El Batallón Invisible de los «Me Gusta» Comprados
Dicen por ahí que el amor no se compra, pero en la política latinoamericana, las tendencias de Twitter y los aplausos virtuales sí tienen precio de oferta. Mientras el ciudadano de a pie se sofoca en el tráfico esperando que baje el combustible, a puerta cerrada se cocina la otra campaña: la de los bots, las trolleras y las granjas informáticas que le fabrican popularidad hasta al funcionario más aburrido.
Para entender este fenómeno no hay que ser ingeniero de la NASA. Una granja de bots moderna no es más que un galpón o un apartamento bien acondicionado con hileras de celulares chinos de bajo costo, routers escupiendo direcciones IP falsas y, claro está, un algoritmo de inteligencia artificial alimentado para sonar «pueblerino» cuando convenga.
Una granja de bots es un conjunto de celulares o de cuentas falsas que un solo programa maneja al mismo tiempo: publican, comentan y dan “me gusta” en redes sociales como si fueran miles de personas distintas, para hacer pasar por popular algo que no lo es.
Ya no estamos en la era del bot primitivo con foto de huevo y nombre @Juan12345678. Los de ahora hasta «opinan» de béisbol antes de soltar el veneno contra el opositor de turno.
En Bolivia saltó la liebre cuando las autoridades metieron la lupa al laboratorio de consultoría digital ligado al estratega Fernando Cerimedo. Lo que encontraron no fue propaganda romántica, sino infraestructura dura: modems en serie, simuladores de tráfico y software capaz de lanzar un ataque orquestado a las 3:00 AM para que el ministro de turno despierte siendo «Tendencia Nacional». La lección que dejó el caso boliviano es clara: la manipulación digital ya no se improvisa en el patio de la casa; se importa como franquicia, con consultores extranjeros que cobran en dólares para enseñarle a los locales cómo envenenar la conversación.
El «Sancocho Digital» en República Dominicana
En la tierra del merengue y el mofongo, la cosa tiene su propio sazón. En Quisqueya no se andan con mucha sutileza técnica; el negocio de las redes opera en tres frentes bien marcados.
Se publica una noticia incómoda en Instagram o YouTube sobre un proyecto de ley o un patinazo ministerial, e inmediatamente salta una jauría de cuentas recién creadas a comentar la misma frase: «Excelente gestión», «Avanzamos», «Gente que resta». Todo coordinado por «community managers» trasnochados desde un call center informal.
Si un periodista se pone respondón en X (Twitter), la consigna es fácil: denunciar masivamente la cuenta por «contenido de odio» para que la plataforma se la tumbe por 48 horas. Tiempo suficiente para que se enfríe el escándalo.
El verdadero peligro viaja por las cadenas de notas de voz. Memes bien picantes, encuestas amañadas donde el candidato del consultor siempre gana con el 82%, y audios con voz distorsionada que arrancan con el clásico «Me acaba de llegar esto de buena fuente…».
Al final del día, lo que las granjas de bots buscan no es convencer al inteligente, sino abrumar al desprevenido. Y mientras la política se gasta el presupuesto en seguidores de mentira, en TeclaLibre nos queda la tarea de seguir recordando que un «like» no vota, no paga impuestos y, definitivamente, tampoco piensa.

Para no ser marioneta de un algoritmo ni validar aplausos de mentira, la mejor defensa es la malicia periodística:
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Mida la fiebre, no el ruido: Si un tema se vuelve tendencia en minutos pero solo lo comentan cuentas sin foto, con nombres aleatorios o creadas este mismo mes, no hay debate real: hay un «call center» operando.
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Desconfíe de la unanimidad: En la política real nadie gana con el 99% de apoyo. Si los primeros 50 comentarios de una noticia dicen exactamente lo mismo con las mismas palabras, está frente a un ataque de enjambre.
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Rompa la cadena: No reenvíe audios anónimos de WhatsApp ni capturas de pantalla sin fuente verificada. La desinformación solo funciona si el usuario real le presta sus manos para propagarla.


