LOS THERIANS

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Por Ramon Espinola

LOS THERIANS

Cuando la modernidad decide caminar en cuatro patas

La locura —esa vieja viajera de la historia humana— ha decidido, en estos tiempos digitales, pasearse sin correa por las avenidas del mundo. Ya no se esconde en tratados filosóficos ni se disfraza de manifiesto artístico: ahora tiene cuenta en TikTok, filtro de Instagram y algoritmo complaciente.

La subcultura de los “therians” —individuos que afirman experimentar una identificación espiritual, psicológica o identitaria con animales no humanos— comienza a producir un eco curioso en la República Dominicana.

Lo que durante años fue un fenómeno circunscrito a foros virtuales internacionales, hoy se proyecta hacia nuestro paisaje tropical como si la globalización, además de remesas e influencers, también exportara crisis identitarias al por mayor.

En plataformas como TikTok e Instagram, el fenómeno ya cuenta con presencia consolidada. Jóvenes —y no tan jóvenes— recrean comportamientos animales, caminan en cuatro extremidades, gruñen con convicción estética y explican, ante la cámara frontal, que no se trata de un juego ni de un disfraz, sino de una vivencia profunda, íntima, trascendental. Algo así como un existencialismo, pero con cola imaginaria.

De acuerdo con los audiovisuales más recientes, la comunidad local ha fijado fecha para su primera reunión pública: 27 de febrero, 3:00 p. m., en el Parque Independencia, Distrito Nacional.
La precisión logística es admirable. El simbolismo, aún más.

Porque el 27 de febrero no es un martes cualquiera: es el día en que la República conmemora su Independencia Nacional. Es la fecha que evoca a Duarte, Sánchez y Mella; la jornada en que los discursos oficiales se llenan de solemnidad y las banderas ondean con gravedad patriótica. Y, en ese mismo escenario simbólico, se convoca un “junte therian dominicano”.

Si la historia tuviera sentido del humor —y todo indica que lo tiene—, esta sería una de sus ironías favoritas.

La elección del Parque Independencia ha intensificado la controversia digital. Opiniones divididas, indignaciones patrióticas, burlas, defensas, memes, insultos y análisis improvisados desfilan por las redes como una procesión carnavalesca sin tambora. La virtualidad, que todo lo absorbe, ahora se dispone a trasladar el fenómeno al espacio físico. De la pantalla al parque. Del algoritmo al césped.

Y aquí comienza el verdadero espectáculo.

¿Qué son los “therians”?

El término proviene del griego thērion, que significa “bestia”. No deja de ser poético que la etimología sea más sobria que muchas de sus manifestaciones contemporáneas. La palabra comenzó a circular en comunidades digitales de la década de 1990, cuando usuarios de foros en internet compartían experiencias relacionadas con la identidad animal más allá de la ficción.

Los “therians” describen sentir una conexión emocional, espiritual o identitaria con animales como lobos, zorros o felinos. Insisten en que no se trata de teatro ni de entretenimiento, sino de una dimensión íntima de su identidad. No es cosplay, dicen. Es ontología.

Y en una época donde cada individuo construye su identidad como quien edita un perfil digital, la frontera entre metáfora y literalidad parece haberse vuelto tan flexible como una historia de 24 horas.

El orden, el circo y la nostalgia del manicomio

Ante este panorama, algunos reaccionan con el mismo reflejo histórico que siempre aparece cuando la sociedad se siente desconcertada: la tentación de resolver la diferencia con encierro.

Si en la República Dominicana existiera —dicen algunos con gravedad impostada— un gobierno fuerte que hiciera respetar las normas, que engrandeciera la sociedad y defendiera el orden, ya se habría inaugurado un gran centro psiquiátrico para internar a todos estos jóvenes extraviados y, con rigor terapéutico, “ponerlos a actuar como animales de verdad”.

La frase, pronunciada con indignación patriótica, suele olvidar que los manicomios fueron durante siglos monumentos a la intolerancia antes que a la ciencia.

En contraste, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, anunció públicamente la prohibición de conductas vinculadas al fenómeno “therian” en espacios públicos y centros educativos. Según explicó, estas expresiones no estarán permitidas y los padres o tutores de menores involucrados podrían enfrentar multas, como parte de las medidas orientadas —según afirmó— a reforzar el orden social y los valores promovidos por su Gobierno.

 «Queda prohibida en todo el país esa modita de los therians. Este país se respeta y no es un circo para que anden haciendo el ridículo», declaró.

 La palabra “circo” resuena con especial intensidad en América Latina, donde la política misma ha ofrecido funciones memorables sin necesidad de maquillaje ni trapecio.

¿Y ahora qué?

La pregunta no es si habrá jóvenes reunidos en el Parque Independencia el 27 de febrero. La pregunta es más incómoda: ¿qué revela este episodio sobre nuestra época?

Vivimos tiempos en que la identidad ya no es herencia sino construcción. Donde el yo compite por atención en mercados digitales saturados. Donde la pertenencia se convierte en performance y el performance en pertenencia.

Que algunos jóvenes se identifiquen con animales puede parecer absurdo, provocador o inquietante. Pero quizá el fenómeno diga menos sobre ellos y más sobre una generación que busca sentido en un mundo donde las instituciones tradicionales —familia, escuela, Estado— ya no logran ofrecer respuestas convincentes.

Y mientras tanto, la indignación colectiva ruge con más fuerza que cualquier supuesto lobo espiritual.

Díganme —preguntan algunos— quiénes estarán en el Parque Independencia el 27 de febrero. Y si el gobierno permitirá esa “vagabundería”.

Tal vez la pregunta correcta no sea si lo permitirán, sino si una democracia se mide por su capacidad de tolerar lo excéntrico sin convertirse, ella misma, en aquello que dice combatir.

Porque si algo ha demostrado la historia es que cuando la sociedad decide perseguir bestias imaginarias, casi siempre termina mostrando los colmillos propios.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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