Carlos Márquez Cabrera /
Se cumplieron 62 años del golpe de Estado que derrocó al gobierno de Juan Bosch, aquel fatídico 25 de septiembre de 1963 que truncó el primer experimento democrático dominicano tras tres décadas de dictadura trujillista.
Recordarlo no es un ejercicio nostálgico, sino una advertencia sobre cómo la geopolítica de la Guerra Fría aplastó las esperanzas de una sociedad que apenas comenzaba a recuperar su dignidad.
Bosch asumió la presidencia en febrero de 1963, tras ganar las elecciones con amplio respaldo popular.
Su gobierno impulsó una nueva Constitución que consagraba libertades públicas, derechos sociales y una reforma agraria que incomodaba a los sectores oligárquicos.
Sin embargo, en el contexto de la Guerra Fría, Washington veía con recelo cualquier gobierno que no se alineara incondicionalmente con la contención anticomunista.
La CIA reportaba que la administración de Bosch «no estaba lidiando con sus problemas» y «permitía la infiltración comunista».
La percepción de que Bosch era tolerante con la izquierda, sumada al «síndrome de una segunda Cuba», creó el espacio perfecto para que los militares, herederos de la estructura trujillista, ejecutaran el golpe.
La conmemoración de este año, con el 62 aniversario, coincide con un momento de incertidumbre global que recuerda peligrosamente a aquella época.
El presidente de la Fuerza Boschista, Luis de León, advirtió durante un acto conmemorativo que «la crisis de Haití y la presencia de tropas norteamericanas en aguas del Caribe son una amenaza para la democracia dominicana».
No es una exageración. En 1963, la excusa fue el anticomunismo. Hoy, el pretexto podría ser la seguridad regional o la crisis haitiana.
Pero el patrón se repite: cuando los intereses estratégicos de las potencias chocan con la soberanía de los pueblos pequeños, la democracia se convierte en moneda de cambio.
Apenas 58 días después del golpe, el 22 de noviembre de 1963, John F. Kennedy era asesinado en Dallas. La coincidencia no es causal, pero sí reveladora.
La Alianza para el Progreso, que había prometido reformas democráticas para evitar nuevas revoluciones, quedó huérfana.
La administración de Lyndon B. Johnson reconoció a la junta militar dominicana en diciembre de ese mismo año, sellando el giro pragmático hacia la Doctrina de Seguridad Nacional. Lo que siguió fue una guerra civil en 1965, con 42,000 marines estadounidenses ocupando el país, y un saldo de miles de muertos.
Los historiadores consideran que aquel golpe continúa siendo una advertencia sobre la importancia de preservar el orden constitucional y la voluntad popular.
Pero también es una advertencia geopolítica: las democracias frágiles del Caribe siguen siendo vulnerables cuando las potencias globales priorizan su seguridad estratégica sobre los derechos de los pueblos.
Bosch lo escribió desde el exilio: «Los hombres pueden caer, pero los principios no». Seis décadas después, sus principios siguen esperando que alguien los defienda.