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Mujer, educación y cultura

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Por: Juan Hernández Inirio*

Un efusivo y cálido saludo para todas las personalidades que nos distinguen con su presencia. Saludo esta iniciativa conjunta de la Fundación Ecomundo, el Ministerio de Cultura, la Comisión Nacional Dominicana para la UNESCO, la Dirección General de Museos y el Museo de Arte Moderno, para reconocer a mujeres que transforman en el arte, la educación y la cultura. A propósito de este noble encuentro, me permito compartir una concisa reflexión con ustedes.

En 1942, en tiempos oscuros para la República Dominicana, un halo luminoso esplendió: se instauró el sufragio femenino en la legislación nacional. Este es uno de los hitos más estremecedores de la historia dominicana. El mérito no fue de la dictadura. Era el resultado de un cambio de paradigma global tanto en las democracias occidentales cuanto en los regímenes tiránicos, como el de Trujillo, que pretendían cubrirse con un velo de legitimidad. Desde entonces, la mujer dominicana ha transitado un largo, arduo camino para ser la edificadora de su destino y para ubicarse en el centro de la toma de decisiones. Es una travesía aún inconclusa, pero indetenible. La mujer dominicana es hoy en día protagonista de nuestra democracia. Es también una figura cardinal en nuestra cultura.

Leí desde joven a Salomé Ureña y me emocioné con su poesía decimonónica que alude a la naturaleza, la maternidad y el amor con la misma devoción con que ella se entregó, en sus breves años de vida, a la labor magisterial. La estela de Salomé Ureña se mantiene vigente en una niña de Elias Piña que en la mañana de hoy ha ido a la escuela. Por el ejemplo y los sueños de Evangelina Rodríguez Perozo, la pionera de las médicas dominicanas, una joven universitaria de Barahona o de Cotuí se pasa la madrugada estudiando para ser en el futuro una neurocirujana o una oncóloga. Por la vida y los desvelos de la maestra Ercilia Pepín, las mujeres dominicanas tomaron los libros en sus manos y sus palabras se convirtieron en poesía, cuentos, novelas y ensayos que han enriquecido nuestra tradición literaria e intelectual.

No se precisa de una prolija argumentación para ilustrar la influencia de la mujer en la educación y la cultura en la República Dominicana. Aunque subsisten brechas de inequidad, en nuestros días es más visible que nunca la presencia de la mujer en el centro de los espacios académicos, artísticos y culturales. El leitmotiv que nos congrega esta noche, este modesto gesto de reconocimiento a mujeres destacadas en el arte y la cultura sirve para reafirmar ante la opinión pública la labor meritoria de varias de nuestras compatriotas.

Entre tantas mujeres de la historia de las ideas que podría invocar, me quedo con la figura de la filósofa alemana Hannah Arendt, cuyas investigaciones teóricas e históricas sobre el totalitarismo, especialmente en su libro Eichmann en Jerusalén, nos iluminan sobre la amenaza autoritaria que duerme en el espacio social, lista para emerger, oscura. He iniciado mis palabras hablando precisamente de una etapa lóbrega, sangrienta en la historia dominicana. Es en el arte y la cultura donde afloran la conciencia cívica y la libertad intelectual para combatir el oscurantismo y la opresión. Hoy el arte y la cultura también necesitan iluminarnos en el plano existencial. Los desafíos a los que nos enfrentamos como humanidad revisten un cariz nuevo y sorprendente.

