Keir Starmer ha encontrado en los continuos ataques y desprecios que recibe de Donald Trump la fórmula para reforzar su perfil político. La mayoría de los votantes laboristas, y también de los liberales demócratas, aplauden su aparente firmeza al no dejarse arrastrar a la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán. Los insultos del estadounidense ―“este [por Starmer] no tiene nada que ver con Churchill”, por ejemplo― permiten al primer ministro británico ofrecer a sus ciudadanos, como contraste, una clara posición de fuerza y calma.
“Entiendo lo que está ocurriendo”, decía Starmer en Sky News, para intentar buscar una explicación racional a las arremetidas de Trump. “Se trata de presionarme por todas las vías posibles, pero no voy a ceder. No voy a abandonar los principios y valores que siempre he defendido”, aseguraba.
Todos los intentos del primer ministro británico por mantener una relación cálida y directa con el presidente estadounidense, que muchos miembros del Partido Laborista y sus votantes han visto como una pleitesía exagerada e innecesaria, se han ido al traste al estallar la guerra en Oriente Próximo.
Starmer negó a su aliado que pudiera usar las bases británicas para lanzar sus ataques contra Irán. Y tampoco ha accedido a la petición del estadounidense para enviar inmediatamente fragatas o destructores al estrecho de Ormuz, para proteger el paso de mercancías.
“Europa y Estados Unidos se hallan inmersos en un choque de civilizaciones trascendental, que no deja al Reino Unido otra opción que tomar partido por Europa. Por supuesto, los británicos deben evitar una proclamación abierta de esta elección, pero a la vez están obligados a desarrollar una estrategia asentada de reconexión con Europa y de desconexión de su relación transatlántica”, defiende Nick Witney, analista senior del centro de pensamiento European Council on Foreign Relations (Consejo Europeo sobre Relaciones Internacionales).
Frente a los que defienden que Londres ya no puede seguir navegando entre dos aguas y debe elegir, aún son muchos los académicos, analistas y políticos que aseguran que la “relación especial” entre el Reino Unido y Estados Unidos, ese concepto inventado en su día por Winston Churchill, es demasiado importante como para verse alterada por un desencuentro personal entre sus dirigentes.
La relación económica entre ambos países es descomunal. Estados Unidos destinó en 2024 al Reino Unido cerca de un billón de dólares en inversión directa. Es, con diferencia, el mayor inversor. Y los intercambios comerciales entre ambos solo están por detrás de la relación de la isla con la UE, hoy por hoy la más importante.
La capacidad nuclear del Reino Unido, de sus submarinos y misiles Trident, depende completamente de la tecnología estadounidense. Y la alianza de sus servicios de inteligencia, dentro del bloque de los Five Eyes (Cinco Ojos), que incluye también a Canadá, Australia y Nueva Zelanda, resulta clave para el ejército británico.
“Para Starmer, la cuestión de Irán se suma a toda una lista de desacuerdos con la estrategia de Trump, en la que se incluye la polémica en torno al alcalde de Londres [el estadounidense no deja de atacar al laborista Sadiq Khan], la cuestión de Groenlandia, la isla Diego García [donde está la base militar conjunta, en el archipiélago de Chagos], o las tropas en Afganistán”, señala Louise Kettle, profesora asistente de Relaciones Internacionales en la Universidad de Nottingham. “Pero la historia ha demostrado que, a pesar de los retos a corto plazo, esta alianza es lo suficientemente fuerte como para superar todos esos desencuentros en el largo plazo”, defiende.
De la necesidad, virtud
Parte de los ataques de Trump contra el Reino Unido se han convertido en una mofa sobre la supuesta capacidad militar de los británicos. “Sus portaviones son de juguete, comparados con los nuestros”, ha asegurado. Y más allá del agravio diplomático de los comentarios, lo cierto es que revelan una realidad desagradable para Downing Street. Su capacidad de respuesta ante la crisis, como ha quedado demostrado estos días, es muy inferior a la imagen proyectada.
El HMS Dragon, el destructor que Londres envió para proteger sus bases militares en Chipre después de que sufrieran los ataques de drones iraníes, tardó casi tres semanas en llegar, para irritación del Gobierno chipriota. Francia envió con mayor rapidez sus fragatas a defender una isla que forma parte de la UE, pero en la que no tiene instalaciones soberanas como los británicos.
Durante la última década, el Reino Unido había mantenido cuatro cazaminas en la zona, para una eventual defensa del estrecho de Ormuz. El año pasado los retiró. Y los cazas de combate de la RAF utilizados en los primeros días de la ofensiva contra Irán, para proteger a sus aliados frente a los misiles y drones de Teherán, eran un número muy reducido.
El Reino Unido llegó a gastar, al final de la Guerra Fría, un 3,2% de su PIB en defensa. Hoy el porcentaje es del 2,4%, con la intención de elevarlo al 2,5% en 2027. En aquellos tiempos, disponía de 51 destructores y fragatas. Hoy la cifra es de apenas 13.
“Con el tiempo, la resistencia de Starmer a verse envuelto en el conflicto de Irán puede acabar siendo una parte importante de su legado. Pero también indica la cada vez menor capacidad del Reino Unido de influir sobre Estados Unidos y de proyectar su propio poder”, señala Christopher Phillips, analista del centro de pensamiento Chatham House.
Aunque el primer ministro británico ha ido modulando su postura paso a paso, ha mantenido hasta ahora un discurso coherente. Accedió a permitir a Estados Unidos el uso de sus bases con “fines defensivos”. Se ha mostrado dispuesto a liderar una estrategia de defensa naval del estrecho de Ormuz, cuando el actual conflicto se estabilice, y ha ido más allá al acceder a que desde las bases británicas se lancen ataques contra las posiciones iraníes que coordinan el bloqueo de ese canal marítimo.
Pero Stamer sigue defendiendo que la guerra desatada es ilegal, contraria al derecho internacional, mal planeada y perjudicial para la economía británica y del resto del mundo. Su antecesor laborista, el ex primer ministro Tony Blair, aprovechó un evento organizado por un periódico judío británico para asegurar que él se hubiera puesto desde un primer momento al lado del aliado estadounidense, como ya hizo durante la guerra de Irak.
El actual primer ministro era entonces un abogado especializado en Derecho Internacional Humanitario, y su voz fue una de las más rotundas contra aquella guerra también ilegal. En esta ocasión, Starmer ha decidido mantenerse fiel a sus principios, plantar cara a Trump para agrandar su propia figura política, y hacer de la necesidad virtud para preservar a un ejército británico que ya no puede permitirse muchos excesos y necesita una considerable inyección de inversión pública.

