Venezuela: Crónica de una hipoteca del subsuelo
Hay algo casi cómico —si no fuera trágico— en la velocidad con la que la alta política internacional aprende a reciclar un país. Hace apenas ocho meses, el aparato militar estadounidense entraba como un vendaval para llevarse a Nicolás Maduro. Hoy, las aguas se han calmado tanto que la mesa de los negocios vuelve a estar servida, con mantel largo y sin molestos estorbos electorales.
El anuncio de la semana pasada fue de los que hacen época: Donald Trump se adjudicó con tono triunfal el control de 65.000 millones de barriles de crudo, un goloso 20% de las reservas venezolanas repartidas en 17 campos. En Caracas, firmando codo a codo con petroleras como Chevron y Eni, estaba Delcy Rodríguez, luciendo una flamante chapa de «gobierno interino». Y para redondear la faena, ambas partes llegaron a una entrañable y repentina coincidencia: Venezuela, dijeron casi al unísono, no está lista para votar. La democracia puede esperar; el barril, jamás.
Desde su exilio en Panamá, con la medalla del Nobel de la Paz todavía tibia en el equipaje tras su salida clandestina en diciembre, María Corina Machado se vio obligada a encender la cámara para soltar una obviedad incómoda. En un video lanzado a las redes, advirtió que el país necesita «mucho más que dinero» y recordó que las riquezas del suelo pertenecen al pueblo, no a un «régimen ilegítimo». Hubo en su discurso un dardo sutil para la Casa Blanca y una caricia de empatía para la gente de a pie, reconociendo ese malestar tan rancio y repetido en la historia regional: la amarga sensación de que otros decidan sobre la casa propia, a puerta cerrada y sin pedir permiso.
El cuadro no deja de ser fascinante por su descaro. La líder que apadrinó la victoria de Edmundo González en las presidenciales de 2024, la que llenaba calles y encendía pasiones, hoy no solo no cabe en el diálogo de transición iniciado en agosto en Caracas, sino que en Washington su eventual regreso es visto como un molesto imprevisto en la hoja de cálculo. En el nuevo diseño geopolítico, la legitimidad democrática resulta una variable bastante más ruidosa que la firma de una concesión a treinta años.
Venezuela reposa sobre un mar de 300.000 millones de barriles, paralizada por décadas de saqueo, desidia y sanciones. La paradoja actual es que, para sacarla de las sombras, la medicina prometida se parece bastante al viejo remedio de siempre: pragmatismo puro, chequera en mano y la promesa de que, algún día, la libertad también tendrá su turno en la mesa de negociaciones.


