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CUANDO TAMBORIL ERA UNA GRAN FAMILIA

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A propósito de las fiestas patronales de la Pajiza Aldea, Oscar Peña rescata de la memoria el entramado humano del Tamboril de ayer: una crónica entrañable de los rostros, comercios y personajes que convirtieron al pueblo en una sola y gran familia

-Cuando Tamboril era una gran familia-

Del Tamboril en que crecí, ese que todavía late con tanta fuerza en mi memoria, me llegan recuerdos a borbotones, como si las imágenes de aquellos años se agolparan unas detrás de otras, temerosas de quedarse atrás.

En aquel Tamboril era común que las personas, fueran servidores públicos, profesionales, trabajadores de un oficio, prestadores de servicios o propietarios de negocios, terminaran fundiéndose de tal manera con aquello que hacían y con el lugar donde lo hacían, que resultaba difícil separar una cosa de la otra. El nombre de una persona evocaba inmediatamente un establecimiento, una institución, un oficio o un servicio. Y viceversa.

Las personas eran los lugares, y los lugares tenían rostro de personas.

Pienso, por ejemplo, en mi padre, Niño Peña, y la Tesorería; en Elpidio Comprés y su mano derecha, Juan Comprés, uno de los mecanógrafos más rápidos que he conocido, en la Oficialía del Estado Civil; Daniel Veras era la bandera en el ayuntamiento. Camilo Comprés y Niño Mendoza eran la Junta; Fey Rodríguez o Rafael Reyes, los fiscales, y Niño el alguacil. Marta era el correo. Don Titín era la luz y el teléfono; Gelo y Enriques, el acueducto; Chico Liriano, la sanidad.

Fellito Ramos y Pilingo eran nuestros porteros y el ornato, mientras que Antonia Rosario era limpieza. Cuso era el camión de la basura, y Clementico limpiaba el pueblo. Alicio y Fello eran el parque. Pepillo era los caños.

Doña Fredé era la escuela Sergio A. Hernández, mientras doña Rita de López era la maestra de la escuela de tejido. Chea Germosén era la biblioteca. El padre Disla, de nuestra parroquia San Rafael. Fanfi, Lola y Fausto eran el coro. Miguel Germosén, Hussaíno y Polito eran la Banda Municipal.

El doctor Ico Martínez y, por supuesto, César Vásquez eran el Seguro Social. El doctor Rodríguez o el doctor Heredia eran el hospital; D’Meza, el doctor; Perfecto Martínez, el dentista. Zunilda o Toña eran las enfermeras de todo el pueblo. Y Víctor Hernández, su hermano Minón y Dilcia Peralta eran la farmacia.

General y su hijo Freddy eran nuestra relojería. Juan Bobé, el ventorrillo. Salvador Lizardo fue pulpería y vellonera, antes de convertirse en ferretería y La Carretilla; Guaguá Rosario era la ferretería. Ubaldo, Antonio Cachipo y Alfonsito, el de Chila, eran la sastrería. Doña Dilia y Culla eran las modistas. Manuel Germosén, Fabio y Víctor Gómez eran nuestros zapateros, aunque Víctor Gómez también representaba la talabartería, el peso y las sombrillas. Teyén era variedades, pero Francisco Domínguez y Odalis Hernández eran la tienda, aunque Lidia, la de Fausto, también. Ramoncito Amaro, Aristides Aponte y Braulio eran el almacén. Mayullo, Pilingo, Arismendi (el barberito) y Rey eran la barbería. Francisco Rodríguez, o cualquiera de sus hijos, era la fotografía. Mario Alegría y Mimingo eran el banco.

Francisco Sem (Jarandine) y Nunilo eran los mecánicos. Adelso y Baby eran gasolina. Vaya, Drilo y Saturnino eran el lustre del carro, por arriba y por abajo.

Fin Espinal era el carro público, mientras Aquiles, El Piloto, Liriano o Francisco Fernández eran la garantía de un viaje a la capital o al consulado.

Pucho Santana, Fellito Morales y Santos Martínez nos remiten a las galletas y el pan. Doña Tetén o Rosa, la de Fin, eran la leche por botella. Leónides y Luis eran las batidas, la torta y los sanduchitos. Mercedes era la boruga, los riquitaquis y las batidas de cocoa y Carmen, la barra del FEJUCOA. Sonia, la de Chenchito, era el bizcocho de colores; Mañón, los bizcochitos; y doña Lucía, el bizcocho de la boda. Rafael (Saca Chispas) y Robert eran el guayao.

Luis Abréu, Moncito, Fabio o Negro Céspedes eran la carnicería. Ovalles era los pollos matados. Charo, su motor y su batea eran el chicharrón. Clemen era los fritos, los chicharrones y el carbón. Matilde era las empanadas El Tubo. Nanán y los Dájer eran el salchichón.

Juan Martínez era el bar El Bambú. Papa Vargas fue primero El Típico, y luego Elis y Carretilla. Eddy Martínez fue FEJUCOA; Isidoro era la barra. Camejo era El Nacional y, junto a Chirrí, Tite y Quiquito, también nuestros camareros. Nanino era el Club Casino Primavera. Marinito Rodríguez era Radio Tamboril y la guagüita anunciadora. Daniel, Arturo y Nicanor fueron el cine. Ventura Martínez era la sede de nuestras excursiones. Toñita era la loma. Francisquito, La Perra, era las fiestas patronales.

Y así, nombre tras nombre, oficio tras oficio, van apareciendo ante mí los rostros y las pequeñas historias de aquel universo entrañable. De seguro se me escapan otros nombres, es inevitable. Quizás otros, al leer estas líneas, completen la lista con sus propios recuerdos.

Así se iba tejiendo nuestro Tamboril, con el trabajo de su gente. Y quizá por eso, tantos años después, sigue tan vivo dentro de nosotros. Porque hay lugares que uno abandona, pero que nunca terminan de abandonarlo a uno. Tamboril es uno de ellos.

Oscar Antonio Peña

rodriguezsluism9@gmail.com    https://teclalibremultimedios.com/category/portada/

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