POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
EN EL MUNDO PRÁCTICO Y TECNOLÓGICO QUE SE AVECINA, ¿QUÉ PASARÁ CON EL FUTURO DE MUCHAS PERSONAS?
Por Ramón Emilio Espínola

Ensayo satírico sobre la vanidad literaria, tanto nacional como internacional, la transformación del conocimiento y el futuro de las profesiones en una sociedad sometida a cambios estructurales.
A mis buenos amigos, los poetas, filósofos, novelistas, dramaturgos, teatristas, escritores de ficción y artistas en general: les dedico estas reflexiones con el cariño de un espíritu necio, pero preocupado por el destino del arte tal como lo hemos conocido. No se me alarmen antes de terminar de leer. Todavía no he declarado la muerte de la poesía; simplemente quisiera saber quién estará dispuesto a pagar por ella cuando las prioridades del mundo sean otras.
PRÓLOGO: EL MUNDO CAMBIA, AUNQUE ALGUNOS NO SE HAYAN ENTERADO
El domingo pasado vi un programa de televisión en un canal español donde entrevistaban a un profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Durante la conversación se abordó un asunto que merece nuestra atención: las dificultades que enfrentan determinadas carreras humanísticas en las universidades europeas, particularmente debido a la disminución del interés de los estudiantes y a las transformaciones del mercado laboral.
El profesor explicaba cómo algunas instituciones están revisando o reorganizando sus facultades y programas de filosofía y letras ante la falta de candidatos interesados en esas disciplinas.
La explicación, aunque preocupante, tiene una lógica que parece escapárseles a muchos intelectuales de salón: cuando un joven se enfrenta a la decisión de qué estudiar para ganarse la vida, difícilmente encontrará entre las ofertas laborales de una agencia de empleos un anuncio que diga:
«Se necesita poeta, preferiblemente con experiencia en metáforas, dominio de la rima consonante y capacidad para escribirle versos a una suegra».
Tampoco abundan los anuncios solicitando filósofos especializados en contemplar el horizonte, novelistas profesionales para conversar con personajes imaginarios o dramaturgos capaces de representar la tragedia económica de una familia que no tiene dinero para pagar la electricidad.
Naturalmente, estoy exagerando. Pero no tanto como para que algunos no reconozcan la realidad.
El mundo está cambiando a una velocidad extraordinaria y quienes se aferran a los modelos profesionales del pasado tendrán que comprender que las oportunidades del futuro no necesariamente estarán donde estuvieron las de sus padres y abuelos.
Y aquí comienza nuestro problema.
LA POESÍA, EL ROMANTICISMO Y UN MUNDO QUE YA NO TIENE TIEMPO
Hubo una época en que un caballero podía conquistar el corazón de una dama regalándole un ramo de rosas y escribiéndole un poema amoroso. Aquello podía considerarse una demostración de sensibilidad, educación y romanticismo.
Hoy, sin embargo, uno puede correr el riesgo de recibir el mayor insulto de su vida si se presenta con semejante obsequio.
Alguien me comentó que, en estos tiempos, semejante regalo posiblemente solo agradaría a una mujer de otra generación.
¡Dios mío! ¡Cuánto ha cambiado este mundo, traidor, pero querido!
No sé si debemos lamentarlo o simplemente aceptar que las generaciones han cambiado sus preferencias, sus formas de comunicarse y hasta sus maneras de expresar el amor.
Ahora tenemos mensajes instantáneos, relaciones virtuales, fotografías retocadas, inteligencia artificial que escribe declaraciones amorosas y aplicaciones capaces de encontrar pareja mientras uno permanece sentado en su habitación.
El pobre poeta romántico, que antes necesitaba una semana para preparar una composición, hoy compite con una máquina que puede producir cien poemas en pocos segundos.
Y lo más preocupante es que algunos de esos poemas podrían resultar mejores que los escritos por ciertos enamorados profesionales de nuestras tertulias.
¡Qué tragedia para la industria nacional de los suspiros!
EL MISTERIOSO FENÓMENO DEL POETA AUTOPROCLAMADO
Hay misterios insondables en la vida, pero pocos tan impenetrables como el fenómeno del poeta dominicano autoproclamado.
Me alegraría —de veras— si alguien tuviera a bien educar mi ignorancia y explicarme por qué tantos compatriotas se declaran poetas con la misma facilidad con que otros declaran amor eterno o intolerancia al gluten.
