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EL MILAGRO ECONÓMICO QUE NO CABE EN EL CARRITO DEL SUPERMERCADO

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Editorial: El milagro económico que no cabe en el carrito del supermercado

Por: La redacción de TeclaLibre 

Una vez más, los magos de las finanzas oficiales nos intentan vender el ilusionismo del sombrero de copa. Desde el Gobierno se pregona, con el aire acondicionado a agradables 18 grados, un crecimiento económico del 4.5 % entre enero y julio. Sobre el papel, todo avanza: los rascacielos suben, los turistas saturan los resorts y los bancos engordan sus balances. Pero desde esta redacción invitamos a esos técnicos a bajar al supermercado local, y tratar de explicarle al ciudadano que suda la gota gorda por qué, con los mismos pesitos de siempre, su carrito va cada vez más vacío.

El papel timbrado de los informes oficiales lo aguanta todo, pero la nevera, amables lectores, sigue siendo el verdadero polígrafo de esta media isla.

Luego viene el malabarismo verbal de la inflación. Nos informan, con rostro de salvadores en horario estelar, que en agosto bajó al 5.13 %. ¡Cuidado con el mareo estadístico! Que la inflación baje no significa que la libra de pollo, el arroz o las medicinas hicieron rebajas. Significa, simple y llanamente, que el cantazo al bolsillo ahora viene en cámara lenta.

Si un producto pasó de 100 a 150 pesos, y luego trepa a 160, los tecnócratas descorchan champaña celebrando el «freno», pero a usted le sacaron 60 pesos más sin anestesia. Es la macabra picardía de un sistema donde los precios suben por el ascensor privado y los salarios piden bola por las escaleras de emergencia.

Y ni hablemos del espejismo del crédito. Con una tasa activa bancaria merodeando el 14.08 %, buscar un préstamo para tapar un hoyo, pagar la educación o arreglar el vehículo es casi empeñar el alma. El dominicano promedio no vive, sobrevive pedaleando en una bicicleta financiera que no permite frenar.

Sumemos a esto el drama inmobiliario: con un 46 % de los hogares urbanos viviendo alquilados, el día primero de cada mes el ciudadano ya está ahogado antes de colar el primer café. Nos hablan de una pobreza monetaria que bajó ligeramente, pero la desigualdad nos sigue guiñando el ojo. Es como si en una mesa de diez comensales, dos se comen el puerco asado entero y a los otros ocho les toca repartirse el cuerito; el promedio oficial dirá que todos cenaron de banquete, pero el hambre cuenta otra historia.

¿Y quién aguanta realmente la estantería para que este espectáculo de «crecimiento» no se desplome? El dominicano ausente. Esos US$7,316.4 millones en remesas inyectados entre enero y julio son el suero que mantiene viva la ilusión. Si mañana le cerramos la llave a la diáspora, a la media hora este milagro caribeño es un apagón total. Las remesas son nuestra mayor fortaleza, sí, pero también son la confesión más cruda de que la economía interna no basta para sostener a su gente.

Por eso, mientras el Gobierno y sus cifras habitan en un país de maravillas macroeconómicas, el ciudadano de a pie sigue cruzando los dedos para llegar al día 25 sin tener que raspar la tarjeta de crédito. En TeclaLibre nos hacemos la única pregunta que de verdad importa: ¿Para cuándo será el día en que las estadísticas del Banco Central se puedan servir fritas con tostones?

El verdadero éxito económico no se anunciará en un boletín de prensa; se sentirá el día en que la mesa de la familia dominicana y la gráfica del PIB por fin hablen el mismo idioma.

Una vez más, los magos de las finanzas oficiales nos intentan vender el ilusionismo del sombrero de copa. Desde el Gobierno se pregona, con el aire acondicionado a agradables 18 grados, un crecimiento económico del 4.5 % entre enero y julio. Sobre el papel, todo avanza: los rascacielos suben, los turistas saturan los resorts y los bancos engordan sus balances. Pero desde esta redacción invitamos a esos técnicos a bajar al supermercado local, y tratar de explicarle al ciudadano que suda la gota gorda por qué, con los mismos tres mil pesitos de siempre, su carrito va cada vez más vacío.

El papel timbrado de los informes oficiales lo aguanta todo, pero la nevera, amables lectores, sigue siendo el verdadero polígrafo de esta media isla.

Luego viene el malabarismo verbal de la inflación. Nos informan, con rostro de salvadores en horario estelar, que en agosto bajó al 5.13 %. ¡Cuidado con el mareo estadístico! Que la inflación baje no significa que la libra de pollo, el arroz o las medicinas hicieron rebajas. Significa, simple y llanamente, que el cantazo al bolsillo ahora viene en cámara lenta.

Si un producto pasó de 100 a 150 pesos, y luego trepa a 160, los tecnócratas descorchan champaña celebrando el «freno», pero a usted le sacaron 60 pesos más sin anestesia. Es la macabra picardía de un sistema donde los precios suben por el ascensor privado y los salarios piden bola por las escaleras de emergencia.

Y ni hablemos del espejismo del crédito. Con una tasa activa bancaria merodeando el 14.08 %, buscar un préstamo para tapar un hoyo, pagar la educación o arreglar el vehículo es casi empeñar el alma. El dominicano promedio no vive, sobrevive pedaleando en una bicicleta financiera que no permite frenar.

Sumemos a esto el drama inmobiliario: con un 46 % de los hogares urbanos viviendo alquilados, el día primero de cada mes el ciudadano ya está ahogado antes de colar el primer café. Nos hablan de una pobreza monetaria que bajó ligeramente, pero la desigualdad nos sigue guiñando el ojo. Es como si en una mesa de diez comensales, dos se comen el puerco asado entero y a los otros ocho les toca repartirse el cuerito; el promedio oficial dirá que todos cenaron de banquete, pero el hambre cuenta otra historia.

¿Y quién aguanta realmente la estantería para que este espectáculo de «crecimiento» no se desplome? El dominicano ausente. Esos US$7,316.4 millones en remesas inyectados entre enero y julio son el suero que mantiene viva la ilusión. Si mañana le cerramos la llave a la diáspora, a la media hora este milagro caribeño es un apagón total. Las remesas son nuestra mayor fortaleza, sí, pero también son la confesión más cruda de que la economía interna no basta para sostener a su gente.

Por eso, mientras el Gobierno y sus cifras habitan en un país de maravillas macroeconómicas, el ciudadano de a pie sigue cruzando los dedos para llegar al día 25 sin tener que raspar la tarjeta de crédito. En TeclaLibre nos hacemos la única pregunta que de verdad importa: ¿Para cuándo será el día en que las estadísticas del Banco Central se puedan servir fritas con tostones?

El verdadero éxito económico no se anunciará en un boletín de prensa; se sentirá el día en que la mesa de la familia dominicana y la gráfica del PIB por fin hablen el mismo idioma.

rodriguezsluism9@gmail.com  https://teclalibremultimedios.com/category/portada/

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