InicioCEREPOESIAEDITORIAL #3:EDITORIAL: Guerra y sistemas Lucas, refugio de gobernantes cobardes

EDITORIAL #3:EDITORIAL: Guerra y sistemas Lucas, refugio de gobernantes cobardes

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Carlos Marquez Cabrera  /

 

 

En marzo de 2026, durante la denominada Operación Furia Épica, Estados Unidos desplegó por primera vez en combate el dron LUCAS (Low-Cost Uncrewed Combat Attack System).

No era un arma más. Era la materialización de una nueva doctrina.

La de la guerra barata, la guerra en masa, la guerra que puede lanzarse sin despeinarse.

Cada unidad cuesta alrededor de 35 mil dólares, una fracción del misil Tomahawk de 1,3 millones. Con el presupuesto de un solo caza furtivo, puedes comprar un enjambre.

Y con un enjambre, puedes saturar cualquier defensa, abrir cualquier brecha, matar a cualquiera.

Pero el LUCAS no es solo un problema económico. Se trata de una herramienta política diseñada para resolver el principal problema de los gobernantes en tiempos de guerra y que tiene que ver con la rendición de cuentas.

Es que que un dron que opera en enjambre, sin piloto, sin GPS y sin enlace de radio, no deja huellas. Carece de nombre. No tiene un rostro.

Sin embargo, cuando un enjambre de LUCAS arrasa un barrio, un hospital o una escuela, ¿quién responde?

El general dirá que fue un ataque quirúrgico. El presidente dirá que los datos indicaban que era un objetivo militar. En tanto el fabricante dirá que el sistema actuó conforme a su programación. En definitiva, todos van a señalar al algoritmo. Pero el algoritmo, no habla.

Esa es la gran innovación de los sistemas LUCAS. No son más precisos; es que son más difíciles de juzgar.

Los tratados de Ginebra se escribieron para soldados, para generales, para Estados. No se escribieron para un código que decide en milisegundos. Los gobernantes lo saben. Pese a saberlo han invertido miles de millones en autonomía letal; porque la autonomía es su mejor abogado.

Cuando un piloto bombardea una escuela, sabemos su nombre, su escuadrón, su orden.

Cuando lo hace un enjambre de LUCAS, no sabemos ni qué botón se pulsó ni quién lo pulsó. El refugio está servido.

El Pentágono ha seleccionado a la empresa Shield AI para integrar su software autónomo Hivemind en los drones LUCAS. Hivemind permitirá que grupos de drones coordinen, maniobren y se adapten juntos a las condiciones cambiantes en tiempo real.

Un solo operador controlará enjambres enteros. La empresa afirma que el sistema permite a los drones sentir, decidir y actuar de forma independiente, sin intervención humana.

El humano, en el mejor de los casos, observa. En el peor, asiente. De ahí que, cuando la matanza termine, nadie podrá señalar con el dedo a nadie. El algoritmo no tiene rostro y el programador no estaba allí.

De su lado, el general solo siguió el protocolo, mientras el presidente, desde su despacho, se lavará las manos, ya que la IA identificó el objetivo.

La guerra se ha convertido en un juego, donde las muertes no suman, sin restar en la conciencia de quienes apretan el botón.

El Papa Francisco ha reiterado, hay que impedir que la tecnología «escape al control moral y jurídico del hombre».

Los gobernantes no quieren control; quieren coartadas.

El secretario general de la ONU, António Guterres, pidió en diciembre de 2024 establecer nuevas prohibiciones y restricciones a los sistemas de armas autónomas para 2026.

Estamos en 2026, y la realidad es que el refugio de los cobardes sigue en pie.

Porque el debate no es si los drones funcionan. El debate es para qué los usamos.

La tecnología no es el problema; es el escudo.

Los sistemas LUCAS, en las guerras, son una coartada mortal. Los gobernantes, los cobardes lo saben y se refugian en ellos.

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