No sé si es el calor del trópico que le achicharra los sesos, o la falta de editores, una epidemia de sentimientos profundos transmitida por las redes sociales o alguna misteriosa alteración del sistema nervioso nacional. Lo cierto es que, en cada esquina, en cada bar y hasta en los ascensores del Ministerio de Cultura, uno tropieza con un poeta. Y no un simple poeta, sino uno laureado, con su coro de corifeos voceando que el es el mejor. Vaya vaina.
No poetas de verdad, necesariamente, sino ciertos émulos del verso que confunden la inspiración con el insomnio y la metáfora con la confusión sintáctica.
Sus textos, en ocasiones, carecen de sentido, técnica, estructura o profundidad.
Son como esos platos que parecen exóticos hasta que uno los prueba y descubre que el ingrediente principal es aire. Son fofos.
Su sensibilidad —permítaseme la comparación— parece la de un individuo que entra por equivocación en un baño público sin papel: desconcertado, incómodo y buscando desesperadamente la salida.
Y, sin embargo, ahí están, firmes, convencidos de ser los herederos directos de Vallejo, Neruda, Borges y García Lorca, aunque su mayor hazaña tipográfica haya sido imprimir una plaqueta con errores ortográficos en ambas portadas.
¡Qué extraordinaria capacidad de autoconvencimiento!
Lo fascinante es que no están solos.
No, señor.
El poeta dominicano se organiza en grupos, como las bacterias, los mosquitos en las noches tropicales o los aplausos en un acto oficial.
Se reúnen en pequeños círculos literarios donde se leen entre ellos, se felicitan mutuamente y se distribuyen reconocimientos que, por lo visto, tienen más valor sentimental que literario.
Aplauden tanto que uno termina sospechando que el verdadero poema está en el sonido de sus propias palmas.
Mientras más cerrada es la reunión, más grande parece el ego colectivo: un espejo dentro de otro espejo, donde todos se contemplan y ninguno alcanza a verse.
Asisten con solemnidad de cónclave. Se sientan, declaman, asienten y ríen con gravedad.
Uno recita un poema sobre el mar, sin haber conocido jamás otra cosa que el Malecón; otro habla del sufrimiento del alma y termina describiendo, sin saberlo, una indigestión.
Y así transcurren sus tertulias, entre versos huecos, adulaciones recíprocas y la sensación mística de haber producido una obra inmortal, aunque el producto literario en cuestión no sirva ni para envolver un aguacate.
LOS ACCESORIOS DE LA INMORTALIDAD LITERARIA
Por supuesto, la figura del poeta contemporáneo exige ciertos accesorios.
La indumentaria es fundamental: bufanda en un clima de treinta grados, lentes gruesos aunque no lea, y una expresión permanente de sufrimiento estético que sugiera que la vida no lo comprende, pero que él sí comprende el universo.
Lleva un cuaderno lleno de tachaduras, prueba irrefutable de su autenticidad artística, y cita a Borges, aunque posiblemente no haya pasado de las primeras páginas de El Aleph.
Algunos incluso adoptan acentos neutros para recitar sus composiciones: esa pose cosmopolita del provinciano que intenta escapar de su acento sin conseguir escapar de sus limitaciones intelectuales.
Pero hay algo todavía más extraordinario: la capacidad de concederse a sí mismos la categoría de grandes escritores.
Para ello no necesitan lectores, críticas especializadas ni reconocimiento público. Les basta con reunir a cinco amigos, organizar una presentación, tomarse fotografías y publicar en Facebook que ha nacido una nueva figura de las letras nacionales.
¡Qué fácil resulta alcanzar la inmortalidad cuando uno mismo se encarga de escribir la historia de su propio monumento!
LA INDUSTRIA DEL ELOGIO Y LOS PREMIOS ENTRE AMIGOS
El fenómeno no es exclusivamente dominicano. En distintas partes del mundo encontramos círculos culturales donde la promoción personal parece tener más importancia que la obra.
La poesía, en determinados ambientes, se ha convertido en un concurso de popularidad sin lectores: una procesión de egos que desfilan por las redes sociales con versos que harían llorar a un corrector ortográfico.
Y lo verdaderamente trágico, que también resulta cómico, es que algunos no escriben para comunicar una idea, transmitir una emoción o producir belleza, sino para obtener el título de poetas.
No buscan lectores: buscan admiradores.
No buscan crítica: buscan aprobación.
No buscan superarse: buscan que los demás les confirmen que ya son extraordinarios.
Y cuando no encuentran público, se inventan uno.
