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ABINADER ASUME PRESIDENCIA DEL PRM

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Editorial: La prueba del árbitro y el arte de frenar el reloj

En la política dominicana, la tentación de adelantar el calendario electoral suele ser un vicio recurrente. Quien ocupa el poder tiende a ver cómo, apenas superada la mitad del mandato republicano, las pasiones proselitistas comienzan a desbordar la disciplina institucional. Por eso, el reciente traspaso de mando en el Partido Revolucionario Moderno (PRM) para el período 2026-2030 no es un mero formalismo estatutario: representa el inicio de un delicado ejercicio de equilibrio político.

Al asumir formalmente la presidencia de la parcela oficialista y lanzar como primera consigna que «primero está el país y su gente, y solo después estamos nosotros», la máxima dirección procura enviar una señal inequívoca de contención. La adición de liderazgos operativos en la secretaría general y la vicepresidencia ejecutiva busca sostener la maquinaria mientras el jefe de Estado intenta preservar la centralidad de la gestión pública.

El reto principal que enfrenta el PRM en este quinquenio directivo no radica en la capacidad de movilización de sus bases, sino en el manejo de las aspiraciones internas. Cuando un partido ostenta la hegemonía institucional, el verdadero riesgo raras veces proviene de la oposición externa; surge de la impaciencia por la sucesión. La historia política nacional está repleta de proyectos de gobierno que vieron diluida su efectividad administrativa cuando los funcionarios y legisladores comenzaron a medir sus decisiones en función de lealtades grupales o proyectos futuros.

Para evitar que el dinamismo interno se traduzca en una confrontación prematura, la nueva directiva deberá aplicar una regla de tres prioridades:

Garantizar que las decisiones de política pública no queden supeditadas a conveniencias grupales ni se utilicen los recursos del aparato gubernamental como plataforma de posicionamiento personal.

Mantener canales institucionales fluidos y equitativos para canalizar el debate interno, demostrando que la dirección partidaria no inclina la balanza a favor de ninguna facción.

Exigir que la militancia concentre sus esfuerzos en el cumplimiento de los compromisos de gobierno asumidos ante la ciudadanía, postergando la retórica proselitista para los tiempos que formalmente establece la ley.

El discurso de «el país primero» es conceptualmente impecable; su efectividad, sin embargo, se medirá en la práctica cotidiana. Sostener la cohesión de una estructura en el poder sin ahogar la pluralidad interna —y sin permitir que la contienda futura paralice la administración presente— es el verdadero examen de madurez política que el PRM tiene por delante.

-La Redacción de TeclaLibre-

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