siempre el transporte ha sido así de fácil, ágil y seguro.  O un adolescente que, ante la necesidad de una información de cualquier naturaleza, hace clic, y “milagrosamente” se despliega una pantalla con miles de opciones y millones de informaciones ante sus ojos, pudiera pensar que sus abuelos disfrutaron de ese privilegio.

Todo es, y ha sido un constante cambio. Un permanente evolucionar del hombre, de sus circunstancias, de sus hábitos, de sus herramientas, de su modus vivendi. Pero el arte, con distintos recursos y formas de expresión, siempre ha estado ahí; acompañándole como un perro fiel. A su merced y a su servicio.

Desde una pintura rupestre de la prehistoria alojada en una caverna, hasta las más de 35,000 obras de arte que exhibe y guarda celosamente el Museo de Louvre, se observa un recorrido paralelo del arte al desarrollo de la humanidad.

Desde la antigüedad hasta nuestros días, el hombre ha inventado, perfeccionado y utilizado diversas herramientas para múltiples labores, que vienen a ser como extensiones de sus extremidades. Hoy en día, también conocemos una serie de herramientas tecnológicas que se sirven de la informática para obtener ciertos resultados o para la realización de determinadas tareas. En este caso estaríamos ante extensiones del cerebro. Y como el arte no es ajeno al resto de actividades humanas, aquí también toma partida.

Esas herramientas, enmarcadas dentro de las llamadas Tecnologías habilitadoras digitales, entre las que se encuentran el internet de las cosas, la computación en la nube, y la “todopoderosa” inteligencia artificial, han llegado para quedarse, y es innegable que resultan de gran utilidad para el desarrollo y la realización un gran número de quehaceres vitales; pero como supuestas extensiones del cerebro, jamás deben sustituirlo.

Es en ese contexto que el movimiento Cerepoético, también llamado Cerebrismo, intenta establecer límites que marquen una diferenciación entre lo artificial y lo cerebral cuando de arte se trata. Dicho sin ambages, la creación artística ha de ser siempre generada desde el cerebro. No quiere decir, que, bajo algunos parámetros, el artista no pueda apoyarse en ciertos recursos que la modernidad coloca en sus manos.

Es que sobre todo, el aspecto ético y moral debe prevalecer, como debe hacerlo el esfuerzo neuronal. El verdadero creador no puede renunciar a que su obra pase el filtro del tálamo. Si lo hace, estaría contribuyendo al proceso de deshumanización que paradójica-mente ha emprendido la humanidad, y que uno de sus recursos fundamentales es el atrofia-miento del proceso cognitivo del individuo mediante la inducción al consumo de programas chatarra, de noticias falsas, de influencias banales, etc. Y al mismo tiempo, la imposición de procesos y procedimientos basados en el consumo masivo de las referidas Tecnologías habilitadoras digitales, que no sólo han destruido a millones de puestos de trabajo, sino que intentan establecer toda una generación de ciudadanos no pensadores.

Son dos los frentes desde los que el ser humano se auto ataca. Por un lado, está la crueldad que se nos obliga a presenciar, que no deja lugar a dudas de que la humanidad se hace cada vez más inhumana, y que parece encaminarse a su autodestrucción de una manera cruel y bárbara, y que el sufrimiento y la agonía de una amplia mayoría, es el goce, deleite y prosperidad de una reducida minoría. Por otro lado, está la destrucción que de momento no se observa físicamente, y que para las altas esferas de poder puede resultar incluso más útil que la primera, que es la destrucción de los valores, del pensamiento crítico, de la consciencia humana y del razonamiento. Es decir, de todo lo que proviene genuina-mente del cerebro.

En ambos casos, la tecnología es un poderoso aliado de la “alogocracia”, que como muy bien la define Jano García en su formidable obra “El rebaño”, es “el gobierno de los desprovistos de razón y lógica a la hora de enfrentarse a los desafíos propios de nuestro tiempo”.