Se organizan presentaciones, se publican mutuamente, se entregan diplomas y hasta aparecen premios con denominaciones rimbombantes, como el «Premio Internacional de Poesía Antillana al Mérito Imaginario» o la «Medalla del Verso Comprometido con la Esperanza y el Café». Bravo…….
¡Qué generosidad la de ciertos círculos literarios! ¡Todos son extraordinarios y ninguno tiene que demostrarlo!
Pero dejemos a un lado, por un momento, esta pequeña industria de la vanidad.
Hay un asunto mucho más importante que debemos examinar.
LA REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA: EL NUEVO JUEZ DE LAS PROFESIONES
Mientras algunos continúan ocupados en sus ceremonias de reconocimiento personal, el mundo está experimentando una transformación que puede modificar radicalmente la organización del trabajo y la economía.
La inteligencia artificial, la robótica, la automatización, la biotecnología, la ingeniería genética, la computación avanzada y los nuevos sistemas de comunicación están modificando las capacidades de producción de las sociedades.
Ya existen sistemas capaces de redactar documentos, traducir idiomas, analizar grandes cantidades de información, diseñar imágenes, producir música, elaborar programas informáticos y asistir en investigaciones científicas.
Los robots comienzan a incorporarse a fábricas, hospitales, almacenes y servicios.
La medicina avanza hacia procedimientos cada vez más precisos.
La agricultura incorpora sensores, automatización y análisis de datos.
La educación empieza a disponer de herramientas capaces de adaptar los procesos de aprendizaje a las necesidades de cada estudiante.
Y esto apenas comienza.
Lo que hoy consideramos extraordinario podría convertirse mañana en una herramienta cotidiana.
Dentro de los próximos años, muchas actividades que actualmente requieren numerosos trabajadores podrán realizarse con menos personal y con sistemas automatizados.
Muchas profesiones desaparecerán, otras se transformarán y surgirán ocupaciones que todavía ni siquiera tienen nombre.
No significa que todos los seres humanos sean sustituidos por máquinas.
Significa que quienes aprendan a trabajar con las nuevas tecnologías tendrán ventajas importantes frente a quienes decidan ignorarlas.
Aquí es donde comienza la verdadera preocupación.
¿Qué sucederá con las personas que han dedicado su vida a estudiar profesiones cuya demanda disminuya considerablemente?
¿Qué ocurrirá con los jóvenes que inviertan cuatro, cinco o seis años en una carrera sin examinar las posibilidades reales de empleo?
¿De qué vivirán quienes confundan un título universitario con una garantía de prosperidad económica?
Porque debemos decirlo claramente: el diploma puede adornar una pared, pero no necesariamente garantiza un puesto de trabajo.
Y sería conveniente que nuestras universidades comprendieran que el mundo no está obligado a mantener sus programas académicos simplemente porque algunas instituciones llevan cien años enseñándolos.
La tradición merece respeto, pero no puede convertirse en una excusa para la inmovilidad.
¿Y QUÉ PASARÁ CON LOS POETAS, LOS FILÓSOFOS Y LOS ARTISTAS?
Aquí viene la parte que probablemente no agradará a algunos de mis buenos amigos.
¿Desaparecerá la poesía? No lo creo.
¿Dejarán de escribirse novelas? Tampoco.
¿Morirá la filosofía? Mucho menos.
El ser humano seguirá necesitando imaginar, expresar sentimientos, interpretar su existencia, cuestionar el poder y encontrar explicaciones para sus alegrías y sufrimientos.
Pero las formas de producir y distribuir las obras artísticas cambiarán profundamente.
La inteligencia artificial ya puede escribir poemas, cuentos, canciones, guiones y novelas. Puede imitar estilos, combinar géneros y producir ilustraciones en cuestión de segundos.
Esto obliga a los artistas a replantearse su trabajo.
El escritor del futuro tendrá que ofrecer algo más que la simple capacidad de juntar palabras. Necesitará desarrollar una voz propia, una visión original, una sensibilidad humana y una profundidad intelectual que le permitan distinguirse en medio de una producción de contenidos cada vez más abundante.
El poeta que solamente escribe versos sentimentales tendrá que competir con millones de composiciones que una máquina puede producir instantáneamente.
El novelista que no investigue, no estudie la sociedad y no desarrolle personajes convincentes tendrá dificultades para distinguirse.
El filósofo que se limite a repetir pensamientos ajenos tendrá que enfrentarse a sistemas capaces de consultar, comparar y resumir siglos de conocimiento en pocos segundos.
Y el artista que se niegue a aprender las nuevas herramientas posiblemente terminará contemplando cómo otros ocupan los espacios que él considera exclusivamente suyos.
