SIGUEN LOS DIMES Y DIRETES EN EL DISTRITO 13
Espaillat lucha por no irse y Ávila por tumbarlo
Por Ramón Emilio Espinola

La temperatura política continúa en ebullición en el Distrito Congresional 13 de Nueva York, donde los dos aspirantes demócratas al Congreso Federal libran una batalla tan intensa en los discursos como estéril en las soluciones.
Por un lado, se encuentra Adriano Espaillat, orgulloso portador de la etiqueta de «progresista», aunque para encontrar evidencias palpables de ese progreso habría que recurrir a los servicios de un arqueólogo, un astrónomo o, en su defecto, a un experto en fenómenos paranormales. Después de una década ocupando la curul, muchos de sus representados siguen preguntándose dónde se esconde ese progreso del que tanto se habla y tan poco se ve.
Por el otro lado aparece Darializa Ávila Chevalier, quien se presenta como «socialista» y aspira a conquistar un escaño dentro de uno de los templos más sólidos del capitalismo mundial. Una empresa tan peculiar como intentar fundar un monasterio vegetariano en medio de una convención internacional de carnívoros.
Mientras tanto, la realidad, siempre menos romántica que los discursos de campaña, continúa golpeando a los habitantes del distrito. Los alquileres suben como globos llenos de helio, los supermercados parecen museos de artículos de lujo y el costo de la vida avanza con una velocidad que ni los mejores corredores olímpicos podrían alcanzar.
Sin embargo, la propaganda sigue corriendo a toda máquina. Los estrategas producen consignas, los activistas reparten sonrisas, las bocinas amplifican consignas y las redes sociales fabrican milagros electorales cada veinte minutos.
La pregunta inevitable es sencilla. Si en diez años el representante incumbente no logró alterar significativamente la realidad económica de sus electores, ¿qué milagro administrativo ocurrirá ahora para que todo cambie de repente?
Y del otro lado surge otra interrogante igualmente interesante: ¿qué podrá hacer la candidata socialista dentro de un Congreso que suele reaccionar ante la palabra «socialismo» con el mismo entusiasmo que un gato ante un baño de agua fría?
La ecuación, por desgracia, parece mucho más simple que los discursos.
El progreso verdadero de los ciudadanos rara vez llega en una papeleta electoral.
Generalmente llega mediante el estudio, el trabajo, el esfuerzo personal y las oportunidades reales de crecimiento. Lo demás suele ser un espectáculo donde abundan las promesas y escasean los resultados.
Al final, como ocurre con demasiada frecuencia en la política moderna, los grandes beneficiarios suelen ser el vencedor de la contienda y el alegre coro de cortesanos, aduladores, estrategas, influencers, consultores y portadores de pancartas que gravitan alrededor de la campaña triunfante esperando recoger alguna recompensa por sus servicios prestados.
Así funciona este antiguo deporte llamado política: una competencia donde muchos aplauden, pocos ganan y la mayoría continúa pagando la entrada.
Por mi parte, no grito consignas por nadie. Los años me han enseñado que en política, como en los negocios, nadie regala nada y casi todo tiene factura, aunque algunas lleguen escondidas detrás de discursos patrióticos y sonrisas fotogénicas.
Lo único que todavía despierta mi curiosidad intelectual es saber qué están recibiendo hoy las bocinas de Espaillat y qué esperan recibir mañana las bocinas de Ávila Chevalier.
Porque el entusiasmo político desinteresado es una especie tan rara que, de existir, merecería ser protegida por las leyes de conservación de la naturaleza.


