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Boric y su política exterior: la grieta que separa a Chile del sector duro de la izquierda latinoamericana

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Cortesía de EL País /

Antonia Laborde

 

El presidente Gabriel Boric, el dirigente progresista de América Latina más duro en la condena a la invasión rusa en Ucrania y el más tajante en sus críticas a las violaciones de los derechos humanos en Venezuela y Nicaragua, en sus 16 meses al frente del Gobierno de Chile ha incomodado en diversas ocasiones a cierta izquierda de la región.

El mandatario de 37 años, líder de una generación que no se formó en el contexto de la Guerra Fría, ha hecho de los derechos humanos y de la afirmación de la democracia un elemento central de su política internacional, particularmente en América Latina, ganándose las críticas sobre todo de sandinistas, cubanos y bolivarianos.

En un registro distinto, han existido choques con su homólogo brasileño, Lula da Silva, con el que acumula desacuerdos.

Esta semana, en el marco de la cumbre de la Unión Europea y la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), mostraron nuevamente posiciones diferentes sobre la invasión rusa a Ucrania.

Algunos miembros de la diplomacia chilena interpretaron la frase como un desquite de Lula por lo ocurrido en la cumbre de presidentes de Sudamérica celebrada en Brasilia en mayo pasado, cuando Boric lo contradijo públicamente.

Refiriéndose al régimen venezolano, el presidente brasileño afirmó que “la democracia es un concepto relativo”, a lo que el mandatario chileno respondió: “La situación de los derechos humanos no es una construcción narrativa, es una realidad seria”. El líder venezolano Diosdado Cabello y el expresidente bolivano Evo Morales formularon, entonces, fuertes críticas contra Boric.

Ernesto Ottone, sociólogo chileno de centroizquierda, de pasado comunista y asesor clave del Gobierno del socialista Ricardo Lagos (2000-2006), analiza la última tensión: “Chile y Brasil no están alineados en lo absoluto y eso me parece que es una virtud. Brasil cumple el papel de pensar que tiene un peso internacional y que los demás países de América Latina tienen que seguirlo.

En política internacional, hay una sensibilidad distinta entre ambos frente al tema de la democracia. Lula también tiene una visión más contenciosa con Estados Unidos que Chile”, plantea.

Incluso en sus años como diputado –llegó al Parlamento en 2014–, Boric habló de “acabar con el doble estándar” de la izquierda en materia de derechos humanos. Pero la alianza del Frente Amplio con el Partido Comunista de cara a la presidencial que ganó a fines de 2021 encendió algunas alarmas y en la campaña Boric fue emplazado en reiteradas ocasiones a condenar las violaciones a los derechos humanos en países como Venezuela o Cuba.

Una vez en el poder, su postura sobre este asunto se hizo nítida y se transformó en un eje central de las relaciones exteriores de su Gobierno, aunque con La Habana no ha sido tan insistente como con Managua o Caracas.

El economista Carlos Ominami, exministro de Patricio Aylwin (1990-1994) y autor de Claroscuro de los Gobiernos progresistas. América del Sur: ¿Fin de un ciclo histórico o proceso abierto?, es crítico con la política internacional de Boric.

Considera que existe una falta de sintonía con el “esfuerzo que está haciendo Brasil para lograr una posición común en América Latina y tener una voz en el escenario global”. Ominami, que fue militante socialista, sí apoya la vocación de liderazgo regional de Brasil y cree que Chile ha estado disponible para avanzar en el diálogo sudamericano, “pero no ha tenido una diplomacia activa”. Por ejemplo, apunta a la reedición de Unasur, un debate donde el actual Gobierno chileno se ha mostrado cauteloso.

La abogada Antonia Urrejola, que fue ministra de Relaciones Exteriores del Gobierno de Boric en el primer año de mandato, considera que el chileno representa un nuevo liderazgo de la izquierda.

La expresidenta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), asegura que la forma de hacer política del jefe de Estado se asemeja a la de la neozelandesa Jacinda Arden o de la barbarense Mia Mottley. “Se trata de experiencias políticas muy diferentes, realidades diferentes”, sostiene Urrejola sobre Boric en comparación a líderes de la antigua izquierda latinoamericana.

“El respeto a las normas del derecho internacional y a los derechos humanos son principios y convicciones políticas y éticas fundamentales en el actual contexto mundial”, plantea la excanciller chilena sobre los episodios que lo han enfrentado sobre todo con los gobiernos de Venezuela y Nicaragua, porque considera que mandatarios como Lula Da Silva o Gustavo Petro de Colombia “son aliados naturales del presidente Boric en la región, aunque con matices y estilos distintos”. “No son en ningún caso antagónicos”, aclara Urrejola.

En marzo pasado, en el marco de la Cumbre Iberoamericana, Boric dijo: “Ortega no sabe que la patria se lleva en la sangre y no se quita por decreto”, en referencia al despojo de la nacionalidad a 94 ciudadanos por parte del régimen.

El canciller nicaragüense no tardó en responder: “No debe utilizar a Nicaragua para ocultar su traición al pueblo chileno y su entrega al imperio norteamericano. Exigimos respeto a nuestro Gobierno, respeto al pueblo nicaragüense”, dijo Denis Moncada.

Antes, en septiembre de 2022, el venezolano Cabello acusó a Boric de hablar “pendejadas” ante los líderes del mundo reunidos en Nueva York en el marco de la Asamblea General de la ONU.

“Si creen que vamos a capitular porque un bobo como Boric salió a hablar pendejadas de Venezuela están equivocados”, dijo Cabello. Para el diputado venezolano, Boric habló mal de Venezuela “para quedar bien con los gringos”. “Bien ridículo queda”, planteó.

Con un panorama político interno complejo –el Gobierno chileno ha sufrido dos derrotas electorales y enfrenta un caso de corrupción en el Frente Amplio, la coalición del propio mandatario–, para Boric la escena internacional parece un buen respiro, pese a los sinsabores con el sector duro de la izquierda latinoamericana.

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