InicioMUNDOSISMO Y TSUNAMI: CRÓNICA DESDE EL RUGIDO DEL PACÍFICO

SISMO Y TSUNAMI: CRÓNICA DESDE EL RUGIDO DEL PACÍFICO

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Crónica desde el rugido del Pacífico:
Un terremoto de 8,8 sacude el Lejano Oriente ruso, y el tsunami sacude la conciencia global
Por Teclalibre Digital

Cuando el mar ruge, no hay nación ni tecnología que lo contenga. Así quedó demostrado este miércoles 30 de julio de 2025, cuando un monstruo sísmico de magnitud 8,8 emergió de las profundidades del Pacífico noroccidental, frente a la costa de Kamchatka, Rusia, encendiendo alarmas de tsunami en medio planeta y dejando imágenes que parecen sacadas de una película apocalíptica… pero sin efectos especiales.

En Severo-Kurilsk, localidad de apenas 2.000 almas en la remota isla de Paramushir, la primera ola entró sin pedir permiso: 200 metros tierra adentro, llevándose consigo lo que encontró a su paso. Luego vinieron tres más, una tras otra, como si el océano quisiera asegurarse de que nadie olvidara quién manda en esta cuenca tectónica.

“Fue como si el mar viniera a reclamar lo que le pertenece”, dijo un habitante a medios rusos, entre lodo, restos de embarcaciones y una mirada que no sabría decir si lo peor ya pasó.

Las olas alcanzaron los 5 metros en algunas zonas. La infraestructura portuaria quedó inutilizable, las plantas procesadoras de pescado colapsaron y las casas costeras terminaron como botes a la deriva. Un video viralizado en redes mostró los edificios del pueblo sumergidos hasta la mitad, como si el Pacífico los hubiera absorbido en silencio.

El sismo, de una potencia comparable a la catástrofe de Tohoku en Japón (2011), se sintió hasta en los sismógrafos de Alaska, y activó una cadena de evacuaciones que abarcó desde Japón hasta Chile, pasando por Hawái, Filipinas, México, Nueva Zelanda y hasta las Islas Galápagos.

En Japón, más de dos millones de personas fueron evacuadas. El recuerdo de Fukushima todavía vive en la memoria colectiva, y esta vez no hubo espacio para improvisaciones. Olas de hasta un metro golpearon las costas norteñas, sin mayores consecuencias, pero con un costo indirecto: una persona perdió la vida durante las evacuaciones.

Como si el terremoto no bastara, el volcán Klyuchevskoy, uno de los más activos de Eurasia, despertó horas después. Una lengua de fuego y ceniza iluminó los cielos de Kamchatka, dando a los científicos un espectáculo digno del Apocalipsis, y a los habitantes, una noche sin sueño.

A pesar de la magnitud brutal del sismo, el balance humano es casi milagroso: no se registraron víctimas fatales directas. Heridos sí, algunos daños materiales serios, pero ni un solo muerto en la zona cero. ¿La clave? Un sistema de alerta temprana que funcionó y una población que supo moverse.

Mientras tanto, en América Latina las alertas mantuvieron a millones en vilo. Chile, Perú, Ecuador y México activaron planes de evacuación en zonas costeras. No hubo olas destructivas, pero la ansiedad viajó a la velocidad de las redes sociales.

El planeta parece haber contenido la respiración por unas horas. El Pacífico, ese cinturón de fuego que conecta culturas y geografías, nos recordó que los desastres naturales no conocen fronteras, ideologías ni zonas horarias.

Y aun así, hay quienes siguen viendo la prevención como un gasto y no como una inversión. Porque mientras en Kamchatka las sirenas sonaron a tiempo, ¿podemos decir lo mismo de nuestras costas caribeñas o sudamericanas?

El agua vino, golpeó, se retiró. Pero dejó una advertencia escrita en arena mojada.

rodriguezsluism9@gmail.com

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