Durante 16 meses, Carmen Teresa Navas recorrió las cárceles de Venezuela buscando a su hijo. Tenía 82 años, una elegancia discreta —el cabello grisáceo recogido en un moño, sus pendientes dorados, las preciosas chaquetas coloridas como de otra época— y una sola pregunta que la levantaba cada mañana: ¿Dónde está mi hijo? La brutal respuesta le llegó hace diez días. Su hijo, Víctor Hugo Quero, llevaba nueve meses muerto y sepultado sin que nadie se lo dijera. La revelación sacudió al país. Pero doña Carmen no sobrevivió al hallazgo: alcanzó a enterrarlo en un lugar elegido por ella, acudió a una misa en su honor y, antes de poder señalar a los responsables, se apagó. Murió este domingo sin conocer toda la verdad.
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