Sin embargo, debemos tener cuidado con una confusión: producir palabras no equivale necesariamente a comprender la experiencia humana; generar una melodía no significa haber vivido una emoción; y elaborar una imagen no es lo mismo que haber experimentado aquello que representa.
La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria, pero la responsabilidad de utilizarla con criterio, sensibilidad y sentido ético seguirá siendo una cuestión humana.
Por eso no estoy anunciando la desaparición de los artistas. Estoy anunciando el final de ciertas comodidades intelectuales.
Estoy anunciando el final del ego artístico.
LA EDUCACIÓN: EL GRAN DESAFÍO DE LAS NUEVAS GENERACIONES
Aquí llegamos al punto neurálgico de este ensayo.
El problema no es que existan poetas, filósofos, escritores o artistas, teatritas, que hoy son Pedro, y mañana hacen el papel de Juanita. El problema es que nuestras sociedades continúan educando a sus jóvenes como si el mundo laboral y económico permaneciera detenido en el siglo XIX.
La educación necesita una transformación profunda.
Los países que comprendan primero esta realidad estarán mejor preparados para competir en las próximas décadas.
No podemos continuar formando generaciones para ocupar puestos de trabajo que posiblemente serán automatizados antes de que los estudiantes terminen sus carreras.
Necesitamos fortalecer la enseñanza de disciplinas que permitan producir, investigar, construir, innovar y resolver problemas concretos.
Entre ellas:
1.Inteligencia artificial y ciencia de datos: aprender a utilizar, desarrollar y evaluar sistemas inteligentes.
2.Robótica y automatización: diseñar, programar, mantener y controlar máquinas y procesos industriales.
3.Programación y computación: comprender los sistemas digitales que sostendrán buena parte de la economía.
4.Ciberseguridad: proteger las instituciones, las empresas y las personas frente a las amenazas digitales.
5.Ingeniería y matemáticas aplicadas: desarrollar soluciones para los problemas materiales de la sociedad.
6.Biotecnología y ciencias de la salud: participar en los avances de la medicina, la genética y la investigación biomédica.
7.Energías renovables y tecnologías ambientales: construir alternativas para las necesidades energéticas y ecológicas del futuro.
8.Agricultura tecnológica: producir alimentos mediante sistemas inteligentes, eficientes y sostenibles.
También debemos fortalecer la educación técnica y los oficios especializados. Electricistas, técnicos de mantenimiento, especialistas en instalaciones industriales, operadores de sistemas automatizados y profesionales de la reparación tendrán oportunidades importantes en una economía cada vez más dependiente de la tecnología.
Pero tampoco podemos cometer el error contrario: creer que las humanidades ya no tienen importancia.
La historia, la literatura, la filosofía, la ética y las artes seguirán siendo indispensables para formar ciudadanos capaces de pensar, cuestionar, comprender y convivir.
Lo que debemos abandonar es la idea de que un título, cualquiera que sea, garantiza automáticamente el futuro económico de una persona.
El verdadero desafío consiste en combinar conocimientos científicos, habilidades técnicas, pensamiento crítico, creatividad y formación humana.
En otras palabras: preparar personas capaces de comprender el mundo y, al mismo tiempo, de transformarlo.
EL FUTURO NO ESPERARÁ A LOS QUE SE QUEDEN SENTADOS
Hay una realidad que debemos aceptar: la transformación tecnológica no pedirá permiso a los sindicatos, a las universidades, a los ministerios ni a las asociaciones profesionales.
Tampoco esperará a que los políticos terminen sus discursos sobre modernización.
La historia está llena de ejemplos de sociedades que perdieron oportunidades por aferrarse a estructuras que ya habían dejado de responder a sus necesidades.
La revolución industrial modificó el trabajo agrícola y artesanal.
La electricidad transformó las ciudades y las industrias.
La computadora cambió la administración, las comunicaciones y la producción. Internet modificó el comercio, la información y las relaciones humanas.
Ahora la inteligencia artificial y la robótica están abriendo otra etapa.
Y quienes no comprendan esta transformación tendrán que aprender por las malas que el conocimiento necesita renovarse permanentemente.
No será suficiente con haber estudiado una carrera hace treinta años. Tampoco bastará con tener una colección de diplomas colgados en una oficina.
Habrá que seguir aprendiendo.
La educación del futuro no podrá limitarse a preparar a los jóvenes para aprobar exámenes. Tendrá que enseñarles a resolver problemas, investigar, crear, adaptarse y aprender durante toda la vida.
