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Santo Domingo: la ciudad donde el tapón ya no es un problema… sino una forma de vida

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-Redaccion de TeclaLibre. 26 de mayo 2026-
En la Santo Domingo el tránsito dejó hace tiempo de ser un asunto de movilidad. Hoy es una mezcla explosiva de supervivencia urbana, improvisación institucional, crecimiento desordenado y cultura del “sálvese quien pueda”. Mientras las autoridades anuncian operativos, nuevos carriles, cámaras corporales y planes estratégicos, el ciudadano sigue atrapado entre motores zigzagueando, carros públicos detenidos en seco, guaguas peleando pasajeros y semáforos que parecen decorar las esquinas más que ordenar el caos.

La pregunta que muchos se hacen ya no es si el tránsito está colapsado. La pregunta es: ¿quién manda realmente en las calles dominicanas?

Las motocicletas se han convertido en el sistema nervioso informal de la economía dominicana. Delivery, motoconcho, mensajería, transporte improvisado, trabajo informal, rebusque diario. El problema no es la motocicleta en sí. El problema es que el Estado terminó aceptando que el motor sustituyera políticas públicas.

Las cifras son demoledoras: más del 70 % de las víctimas fatales en accidentes viales en República Dominicana son motoristas, según estadísticas recientes de OPSEVI y medios nacionales.

En menos de cuatro meses de 2026, ya se reportaban más de 200 muertes vinculadas a accidentes de motocicletas.

Pero aquí aparece la gran contradicción dominicana: el motorista es simultáneamente víctima y victimario. Es el más vulnerable en la vía, pero también el que más viola señales, circula sin casco, invade aceras, cruza semáforos en rojo y convierte las avenidas en videojuegos urbanos.

Y las autoridades parecen atrapadas entre dos miedos:

  • aplicar la ley y provocar un conflicto social;
  • o tolerar el caos para evitar costo político.
El carro público: patrimonio nacional… del desorden

El transporte público tradicional en Santo Domingo funciona como si cada chofer estuviera compitiendo en una carrera individual contra el tiempo y la paciencia de los pasajeros.

Se detienen donde quieren.
Recogen pasajeros en medio de la vía.
Bloquean carriles completos.
Giran sin señalización.
Y convierten cualquier avenida en una pista de frenazos.

El problema es estructural: durante décadas el Estado dejó el transporte colectivo en manos de sindicatos y federaciones que terminaron teniendo más poder operativo que muchas instituciones públicas.

Mientras en otras ciudades el transporte se organiza alrededor de rutas integradas, aquí todavía sobrevive una lógica de “concho” diseñada para una ciudad de hace 40 años.

OMSA: gigante lento en una ciudad acelerada

La OMSA nació para servir como alternativa estatal al caos del transporte privado. Pero muchos ciudadanos la perciben como una estructura lenta, insuficiente y desarticulada.

Aunque el gobierno ha intentado impulsar carriles exclusivos y mejorar la movilidad mediante corredores especiales para autobuses, las críticas persisten.

En teoría, la OMSA debería reducir vehículos privados y mejorar el flujo urbano.
En la práctica, sigue siendo incapaz de competir plenamente con:

  • el motoconcho,
  • el carro de concho,
  • las plataformas digitales,
  • y la cultura dominicana de movilidad improvisada.
Intrant: el cerebro sin brazos

El Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (INTRANT) fue concebido como el gran cerebro técnico del sistema vial dominicano.

Planes tiene.
Estudios también.
Documentos estratégicos sobran.

Incluso existe un ambicioso Plan de Movilidad Urbana Sostenible para el Gran Santo Domingo.

El problema es otro:
el Intrant muchas veces parece una institución con diagnóstico europeo operando sobre una realidad caribeña totalmente fuera de control.

Cada cierto tiempo anuncia:

  • reordenamiento vial,
  • sincronización de semáforos,
  • corredores inteligentes,
  • eliminación de giros,
  • operativos “No Estacione”,
  • nuevos carriles.

Y sin embargo, el ciudadano común sigue sintiendo que nada cambia realmente.

Porque el problema no es solo técnico.
Es cultural, político y económico.

Digesett: muchos agentes, poca autoridad

La DIGESETT representa quizá la metáfora más visible del fracaso vial dominicano.

Hay agentes en casi todas partes.
Pero rara vez control.

El conductor dominicano promedio siente que las reglas son negociables.
Que las multas son opcionales.
Que estacionarse en doble fila “son dos minutos”.
Que el tapón es culpa del otro.

Las críticas hacia la capacidad fiscalizadora de la institución son constantes.

Incluso cuando se implementan operativos, el caos reaparece días después, como si Santo Domingo tuviera una extraña habilidad para devorar cualquier intento de organización.

La ciudad creció… pero las calles no

Aquí está una de las raíces más profundas del problema.

Santo Domingo se expandió como una ciudad pensada para vehículos privados, pero sin planificación proporcional:

  • más torres,
  • más vehículos,
  • más motocicletas,
  • más deliveries,
  • más urbanizaciones,
  • más centros comerciales,
  • pero no suficientes vías nuevas ni transporte masivo eficiente.

El parque vehicular dominicano ha crecido de forma acelerada, especialmente las motocicletas, que ya representan más de la mitad del parque nacional.

El resultado:
una ciudad permanentemente congestionada.

El tapón como modelo económico

Aquí aparece el detalle más incómodo.

Muchos sectores viven del caos:

  • talleres,
  • dealers,
  • importadores de vehículos,
  • aseguradoras,
  • sindicatos,
  • motoconchos,
  • grúas,
  • combustible,
  • piezas,
  • parqueos improvisados.

El desorden mueve dinero.

Y cuando el caos se convierte en economía, resolverlo deja de ser tan sencillo.

El problema no es solo de tránsito… es de autoridad

Las estadísticas siguen siendo alarmantes:
miles de muertos en accidentes cada año y cientos de fallecidos en apenas meses de 2026.

Pero el drama real va más allá de los números.

El tránsito dominicano refleja:

  • debilidad institucional,
  • falta de educación vial,
  • improvisación urbana,
  • desigualdad social,
  • informalidad económica,
  • y una cultura donde la ley muchas veces se interpreta como sugerencia.

En República Dominicana el tránsito funciona como un espejo nacional: revela quién respeta las reglas… y quién aprendió que aquí sobrevivir importa más que obedecer.

Mientras el Intrant diseña planes, la Digesett pita silbatos y la OMSA intenta abrirse paso entre motores y carros públicos, Santo Domingo sigue atrapada en una jungla de bocinas, humo y desesperación.

Y quizá el verdadero problema no sea el tapón.

Quizá el verdadero problema es que el país terminó acostumbrándose a vivir dentro de él.

-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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