La deuda externa es, en esencia, la versión soberana de la ruleta rusa con tres balas en el tambor: no mata en el primer disparo, pero el gatillo siempre lo aprieta alguien fuera de casa.
En el tablero geopolítico global, la trampa del endeudamiento externo ha dejado de ser una mera fórmula macroeconómica para consolidarse como una implacable herramienta de subordinación geoeconómica.
El «apalancamiento» en el actual ajedrez global
La soga de la deuda: Entre el espejismo del desarrollo y la hipoteca de la soberanía
El relato de la deuda externa en el ajedrez global suele presentarse con dos rostros contradictorios. Por un lado, la narrativa oficial lo maquilla como una genialidad técnica: un acceso inmediato a divisas fuertes que promete apalancar grandes obras de infraestructura, atraer inversión y acelerar el crecimiento del Producto Interno Bruto. Bajo esta perspectiva, el crédito externo se percibe como el atajo perfecto para el desarrollo de las economías emergentes.
Sin embargo, la crudeza de la realidad geopolítica revela una bomba de tiempo con mecha corta. La supuesta soberanía monetaria se disuelve en una dependencia absoluta del dólar; basta con que la Reserva Federal estadounidense ajuste sus tasas de interés o que un conflicto en Oriente Medio encarezca la inflación global para que el costo de refinanciar esa deuda se vuelva impagable. Al mismo tiempo, las promesas de inversión extranjera mutan en la trampa del condicionamiento diplomático, donde organismos multilaterales y potencias acreedoras no solo cobran intereses, sino que exigen activos estratégicos, concesiones de recursos naturales y alineamiento político estricto.
Al final, la proyección de un crecimiento económico idílico cede ante la asfixia presupuestaria. El pago devorador de los intereses termina desmantelando los fondos destinados a salud, educación y seguridad, transformando la ilusión de progreso en un cerco que comprime el margen de maniobra de los Estados.
La paradoja del patio propio: El contexto regional
A nivel local y regional, la dinámica del endeudamiento muestra señas de un agotamiento preocupante:
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El costo del dinero caro: En un contexto donde la deuda global roza niveles récord y el gasto público en servicio de intereses supera marcas históricas, emitir bonos soberanos o recurrir a crédito interno en moneda fuerte equivale a empeñar el futuro para pagar la nómina del presente.
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Gasto corriente vs. Desarrollo: La «genialidad» requiere que cada dólar prestado se traduzca en obras que generen divisas o incrementen la productividad. Cuando el endeudamiento se utiliza para cubrir déficits fiscales recurrentes o parchar el gasto público sin transformar la estructura productiva, la «bomba» inicia su cuenta regresiva.
En el teatro geopolítico contemporáneo, la deuda externa funciona como una genialidad para los acreedores que colocan liquidez y dictan la agenda global, y como una bomba de tiempo con mecha corta para las economías periféricas que confunden el crédito con el desarrollo real.
Radiografía de la deuda en Quisqueya
El saldo del Sector Público No Financiero (SPNF) roza los US$67,370 millones (un 47.9 % del PIB), disparando la deuda pública consolidada —sumando los compromisos del Banco Central— por encima de los US$83,700 millones (59.5 % del PIB).
El dilema dominicano no radica estrictamente en el tamaño de la deuda frente al PIB, sino en el costo impositivo de mantenerla viva:
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│ RECAUDACIÓN TRIBUTARIA ANUAL EN REPÚBLICA DOMINICANA │
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│ ~26 % DEL ITBIS Y │ │ 74 % RESTANTE │
│ DEL ISR EN 2026 │ │ PARA EL PAÍS │
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Pago exclusivo de Salud, Educación,
intereses de la deuda Infraestructura,
(RD$322,000+ Millones) Seguridad y Nómina
Por cada RD$100 que la DGII y Aduanas recaudan de impuestos, más de RD$26 van a parar directamente al pago de intereses, superando los RD$322,000 millones presupuestados para este rubro.
Las tres grietas de la política económica local
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El parche de los bonos soberanos: La estrategia de acudir reiteradamente a los mercados internacionales mantiene la liquidez de las reservas internacionales, pero somete las finanzas al arbitraje de la Reserva Federal y a los dictámenes de las agencias calificadoras de riesgo.
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El lastre del subsidio eléctrico: La incapacidad estructural para frenar las pérdidas en la distribución eléctrica devora miles de millones de dólares anuales en transferencias corrientes, drenando el financiamiento que debería destinarse a inversiones productivas.
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Inversión de capital en mínimos: Apenas un 12 % del Presupuesto General del Estado se canaliza hacia gastos de capital u obras públicas. Se emite deuda dura en divisas no para crear riqueza, sino para sostener la nómina estatal y los gastos operativos del aparato gubernamental.
La paradoja del modelo
República Dominicana exhibe estabilidad macroeconómica, un tipo de cambio controlado y un crecimiento del PIB constante. Sin embargo, su política fiscal camina sobre la cuerda floja: un modelo de desarrollo financiado con préstamos que devoran su propia recaudación.
Sin una reforma estructural que racionalice el gasto corriente y redirija el endeudamiento a proyectos con retorno económico genuino, la mecha de la deuda continuará consumiéndose lentamente en el presupuesto de los dominicanos.
-Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre-
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