LAS URNAS PUEDEN QUITARLE EL CONGRESO, PERO NO LA PRESIDENCIA
Los pronósticos favorecen un avance demócrata en las elecciones de medio término. La incógnita es cuánto poder perdería el mandatario y cómo respondería a un Congreso adverso.
Por Luis Rodríguez Salcedo /TeclaLibre
Este martes 3 de noviembre, Donald Trump no aparece como candidato en las papeletas, pero su gobierno comparece ante las urnas. Los estadounidenses eligen al Congreso y, de paso, deciden cuánto margen quieren dejarle al presidente para los dos años restantes de su mandato.
La llamada “ola azul” tiene respaldo en los pronósticos. Sin embargo, conviene mantener los zapatos secos hasta que lleguen los votos: una encuesta puede anunciar marejada y equivocarse en la altura.
El modelo final de Nate Silver y Eli McKown-Dawson coloca a los demócratas como claros favoritos para recuperar la Cámara de Representantes y también les atribuye ventaja para conquistar el Senado. Sus promedios muestran competencia favorable incluso en territorios habitualmente republicanos, como Texas y Ohio. Son señales de una posible expansión demócrata, todavía pendientes de confirmación electoral.
El descontento necesita llegar a las urnas
El terreno resulta incómodo para los republicanos. Reuters identifica el costo de la vida, la baja aprobación presidencial y el descontento con la guerra de Irán entre los factores que alimentan las expectativas opositoras. Pero advierte que la participación, el dinero de campaña y la distribución de los distritos pueden reducir la cosecha demócrata.
Los especialistas tampoco marchan al mismo compás. David Wasserman, de Cook Political Report, subraya la dificultad de conquistar suficientes escaños senatoriales en estados donde Trump ganó ampliamente. El politólogo Andrew Busch observa que los republicanos mantienen competitividad en contiendas importantes. El entusiasmo opositor tiene fundamentos; la victoria arrolladora necesita pruebas.
Perder el Congreso no equivale a perder el despacho
Una Cámara demócrata podría investigar a la Administración, exigir documentos y bloquear legislación. Si la oposición conquista también el Senado, aumentaría su capacidad para frenar nombramientos y condicionar la agenda presidencial. Trump conservaría, sin embargo, el veto y amplias facultades ejecutivas.
Tampoco existe una destitución automática por castigo electoral. Un juicio político requiere una acusación de la Cámara y una condena por dos tercios de los senadores presentes. Con los cien participando, harían falta 67 votos. Ganar una mayoría y reunir semejante coalición son empresas muy diferentes.
¿Y cómo respondería Trump?
Hay indicios, no certezas. Reuters informó en octubre, citando fuentes conocedoras de las conversaciones internas, que el mandatario ya cuestionaba a asesores, gastos y decisiones electorales. La Casa Blanca rechazó esa versión. Una derrota podría intensificar la búsqueda de responsables dentro del propio oficialismo.
También cabe prever litigios y una mayor confrontación política, aunque sería irresponsable presentarlos como hechos consumados. Los expertos Elizabeth Goitein y Sean Morales-Doyle, del Brennan Center, recuerdan un límite esencial: declarar una emergencia no concede al presidente autoridad para controlar las elecciones.
La dimensión del resultado marcará el día siguiente. Una derrota estrecha permitiría discutir candidaturas y errores locales. Un retroceso amplio haría más difícil evitar la pregunta sobre el costo electoral del propio Trump.
El presidente puede conservar la Casa Blanca y descubrir que el Congreso dejó de abrirle la puerta. Porque las urnas no necesitan desalojarlo para empezar a pasarle la cuenta.
rodriguezsluism9@gmail.com https://teclalibremultimedios.com/category/portada/