Este es el juego en el que no debe entrar el arte. No debemos olvidar su fin estético y su función ornamental siempre desde el punto de vista humano, donde no puede estar ausente la combinación cerebro-corazón.

En el supra indicado libro Jano García, refiriéndose a la alogocracia, afirma que “esta nueva ideología responde a una jerga superflua que a modo de ensalada se mezcla en todos los discursos sin importar su tema y cuyo trasfondo esconde el perverso intento de negar el uso de la razón para así poder aglutinar a todos los individuos en un colectivo oprimido y, a su vez, opresor de todo aquel que recurriendo a la razón cuestione los nuevos dogmas”.

Pues es de alta importancia para los literatos prestar atención a esta observación-advertencia que lanza García. Ello así porque a estos creadores corresponde usar artísticamente la palabra. Es hora de oponernos, a través de la mirada objetiva del escritor, y con la palabra como arma, a la cultura de la guerra y a la autodestrucción de la humanidad.

El poeta, con su pluma, debe combatir los anti-valores y las conductas irresponsables y destructivas tanto de lo físico como de lo moral. Al mismo tiempo, los cerebristas procuramos una renovación del discurso poético mediante el uso de recursos estéticos que no permanezcan en lo meramente subjetivo, con la finalidad de hacer frente a las diferentes manifestaciones de barbarie a las que asiste la humanidad en los actuales momentos usando tanto las armas de guerra como la propia inteligencia artificial.

Creo firmemente que el poeta, con su discurso artístico, no sólo puede, sino que debe usar el verso para rescatar y defender los valores que propician la convivencia pacífica entre los seres humanos, y entre éstos y su entorno. Además de que debe rechazar cualquier forma de hermetismo en la estructura artística, que contribuya a la destrucción o a la negación del razonamiento.

Es preciso, por consiguiente, profesar que de los tres elementos que forman la psique humana definidos por Sigmund Freud, el poeta debe asumir la responsabilidad de “el superyó” como representante de la conciencia y la moral, para que, dentro del tejido social, predomine sobre “el ello” convirtiéndose en “el yo” que debe impulsar al ser humano a actuar con prudencia y justicia.

A continuación compartimos dos poemas del libro PARODIA DEL SILENCIO, ganador del Primer Premio del I certamen de poesía “Una gárgola en mi tejado 2025” (Ediciones Gárgola, 2025)

Grito de guerra contra la guerra

 

¡Poetas del mundo!

No permitan que las palabras se vuelvan áridas.

Por cada bomba lancen mil versos.

Por cada disparo un millón de besos.

Construyan un refugio de palabras.

Y que no se vuelvan áridas.

 

¡Poetas del mundo!

Hagamos un escudo que cubra toda la tierra.

Un escudo de palabras.

Y que no se vuelvan áridas.

Marchemos al frente, poetas.

Al frente de las palabras.

Y que no se vuelvan áridas.

 

¡Poetas del mundo!

Reunamos arpas y guitarras.

Y que se unan mil violines por cada granada.

Tomemos prestado el pentagrama

para llenarlo de palabras.

Y que no se vuelvan áridas.

 

¡Poetas del mundo!

Por cada campo minado

cultivemos un millón de rosas

rodeadas de palabras.

Y que no se vuelvan áridas.

Convoquemos las palabras, poetas.

Y que su eco detenga las balas.

Y que no se vuelvan áridas.

****

Verbo y silencio 

Un día, quizás,

el silencio se haga verbo

antes que el verbo

se haga carne.

Quizás el silencio

que se oculta

en un Padre Nuestro

se haga agua.

Liquido que fluya como el tiempo

sin pausa, sin presión, sin prisión.

Quizás el silencio

que se oculta en un grano de arena

se haga pan.

Pan que brinde paz

por todos los rincones del cosmos.

Un día, quizás,

las alas del silencio sean blancas

y se coloquen en la órbita del verbo.

 

 

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