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El primer amor de mamá, de Paulina Herrera

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Paulina Herrera es una escritora desbordante de ternura en sus «Relatos que habitan en la sombra», expresa su profundo amor y gratitud a Peki, su primera hija, que fue un anhelo lleno de esperanza, un sueño que la sostuvo en los momentos difíciles que tuvo durante el embarazo; al nacer, la madre sintió que valió la pena, su hija fue su milagro y su mayor alegría.

Se dedicó a cuidarla con amor y esmero, disfrutando de sus juegos, aprendizajes y descubrimientos. La crianza fue una experiencia de aprendizaje mutuo, por ser primeriza, se hizo mas fuerte y amorosa, la niña creció en fortaleza y amor.

La niña fue prodigiosa, aprendiendo con facilidad y llenando su vida de orgullo.  A medida que la hija creció, enfrentaron juntas los altibajos de la adolescencia, fortaleciendo su vínculo. La madre la acompañó en sus logros y dificultades, sintiendo que la vida adquirió un nuevo significado a través de ella. Reconoce que cada hijo es único, pero ella ve en su primera hija el despertar de su maternidad y su propósito de vida.

A pesar de las distancias y heridas del pasado, la madre afirma que su amor por su hija sigue intacto, siendo ella su primer poema, su milagro y su vida entera. Concluye que el amor de madre, que encontró en su hija, es infinito y siempre la sostiene, dejando claro que en su corazón, su hija siempre será la primera y la más importante.

Relatos que habitan en la sombra

Adjunto el relato «El primer amor de mamá», de Paulina Herrera

Peki…Naciste de un anhelo tejido con hilos de esperanza. Antes de que llegaras, ya vivías en mis sueños: eras la
esperanza que me sostenía en los momentos más difíciles, la promesa que me repetía a mí misma cuando la vida parecía
cuesta arriba. Esperarte fue caminar con fe ciega, atravesar dolores y miedos con la certeza de que, al final, mi recompensa sería mirarte.

El embarazo no fue fácil. Hubo noches en que pensé que no resistiría, que la vida se me escaparía entre los dedos. Pero me aferré a ti, a esa pequeña chispa que aún no veía pero ya amaba con todo mi ser. Y cuando naciste, supe que todo el
sufrimiento había valido la pena. Eras mi milagro, mi luz primera, la razón de cada uno de mis pasos.

Me dediqué a ti como quien custodia un tesoro frágil. Me convertí en tu refugio, en tu guardiana, en tu maestra de los
primeros gestos. Jugábamos mucho: recuerdo cómo tus risas llenaban los rincones de la casa, cómo inventábamos juegos
que solo nosotras entendíamos, cómo me sorprendías con tu curiosidad infinita.

Te enseñaba cosas pequeñas —colores, canciones, historias inventadas— y tú las absorbías con una facilidad que me asombraba.

Fuiste una niña prodigiosa. Aprendías sin esfuerzo, como si el conocimiento se hubiera escondido dentro de ti desde
siempre y solo necesitara despertar. Muy temprano supiste leer, retener nombres de capitales, entender el mundo con una
agudeza que me dejaba sin palabras. Me sentía tan orgullosa, tan privilegiada de ser la madre de una niña tan brillante y
especial.

Tu infancia fue también mi escuela. Yo, madre primeriza, aprendía contigo a ser madre. Entre dudas, errores y miedos,
me descubrí fuerte porque tenía que serlo por ti. Y aunque trabajaba y el tiempo parecía escaso, siempre buscaba la
manera de jugar contigo, de compartir momentos intensos, pequeños rituales de amor que aún guardo en mi memoria como joyas.

Cuando creciste y entraste en la adolescencia, no fue fácil. Tu carácter se afirmaba y el mío también, éramos distintas, y a
veces chocábamos como dos mares que no saben cómo unirse. Pero incluso en esos desencuentros yo te reconocía como mi reflejo: tú eras la voz que me obligaba a mirarme y a entender que los hijos no vienen a ser copias de sus madres, sino
universos independientes.

Estuve contigo en tus victorias y en tus caídas. Te vi atravesar momentos duros en el colegio, en la universidad, y siempre
admiré tu capacidad de levantarte. Te graduaste, te hiciste profesional, te convertiste en mujer y madre, y con cada paso
reafirmabas que tu vida era un triunfo que también era mío.

Cada hijo es distinto, lo sé, y cada uno ocupa un lugar único en el corazón de su madre. Pero tú, al ser la primera, fuiste
también el despertar de mi maternidad, la confirmación de que la vida me había dado un motivo para permanecer de pie.

Te cuidé con sigilo, con ternura, con la vigilancia constante de quien no quiere que nada dañe lo más preciado. Te enseñé con paciencia, con disciplina, con amor inagotable, y esas lecciones hoy siguen latiendo en ti, aunque a veces nos separe la distancia o el silencio.

Sé que guardas dolores, sé que hay recuerdos que pesan entre nosotras, pero nada de eso borra lo esencial: tú eres y
serás siempre el amor permanente de mi vida. La hija que me dio identidad, la que me transformó en madre, la que me
enseñó a mirar la existencia con otros ojos.

Te pienso, te recuerdo, te llevo conmigo en cada instante. Eres mi primer poema, mi primer milagro, mi estrella encendida, mi hija, mi vida entera.

Y aunque algún día la historia de nosotras quede escrita en la última página de este libro, recuerda, amor mío, que en mi
corazón siempre estarás en la primera línea, en el primer latido.

Porque el amor de una madre, ese que descubrí en ti, mi primera hija, es el que tiene la ternura infinita y perdura por
siempre.

Es el amor que me sostiene la vida entera.

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