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Avelino Stanley traspasa el siglo XXI con Historia de la literatura infantil y juvenil dominicana, un volumen de trazos generacionales

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Por: Enrique Cabrera Vásquez
La chispa de su imaginario creativo se encendió con el despertar de un nuevo siglo y un nuevo milenio: el año 2000. Las interrogantes que marcaron aquel acontecimiento telúrico en el pensamiento crítico fraguaron su entusiasmo hacia la investigación del tema escogido. Una encomienda personalizada a la que le dedicaría agotadoras horas de lecturas y trabajo intelectual. Un reto de dimensión trascendental. El resultado del esfuerzo: Historia de la literatura infantil y juvenil dominicana.
Una obra colosal que rebasa la cotidianidad cultural al recorrer el meandro histórico de la vasta producción de este género literario más allá de la República Dominicana.
A lo extensivo de las casi mil páginas que conforman e integran el acopio textual del libro, se van descubriendo títulos y autores cuyos aportes van estampando milimétricamente las emociones que despertaron en los infantes, adolescentes y jóvenes en cada época estudiada por Avelino Stanley Rondón. Para imprimirle sello de minuciosidad al trabajo de investigación, el autor dividió las sucesivas etapas por períodos definidos, que, partiendo de especificaciones concretas, ajustaron su presencia al gusto y la atracción de sus lectores señalados.
En este sentido, enfrenta la concepción eurocéntrica de la historia (capítulo 34), herencia impuesta por el dominio colonial y neocolonial, arraigado en formato de tradición polisémica, cuestionada duramente por el historiador y filósofo argentino Enrique Dussel, el cual nos enseñó a superar la fomentada narrativa tradicional sobre este tópico, desde una deconstrucción crítica y dialéctica.
Avelino va dando pasos certeros escudriñando la impronta de los hacedores de literatura infantil y juvenil, lo abraza ceremoniosamente con un ritual apasionado, y cuando lo suelta, coloca con delicadeza el producto consumado: la historia de realizaciones disfrutada por ingenuas generaciones alborotadas compitiendo encima de la premura de la infancia y la adolescencia encendida, mostrando sin preámbulos los pintorescos pocos años vividos. Volátil en su misma composición química, revelándose en la jaula de cristal de sus fantasías expuestas ante miradas sorprendidas.
La cronología de esta obra aumenta su relevancia cuando distingue a los precursores de este género literario en suelo dominicano, 1900 al 1969 (capítulo 83), un reconocimiento que permite conocer a estos autores en el exigente tejido literario nacional y cuyas obras han permanecido en puesto remoto en el conocimiento público.
En este aparte temático, valora las producciones de Virginia Elena Ortea, Fidel Ferrer, Ramón Emilio Jiménez, Pedro Henríquez Ureña, Manuel Emilio Suncar Chevalier, Abigail Mejía, Juan Bosch, Fabio Fiallo, Carmen Natalia, Livia Veloz, Aurora Tavárez Belliard, Ana María Fiallo, Manuel del Cabral, Delia Quezada, Margarita Vallejo de Paredes, Virginia de Peña de Bordas, Edna Garrido de Boggs, Joaquín Balaguer y Carmita Henríquez de Castro. Reconoce en cada uno sus títulos publicados la repercusión literaria de su aparición.
Con apuntes refrescantes, se reseña en el capítulo tres el proceso de fundación de la literatura infantil y juvenil dominicana (1970-1999), resaltando que “fueron tres décadas en que esta corriente alcanzó un auge inusitado en toda Europa occidental. Países como Dinamarca, Finlandia, Suiza, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia le han prestado una gran atención a este campo” (pág. 171).
Seguidamente, se auxilia de los estudios y análisis de Jaime García Padrino, Teresa Colomer y Ana Corralón para penetrar hondamente en la concretización de obras al respecto producidas en España, destacando que el cese de la dictadura permitió un proceso de renovación y dinamismo que comenzó en la década de los años 70, teniendo en los autores de literatura infantil y juvenil Jaime Ferrán, Gloria Fuertes, Charo Ruano, Marina Romero, Ana María Romero Yebra, Carlos Murciano, Gloria Sánchez, Jaime Siles y Olga Xirincachs, representantes cimeros, los cuales desempeñaron en su momento roles sobresalientes en ese renglón. Pág. 172 y 173.
Después de hurgar en el capítulo cuatro en torno al desarrollo de la literatura infantil y juvenil en Iberoamérica, a partir del año 2000, donde, según su visión, hubo un mejor dominio de las técnicas y la amplitud en la cantidad de géneros literarios cultivados, fecha en la que publicaron mayor cantidad de obras, particularizando este detalle y siguiendo apegado a un orden epocal en la plasmación del contenido de su investigación, entra a una parte conceptual definiendo la categoría de escritores establecidos, signándolo por el tiempo dedicado a ese tipo de creaciones, haciendo una mini biografía de cada uno bajo sus nombres y el título de su publicación; en total, suman 49. Al pie, infine, hace un breve comentario de lo ante expuesto.
Desde el principio hasta el final de la voluminosa obra Avelino Stanley nos va proporcionando detalles críticos que marcaron el prolongado proceso de la cultivación de la literatura infantil y juvenil, se nota claramente el entusiasmo en las narrativas acompañantes que se van sumando a las descripciones puntuales cristalizado en los cinco capítulos y 268 secciones que sustancian su esfuerzo intelectual.
Con esta obra, testimonio de un vasto y minucioso trabajo, el nombre literario de Avelino Stanley se eleva aún más, incorporando otro título a su carrera de escritor profesional. Además, presenta al país y fuera de nuestras fronteras los aportes maravillosos de sus autores, sacando a muchos de ellos de un injusto anonimato para que compitan en la historia como hacedores de una literatura de sueños: cantos a la luna, las estrellas y el cielo.
Es un jardín de lluvias de amores inocentes, un corretear sobre céspedes enrojecidos y pisar la tierra descalzo sintiendo el pinchazo de flores dulces, con la vida viviendo la primavera. Niños y niñas corriendo de la mano sobre la arena de una playa encantada, colectando mariposas bajo el sol con sonrisas abiertas al cielo, mientras el tiempo pasa sin freno rumbo a una noche llena de estrellas. Una maravillosa vida infantil, sonora como cascabeles navideños, que abraza las promesas de abuelos tiernos cuya existencia se achica bajo los vientos de otoños apresurados. Es la vida enseñando sus colores sobre la inocencia de la infancia, esa edad de cuentos encantados y magia de palabras pintadas en el horizonte del futuro.

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