Por: Carlos Márquez
El dogma religioso y la sacralización de la obediencia
Si las leyes del mundo antiguo dotaron al varón de impunidad civil para ejercer el control dentro del hogar, la teología medieval y de la era moderna dio un paso aún más vinculante: transformó la subordinación social de la mujer en un mandato metafísico.
Bajo esta nueva matriz de formación cultural, la asimetría de poder en la pareja dejó de ser una mera conveniencia política de los Estados para convertirse en el reflejo de un orden divino e inmutable. El hogar se configuró entonces como una réplica a pequeña escala del cosmos medieval, donde el marido operaba como el soberano absoluto y la esposa debía obediencia ciega como prueba de su piedad.
La justificación teológica de esta asimetría se cimentó sobre una exégesis sesgada de los textos sagrados y el pensamiento de la patrística. Figuras fundacionales de la doctrina eclesiástica occidental, como San Agustín de Hipona o Santo Tomás de Aquino, tradujeron la diferencia biológica en una natural inferioridad moral e intelectual.
Para Aquino, fuertemente influido por Aristóteles, la mujer era catalogada en su Suma Teológica como un «mas occasionatus» (un varón frustrado o defectuoso), argumentando que, en el orden de la naturaleza, el hombre poseía el discernimiento de la razón, mientras que la mujer estaba destinada por Dios únicamente a las funciones de la reproducción y al sometimiento doméstico.
El pecado original fue el gran argumento culturalizador: al señalar a la mujer como la puerta de entrada del mal en el mundo, el pensamiento medieval naturalizó la necesidad de vigilarla, castigarla y contenerla.
Esta sacralización del control se tradujo en tratados prácticos de convivencia que legitimaban explícitamente la violencia física como una herramienta pedagógica y de orden espiritual. En el célebre manual de conducta cortesana y moral del siglo XIV, Le Ménagier de Paris (El bodeguero de París, 1393), un burgués detalla de manera descarnada cómo debe ser el adiestramiento de una esposa, comparando la obediencia femenina con la de un perro fiel al amo, e instruyendo sobre la obligatoriedad de que el marido ejerza la «corrección física» si ella muestra desobediencia o soberbia: »Y por tanto, os ruego que seáis muy amorosa y obediente con vuestro marido… pues si él os corrige por vuestras faltas, debéis recibir el castigo con humildad y callar, entendiendo que su ira nace del derecho y la autoridad que Dios le ha otorgado sobre vos».
La literatura mística y la poesía de la época no hicieron sino idealizar esta anulación de la voluntad femenina, elevando la sumisión extrema al rango de la más alta virtud celestial. Sin embargo, las voces más lúcidas de los albores del Renacimiento empezaron a denunciar el uso de la fe como un mecanismo para encubrir la tiranía y el maltrato físico en el lecho conyugal.
En su obra pionera La ciudad de las damas (1405), la escritora y filósofa Christine de Pizán desmontó con desgarradora ironía la hipocresía de los discursos masculinos que denigraban a las mujeres y justificaban los golpes bajo el pretexto del bien de sus almas:
»¡Cuántas mujeres han sido maltratadas, golpeadas, heridas e insultadas por sus maridos sin culpa alguna, y cuántas han muerto en el dolor por el solo hecho de estar sujetas a la brutalidad de quienes debían ser sus protectores! Y aun así, los hombres claman en sus iglesias que lo hacen por mantener la rectitud del hogar».
El dogma religioso de aquellos siglos consiguió arraigar en el inconsciente colectivo la noción de que la rebelión de la mujer ante el maltrato de su consorte no era solo una falta cívica, sino un pecado contra el Creador. Al revestir la fuerza con la dignidad del altar, la cultura occidental edificó el muro más alto y duradero para invisibilizar el sufrimiento doméstico.
-En la próxima entrega, analizaremos cómo el pensamiento de la Ilustración y el Contrato Social, a pesar de sus promesas de libertad universal, mantuvieron las cadenas de la domesticidad exclusoria bajo una nueva máscara laica y burguesa-
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