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WASHINGTON PASA FACTURA EN EL SUR

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El «Escudo» de Rubio y el retorno del Águila: Washington pasa factura en el sur

Por Luis Rodríguez Salcedo

El avión del Departamento de Estado no aterrizó en Sudamérica para hacer turismo de buenas intenciones. Cuando Marco Rubio empacó sus maletas con destino a Barranquilla, Quito y Lima, llevaba en el portafolio algo más pesado que la diplomacia habitual: llevaba un rediseño de la arquitectura de poder en el hemisferio.

El zar de la política exterior estadounidense ha venido a marcar la cancha. Y lo ha hecho resucitando un concepto que suena a Guerra Fría pero que tiene urgencias de siglo XXI: el «Escudo de las Américas».

La gira, vista de cerca, es una radiografía perfecta de la nueva entente de derechas en la región. El itinerario no fue casualidad. En el calor húmedo de Barranquilla, Rubio escenificó el abrazo con Abelardo de la Espriella. Colombia ya no es solo el aliado histórico; en la narrativa de Washington, hoy es el «modelo de exhibición» de la mano dura contra la inmigración y el crimen. De ahí, el salto a la altura de Quito con Daniel Noboa fue casi un trámite orgánico: un Ecuador asfixiado por las mafias transnacionales no tiene más remedio que cobijarse bajo el paraguas de seguridad que ofrece el Norte.

Pero el plato fuerte, el verdadero movimiento de ajedrez, estaba reservado para el final: Lima.

Para entender el calado de la visita a Perú, no hay que mirar las fotos oficiales con la presidenta Keiko Fujimori, sino leer entre líneas. Rubio eligió el decano de la prensa peruana, El Comercio, para clavar la bandera. Bajo el título «Estados Unidos Cumple», la columna del Secretario de Estado no fue un mero artículo de opinión; fue un contrato de adhesión.

Rubio oficializó lo que en los pasillos de Torre Tagle ya era un secreto a voces: el ingreso triunfal de Perú a la coalición del «Escudo de las Américas». Una membresía que no es de cortesía. Washington eleva a Perú a la categoría de socio estratégico en su cruzada contra el crimen organizado transnacional. Pero, como todo en geopolítica, el escudo tiene dos caras.

Mientras Rubio hablaba de seguridad ciudadana y de una «era dorada» en las relaciones bilaterales, el subtexto apuntaba directamente a Pekín. Cuando en su texto en El Comercio advierte sobre inversiones extranjeras que «pasan por alto los marcos legales» y que «amenazan la soberanía» frente al capital privado estadounidense (respaldado por la DFC), Rubio no está hablando de cárteles de la droga. Está hablando del Partido Comunista Chino. Está hablando, sin mencionarlo, de la voracidad china en los puertos y minas de Sudamérica.

Las reacciones en la región no se han hecho esperar. En las redes, las trincheras están cavadas. Para los analistas de seguridad de la órbita conservadora, el «Escudo» es el salvavidas necesario ante estados sudamericanos al borde de la narco-hegemonía. En los podcasts de geopolítica, sin embargo, la lectura es más fría: Washington ha vuelto a aplicar la Doctrina Monroe, esta vez financiada no con intervenciones militares directas, sino con pactos de seguridad y promesas de inversión para frenar el avance del dragón asiático.

Estados Unidos, dice Rubio, «cumple». La pregunta que queda flotando en el aire denso del Pacífico sur es: ¿cuál será el precio de la cuota de mantenimiento de ese Escudo?

-Redacción de TeclaLibre-               rodriguezsluism9@gmail.com    https://teclalibremultimedios.com/category/portada/

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