En nuestros días, las tecnologías disruptivas han supuesto una gama de oportunidades que comportan a la vez desafíos inéditos para el significado mismo de la humanidad. La vida cultural, lejos de ser una excepción en este panorama, está en el centro de este cambio de paradigma. La creatividad artística, el pensamiento crítico y toda suerte de reflexión sobre nuestra especie se ubican ante un cuestionamiento de su ontología de cara a un porvenir protagonizado por la Inteligencia Artificial. Algunos pensadores han sido vanguardistas en sus advertencias sobre el derrotero desbocado de una civilización que ha perdido la capacidad de aburrirse, requisito cardinal de toda creación valiosa y perdurable. Libros como La sociedad del cansancio, de Byung Chul-Han, La era del vacío, de Gilles Lipovetsky, y La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, diseccionan este tiempo nuestro signado por la ausencia de contemplación y el culto a lo efímero. El arte y la cultura, donde el tiempo puede detenerse, donde podemos dialogar con la cadena histórica humana en un pestañear intuitivo, se vuelven consuelo, calma, lumbre. No para apartarnos de la vida en sociedad y sus batallas que nos hacen crecer, sino para recordar nuestra condición esencial.

Aburrirnos nos hace verdaderamente humanos. No estamos hechos para saltar de una actividad a otra, de un estímulo a otro, sin hacer pausas conscientes. No estamos hechos para la productividad que solo se mide por las conquistas materiales. Nuestra realización como sujetos es interior, y solo cuando nuestro carácter es sólido para sostener suficiente responsabilidad, tiene sentido el logro externo que es visible para los demás. Necesitamos el vacío, el silencio, la quietud para entender mejor quiénes somos y qué queremos realmente hacer con nuestras vidas. Precisamos del transcurso del tiempo, de la lentitud del pensamiento, para adoptar una nueva perspectiva ante las relaciones interpersonales y las decisiones profesionales, pero sobre todo para recordar que no somos eternos y que lo que nos hace más felices suele estar fuera del foco de las cámaras.

Seamos francos: no hay espacio para dinosaurios y tecnófobos en el siglo XXI. No podemos hacer retroceder el tiempo. El mundo cambió para siempre. Nuestras vidas están incrustadas en procesos automatizados. El tiempo cambió de ritmo. La aceleración es el signo de nuestra era. Muchos de quienes nos dedicamos a crear aprovechamos las herramientas tecnológicas para promocionar productos culturales, para potenciar nuestra marca personal, ampliar nuestra influencia mediática o conectar cordialmente con gente de todo el mundo y no somos inmunes ante la ciberadicción y la ansiedad sintomáticos de nuestra época. Sin embargo, no estamos condenados a morir de ansiedad.

La cultura es el refugio vital por excelencia. Nos permite contemplar el mundo, su historia, su riqueza, sus perfiles, sin ensimismarnos, sin aislarnos, sin salir del juego. Yo, que amo la soledad y a la vez estoy siempre entre la gente, tengo en los libros, en el arte un encuentro privado con la humanidad que me permite entender mejor la especie a la que pertenezco.

Hablar de cultura hoy en día no nos remite a un sector cerrado. La cultura está en el centro del debate cotidiano. La cultura descansa en lo que hacemos con la vida, en nuestro trascender los imperativos de nuestra naturaleza. La generación actual tiene una oportunidad dorada de acceder al conocimiento. La pregunta pendiente es para qué lo usará y si, al abrumarnos de «contenidos», no estaremos todos, jóvenes y mayores, mujeres y hombres vaciándonos de alma, dejando de conocernos, hundiéndonos en la pantalla mientras a nuestro lado hay otro ser humano al que ignoramos olímpicamente. Escuchar se ha convertido en un arte escaso. Entendernos se ha vuelto inaccesible.

La vuelta a la cultura como lazo inquebrantable con la vida verdadera, más allá de la propaganda omnipresente y el narcisismo devorador de las redes sociales, es una esperanza al alcance de nuestras almas. La vuelta a la cultura como bastión de progreso espiritual hoy pasa por la reivindicación del sitial esencial de la mujer en la vida ciudadana.

Podría resumir mi pensamiento sobre las mujeres que hoy reconocemos con la siguiente expresión: Han hecho más grande y hermosa la República Dominicana.

 31-3-2025

*Juan Antonio Hernández Inirio es poeta, ensayista, académico y gestor cultural dominicano. Actualmente se desempeña como Secretario General de la Comisión Nacional Dominicana para la UNESCO

 

 

 

 

 

 

 

 

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