Por Ramon Espinola
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA ANTILLANA
DOS CRÍMENES: A UNO LA REVOLUCIÓN LE PASÓ CUENTA; EN DOMINICANA, LA JUSTICIA PREFIRIÓ DORMIR
(Dedicado a los devotos del aplauso fácil, a los sacerdotes de la ignorancia histórica y a los que, con fervor casi religioso, veneran nombres sin haber leído jamás sus sombras. La vida —conviene recordarlo— no se honra con consignas, sino con rectitud.)

Hay hechos que no envejecen, aunque la memoria colectiva haga todo lo posible por enterrarlos bajo capas de olvido conveniente.
Los traigo de nuevo a la superficie porque abundan los falsos héroes, esos ídolos de barro que, examinados de cerca, resultan más indignos que el más anónimo de los hombres.
Y porque no es lícito —ni moral ni históricamente— permitir que las generaciones presentes, y peor aún las venideras, hereden una versión adulterada de su propio pasado.
El crimen atribuido a Montes Arache —cometido contra el corazón mismo de la patria dominicana, amparado en el prestigio adquirido durante la guerra de abril de 1965[1]— guarda un inquietante paralelismo con la infamia perpetrada por el cubano Marcos Rodríguez Alfonso[2]. Este último, con la frialdad de quien negocia con la sangre ajena, denunció ante los esbirros de Fulgencio Batista[3] el escondite de los jóvenes revolucionarios que, el 13 de marzo de 1957, intentaron ajusticiar al tirano en su propia madriguera: el Palacio Presidencial[4].
La delación del célebre “Marquitos” al siniestro Ventura Novo desembocó en el asesinato de cuatro valiosos jóvenes: Fructuoso Rodríguez Pérez, Juan Pedro Carbó Serviá, José Machado Rodríguez y Joe Westbrook Rosales[5], miembros del Directorio Revolucionario y de la FEU[6]. Cuatro nombres que la traición convirtió en mártires.
Curiosa —o quizás macabramente simétrica— es la aritmética del horror en el Caribe.
En la República Dominicana, el tirano Rafael Leónidas Trujillo[7] ordenó el asesinato de las hermanas Patria Mirabal, Minerva Mirabal, María Teresa Mirabal y Rufino de la Cruz[8].
En Cuba, cuatro revolucionarios cayeron también bajo la maquinaria represiva de un régimen igualmente brutal.
Dos geografías, dos dictaduras, la misma cifra: cuatro vidas sacrificadas en el altar de la violencia política.
Pero la coincidencia no termina en los números; se profundiza en las complicidades.
Montes Arache halló resguardo en el entramado militar surgido de la revolución de abril de 1965[9], donde la lealtad de grupo funcionó como escudo frente a la justicia.
Por su parte, el “célebre” Marquitos se refugió bajo la protección del Partido Socialista Popular de Cuba[10], disfrutando durante años de una cómoda existencia en Europa, investido incluso de funciones diplomáticas, como si la traición fuese una credencial respetable en ciertos círculos.
Sin embargo, en Cuba ocurrió algo que en Dominicana parece pertenecer al terreno de la fantasía: la justicia, aunque tardía, llegó. Bajo el mando de Fidel Castro[11], Marquitos fue obligado a regresar, juzgado en la célebre Causa 72 de 1964[12] y finalmente condenado por su delación en el caso del edificio Humboldt 7[13]. La revolución —con todos sus excesos y contradicciones— al menos tuvo el gesto de no absolver la traición.
En cambio, en la República Dominicana, el expediente moral quedó archivado en el cajón del silencio. A Montes Arache, nada. Ni juicio ejemplar, ni condena moral contundente, ni siquiera el modesto gesto de una memoria crítica.
La justicia —esa dama que en los discursos aparece vendada— aquí no es ciega: simplemente prefiere mirar hacia otro lado.
Y lo más alarmante no es el crimen en sí —porque la historia está llena de ellos— sino la facilidad con que ciertos sectores fabrican héroes donde debería haber interrogantes.
Hay quienes, con una ligereza que ofende la inteligencia, elevan a Montes Aráche a la categoría de figura ejemplar.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿qué lugar ocupan las Mirabal y Rufino en esa narrativa indulgente? ¿Fueron menos dignos? ¿Su sacrificio merece menos memoria que la reputación cuidadosamente maquillada de otros?
Conclusión
Las naciones no se construyen únicamente con gestas heroicas, sino también con la honestidad de reconocer sus propias miserias.
Una sociedad que no distingue entre el sacrificio y la traición, entre la memoria y la propaganda, está condenada a repetir sus errores con una eficiencia admirable.
Porque cuando la historia se convierte en un instrumento de conveniencia, deja de ser maestra para convertirse en cómplice.
Epílogo
Tal vez el problema no radique en la ausencia de hechos, sino en el exceso de aplausos.
Aplaudimos sin leer, veneramos sin cuestionar y repetimos sin comprender.
Y así, entre vítores y consignas, la verdad pasa discretamente por la puerta trasera, mientras los falsos héroes reciben honores en la sala principal.
Después de todo, pensar exige un esfuerzo que no todos están dispuestos a hacer.
Es mucho más cómodo admirar estatuas que examinar conciencias. Y en ese cómodo ejercicio de la ignorancia, la historia —paciente y silenciosa— toma nota.
Notas al pie
[1] La Guerra de Abril de 1965 fue un conflicto civil en la República Dominicana que buscaba restituir el gobierno constitucional de Juan Bosch, derrocado en 1963.
[2] Marcos Rodríguez Alfonso, conocido como “Marquitos”, fue señalado como delator de miembros del movimiento revolucionario cubano.
[3] Fulgencio Batista gobernó Cuba como dictador entre 1952 y 1959, apoyado por fuerzas represivas.
[4] El asalto al Palacio Presidencial del 13 de marzo de 1957 fue un intento fallido de ajusticiar a Batista liderado por el Directorio Revolucionario.
[5] Estos jóvenes fueron asesinados tras ser delatados mientras se ocultaban en La Habana.
[6] La Federación Estudiantil Universitaria (FEU) fue una organización clave en la lucha contra la dictadura batistiana.
[7] Rafael Leónidas Trujillo gobernó la República Dominicana con mano de hierro entre 1930 y 1961.
[8] Las hermanas Mirabal fueron asesinadas el 25 de noviembre de 1960 por órdenes del régimen trujillista; su chofer, Rufino de la Cruz, también fue ejecutado.
[9] Tras el conflicto de 1965, se consolidaron estructuras de poder militar y político que influyeron en la justicia posterior.
[10] El Partido Socialista Popular (PSP) fue una organización comunista cubana previa a la Revolución de 1959.
[11] Fidel Castro lideró la Revolución Cubana que derrocó a Batista en 1959.
[12] La Causa 72 fue el proceso judicial en el que se juzgó a Marcos Rodríguez Alfonso por traición.
[13] El edificio Humboldt 7 fue el lugar donde se ocultaban los revolucionarios asesinados tras la delación.

