Por Ramon Espinola
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA DOMINICANA
EL PRIMER RON DOMINICANO LO CREÓ UN VENEZOLANO

Dedicado a Pedrito Escobosa, gran amigo, y quien me contó esta historia que hoy yo cuento, en la presencia de un médico santiaguero llamado Rafael Avelino Jacobo, un abogado sin ejercicio, conocedor de la historia y político mañoso al que no voy a mencionar para que algunos lectores no alboroten sus ánimos
(Porque hay pueblos que beben su historia… y otros que apenas la sorben sin saber de dónde proviene el vaso)
Desafortunadamente —y esto no es tragedia sino costumbre— los pueblos que no estudian su pasado caminan como si llevaran un manto sobre los ojos: ven, pero no distinguen; celebran, pero no comprenden. Y así, entre brindis inconscientes y patrioterismos de sobremesa, se les escapan las verdades más sabrosas de su propia historia.
Para el último cuarto del siglo XIX ya existía en la República Dominicana un ron que alegraba —y a veces ennoblecía— a la reducida ciudadanía de la época.
No era cualquier brebaje de caña improvisado en alambiques furtivos, sino una bebida con nombre, carácter y destino: el célebre Ron Bermúdez.
Pero vayamos al origen, que es donde la historia deja de ser mito y comienza a incomodar a los distraídos.
Corría el 1 de enero de 1852 cuando un inmigrante venezolano —sí, venezolano, para escándalo de los guardianes de las esencias patrias—, de nombre Erasmo Bermúdez y oficio farmacéutico, decidió hacer algo más que curar dolencias: quiso también aliviar el tedio.
En su modesto laboratorio de preparados caseros dio vida a una fórmula conocida como Amargo Panacea, un aperitivo destinado a acompañar celebraciones y, quizás, a hacer más llevaderas las penas cotidianas.
Como suele ocurrir con los hallazgos felices, la bebida no tardó en conquistar paladares y reputación.
Y fue entonces —porque la historia siempre avanza cuando alguien se atreve a mezclar intuición con audacia— que germinó la idea de crear algo más robusto, más duradero, más… dominicano, aunque su cuna no lo fuera del todo: el ron Bermúdez.
Don Erasmo utilizó melaza, ese humilde residuo de la industria azucarera, demostrando —como tantas veces en el Caribe— que de lo aparentemente secundario puede nacer lo esencial.
El primer nombre de aquel licor fue “La Sin Rival”, denominación que no pecaba de modestia, pero que el tiempo se encargaría de justificar.
Se considera que su elaboración marcó uno de los primeros esfuerzos sistemáticos de producción licorera en América, en una época en que la tradición de comercializar bebidas espirituosas apenas comenzaba a tomar forma organizada. Es decir, mientras otros improvisaban, en Santiago ya se pensaba en industria.
Pero la historia dominicana, siempre aficionada al dramatismo, no podía dejar intacta aquella empresa.
Durante la Guerra de la Restauración (1863–1865), un incendio —como si la guerra también quisiera beber— arrasó con las instalaciones de “La Sin Rival”. Las llamas, sin embargo, no consumieron la voluntad.
La antorcha pasó entonces a manos de su hijo, José Armando Bermúdez Rochet, quien, armado no de fusiles sino de visión, disciplina y una obstinación casi científica, perfeccionó la fórmula hasta crear un ron refinado, armonioso y singular: el ron dominicano como identidad, no solo como bebida.
Años después, José Armando adquiriría formalmente el nombre de “La Sin Rival Fábrica de Licores”, sentando las bases de lo que dejaría de ser un experimento familiar para convertirse en una industria nacional con aspiraciones internacionales.
Así, entre barricas, paciencia y comercio, el ron dominicano comenzó a viajar más que muchos de sus propios compatriotas.
El negocio creció, como crecen las cosas bien hechas y bebidas. Surgieron etiquetas memorables: “Cidra”, “El Toro”, “Palo Viejo”, seguidas por “Bermúdez Dorado”, “Bermúdez Blanco”, “Añejo” y “Don Armando”. Nombres que, más que marcas, terminaron siendo cómplices de la cultura popular: inseparables del merengue, de la fiesta, del desahogo colectivo y de esa alegría caribeña que siempre encuentra un motivo —o lo inventa— para celebrar.
Y así llegamos a la conclusión que incomoda a los distraídos pero honra a la verdad:
el ron dominicano, ese símbolo líquido de identidad nacional, fue concebido por un inmigrante venezolano.
Nada extraño, en realidad. Porque las naciones —aunque a veces se empeñen en negarlo— no se construyen en pureza, sino en mezcla. Y el ron, como la historia, siempre sabe mejor cuando fermenta en diversidad.