Porque el conocimiento que no se actualiza corre el riesgo de convertirse en una pieza de museo.
Y algunos museos, dicho sea de paso, tienen menos visitantes que ciertas tertulias literarias.
EPÍLOGO: QUE NO MUERA EL ARTE, PERO QUE TAMPOCO SE DETENGA EL MUNDO
He llegado a la conclusión de que debemos permitir que los poetas sigan escribiendo, los filósofos continúen cuestionando, los novelistas inventen personajes, los dramaturgos representen tragedias y los artistas continúen enriqueciendo la sensibilidad humana.
Una sociedad sin arte sería una sociedad espiritualmente empobrecida.
La poesía no tiene que desaparecer porque exista la inteligencia artificial.
La literatura no tiene que rendirse ante una computadora.
La filosofía no pierde su importancia porque una máquina pueda procesar millones de datos.
Pero tampoco podemos convertir el romanticismo intelectual en una excusa para ignorar las transformaciones del mundo.
Los jóvenes necesitan comprender que el futuro no se construirá únicamente con sentimientos, diplomas y buenas intenciones. Necesitarán conocimientos sólidos, preparación científica, habilidades técnicas y capacidad para desenvolverse en una sociedad donde las máquinas realizarán cada vez más tareas.
A los padres les corresponde orientar a sus hijos. A los maestros, actualizar sus métodos. A las universidades, revisar sus programas. A los gobiernos, invertir en educación, investigación e infraestructura tecnológica.
Y a los estudiantes les corresponde entender que el mundo que recibirán será muy diferente del que conocieron sus abuelos.
No se trata de abandonar los libros de poesía para convertir a todos los jóvenes en programadores. Se trata de que puedan leer a Neruda, comprender a Aristóteles, conocer a Pedro Henríquez Ureña y, al mismo tiempo, entender cómo funciona un sistema de inteligencia artificial, cómo se programa un robot y cómo se desarrolla una tecnología capaz de mejorar la vida humana.
Esa combinación de cultura, ciencia y pensamiento crítico será una de las grandes fortalezas del ciudadano del futuro.
Y a mis queridos amigos los poetas, permítanme terminar con una recomendación amistosa: continúen escribiendo sus versos, organicen sus tertulias, impriman sus libros y entréguense mutuamente todos los premios que consideren necesarios. No quiero privarlos de semejante felicidad.
Pero, por favor, no olviden que, mientras ustedes se distribuyen diplomas de inmortalidad literaria, hay jóvenes en otras partes del mundo aprendiendo a diseñar los robots, los programas y las máquinas que transformarán nuestra existencia.
Quizás algún día uno de esos robots termine escribiendo un poema dedicado a ustedes.
Y entonces tendremos un problema verdaderamente filosófico: ¿quién recibirá el premio literario, el robot que escribió el poema o el poeta que todavía no ha conseguido terminar el suyo?
¡Qué tiempos nos esperan!
Y si alguno se siente ofendido por estas reflexiones, le recomiendo que no se apresure a escribir una respuesta en verso. Consulte primero con la inteligencia artificial. Quizás consiga una contestación mejor estructurada que la que le dictaría su propio ego.
El mundo no se detiene para esperar a los que viven de sus recuerdos.
La historia avanza, la ciencia progresa y el conocimiento se transforma. Quien no se prepare para el futuro terminará convirtiéndose en espectador de un mundo que otros construyeron.
Y esa, queridos amigos, sería una verdadera tragedia: no la muerte de la poesía, sino la muerte de la curiosidad humana.
Porque el futuro pertenecerá a quienes sepan aprender, pensar, crear y adaptarse; no necesariamente a quienes más diplomas acumulen ni a quienes más aplausos reciban.
Ramón Emilio Espínola
Una reflexión adicional sobre el sentido del ensayo
Hay una idea que considero especialmente importante en este escrito: no debemos confundir el valor cultural de una profesión con su rentabilidad económica. Un país necesita poetas, historiadores, filósofos y artistas, pero también necesita ingenieros, científicos, técnicos, programadores y especialistas en nuevas tecnologías.
La verdadera modernización educativa consiste en conseguir que ambas dimensiones se complementen.
Y hay una advertencia particularmente importante para la República Dominicana: no podemos aspirar a competir en la economía de 2040 utilizando un sistema educativo concebido para responder a las necesidades del siglo XIX.
La educación debe dejar de preparar exclusivamente empleados para comenzar a formar creadores de conocimiento, investigadores, técnicos y productores de tecnología.
Ese es, a mi juicio, el mensaje más profundo de mi ensayo.


