Un volcán tapado con una alfombra
Por Felix A. Jimenez

La paz, cuando llega después de una crisis grave, siempre merece ser recibida con alivio. Nadie sensato puede lamentar que se detengan los ataques, que se reabran rutas comerciales, que bajen los precios del petróleo o que las familias dejen de mirar el cielo con miedo. En ese sentido, cualquier entendimiento entre Estados Unidos e Irán debe ser saludado como una buena noticia.
Pero una buena noticia no siempre es una solución histórica.
La paz entre Estados Unidos e Irán se parece, por ahora, a un volcán tapado con una alfombra. Desde lejos, la sala parece ordenada. Los mercados respiran, los gobiernos sonríen, los diplomáticos hablan de avances y los titulares anuncian que el peligro inmediato se aleja. Sin embargo, debajo de esa superficie aparentemente limpia siguen acumulándose gases antiguos: el programa nuclear iraní, las sanciones, el Estrecho de Hormuz, Israel, las milicias regionales, el petróleo, la desconfianza y medio siglo de heridas políticas.
Un volcán no deja de ser volcán porque alguien cubra el cráter. Lo que no se ve puede ser precisamente lo más importante.
La ciencia de los volcanes nos enseña una lección útil para la política internacional. Antes de una erupción, muchas veces no hay lava visible. Lo que aparece primero son señales menos espectaculares: gases, presión interna, movimientos subterráneos, deformaciones del terreno. El peligro no siempre se anuncia con fuego; a veces empieza con un silencio extraño.
Algo parecido ocurre en el Oriente Medio. Una firma diplomática puede reducir la temperatura, pero no elimina automáticamente las presiones profundas. Que se detenga una guerra no significa que desaparezcan las razones que la hicieron posible. Puede haber tregua sin confianza, acuerdo sin reconciliación y calma sin estabilidad.
El Estrecho de Hormuz es un buen ejemplo. Por allí pasa una parte esencial del petróleo que alimenta al mundo. Cuando esa ruta se amenaza o se bloquea, no solo tiemblan Irán, Estados Unidos o los países del Golfo; tiembla la economía global. Suben los precios, se encarecen los seguros marítimos, se alteran los mercados y millones de personas que nunca han mirado un mapa de la zona terminan pagando las consecuencias en gasolina, transporte, alimentos o inflación.
Por eso la reapertura de Hormuz produce alivio inmediato. Pero también por eso conviene no engañarse: una ruta abierta no equivale a una región pacificada. Puede volver a cerrarse si el conflicto de fondo sigue intacto.
El otro gran núcleo de presión es el programa nuclear iraní. Esa es la lava profunda del sistema. Mientras no haya claridad sobre el uranio enriquecido, las inspecciones, el alcance real del programa y las garantías internacionales, cualquier paz será parcial. El mundo no teme solamente una guerra convencional; teme que una crisis regional termine conectándose con el fantasma nuclear.
La historia reciente ya nos dio una advertencia. En 2015, el acuerdo nuclear con Irán fue presentado como una salida posible. Por un tiempo, pareció que el volcán quedaba bajo observación. Pero la retirada de Estados Unidos en 2018, el regreso de las sanciones y el progresivo deterioro de las inspecciones demostraron que los acuerdos no viven solo en el papel. Viven —o mueren— en la confianza, la continuidad política y la voluntad de cumplirlos.
Esa es una de las grandes tragedias de la diplomacia moderna: firmar puede ser difícil, pero sostener lo firmado suele ser mucho más difícil.
Además, el conflicto con Irán no tiene un solo cráter. Tiene grietas laterales por toda la montaña. Líbano, Siria, Irak, Yemen, Israel, el Golfo Pérsico y distintos grupos armados forman parte de una red de tensiones que no desaparecen porque Washington y Teherán se sienten a negociar. Una paz bilateral puede calmar el centro, pero no necesariamente apaga todos los incendios de la periferia.
En otras palabras: el volcán no explota siempre por arriba. A veces respira por los costados.
También hay una dimensión psicológica. El mundo quiere creer en la alfombra porque necesita descansar. Los mercados quieren estabilidad. Los gobiernos quieren anunciar logros. Las navieras quieren volver a navegar. Los ciudadanos quieren dejar de escuchar la palabra guerra. Todos tienen razones para celebrar la pausa. Y está bien celebrarla.
El problema empieza cuando confundimos pausa con solución.
La historia está llena de paces incompletas. Armisticios que congelan conflictos, acuerdos que dejan los asuntos centrales para después, tratados que compran tiempo pero no transforman la realidad. La Guerra de Corea terminó sin una paz definitiva. Los acuerdos de Oslo despertaron enormes esperanzas, pero dejaron sin resolver cuestiones fundamentales. El propio acuerdo nuclear de 2015 mostró que una estructura diplomática puede parecer sólida y, aun así, depender de piezas muy frágiles.
Por eso debemos mirar la situación con esperanza, pero sin ingenuidad.
Una paz verdadera entre Estados Unidos e Irán tendría que hacer algo más que detener los disparos. Tendría que crear mecanismos verificables, reducir sanciones de manera ordenada, establecer controles nucleares creíbles, ofrecer garantías de seguridad, contener a los actores regionales y permitir que los países del Golfo no vivan eternamente con la mano sobre el interruptor del petróleo mundial.
Eso no se logra con una alfombra. Se logra bajando la presión del volcán.
La metáfora puede parecer exagerada, pero quizá sea precisamente lo contrario: una forma sencilla de decir algo que la política suele esconder detrás de comunicados solemnes. La paz no se mide solo por el silencio de las armas, sino por la presión que queda debajo. No basta con cubrir el cráter. Hay que saber si el fuego sigue subiendo.
Hoy el mundo tiene derecho a respirar. Pero también tiene la obligación de mirar debajo de la alfombra.
Porque si el volcán sigue vivo, tarde o temprano volverá a hablar.


