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EEUU DUPLICA SU APUESTA, PERO YA RUSIA GANÓ LO QUE QUERÍA

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Rio de Janeiro.- El 24 de febrero de 2022, Rusia invadió el territorio de Ucrania y violó una norma básica del derecho internacional consagrada en los Acuerdos de Paz posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que condena todas y cada una de las violaciones de la soberanía nacional realizadas sin la aprobación o el consentimiento del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

(“Cuando Estados Unidos impulsó cinco oleadas de expansión de la OTAN hacia el Este hasta las puertas de Rusia… ¿alguna vez pensó en las consecuencias de empujar a un país grande contra la pared?”, Hua Chunying, Portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China. Febrero, 2022).

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Exactamente de la misma manera que el Reino Unido y Francia violaron este derecho, cuando invadieron el territorio de Egipto y ocuparon el Canal de Suez, en 1956, sin el consentimiento del Consejo de Seguridad, violación que también ocurrió cuando la Unión Soviética invadió Hungría, en 1956, y Checoslovaquia, en 1968.

Asimismo, Estados Unidos invadió República Dominicana, en 1965, y nuevamente invadió y bombardeó los territorios de Vietnam y Camboya a lo largo de la década de 1960; lo mismo volvió a ocurrir cuando China volvió a invadir el territorio de Vietnam, en 1979, por recordar algunos casos más sonados de invasiones que tuvieron lugar sin el consentimiento del Consejo de Seguridad de la ONU.

En todos estos casos, las potencias invasoras alegaron “justa causa”, es decir, la existencia de amenazas a su “seguridad nacional” que justificaban sus “ataques preventivos”. Y, en todos estos casos, los países invadidos cuestionaron la existencia de estas amenazas, sin que jamás se tomara en cuenta su posición.

Es decir, en la práctica, siempre ha existido una suerte de “derecho internacional paralelo”, después de la Segunda Guerra Mundial -y podría decirse más- a lo largo de la historia del sistema internacional consagrado por la firma de la Paz de Westfalia, en 1648: las “grandes potencias” integrantes de este sistema siempre han tenido el “derecho exclusivo” de invadir el territorio de otros países soberanos, teniendo en cuenta únicamente su propio juicio y discreción, y su capacidad militar para imponer su opinión y voluntad a los países más débiles del sistema internacional.

Lo que sucedió, sin embargo, es que después del final de la Guerra Fría, este “derecho a invadir” pasó a ser un monopolio casi exclusivo de Estados Unidos y el Reino Unido.

Baste decir que, en los últimos 30 años, Estados Unidos (casi siempre con el apoyo de del Reino Unido) invadió sucesivamente, y sin el consentimiento del Consejo de Seguridad de la ONU: el territorio de Somalia, en 1993 (300 mil muertos); Afganistán, en 2001 (180 mil muertos); Iraq, en 2003 (300 mil muertos), Libia, en 2011 (40 mil muertos); Siria, en 2015 (600 mil muertos); y, finalmente, Yemen, donde ya han muerto unas 240 mil personas.

Lo que sorprende en todos estos casos es que, a excepción de la invasión angloamericana de Iraq en 2003, que provocó una reacción mundial y contó con la oposición de Alemania, las otras iniciadas por Estados Unidos nunca provocaron una reacción tan violenta y cohesiva de las élites euroamericanas, como la reciente invasión rusa del territorio de Ucrania. Y todo indica que es precisamente porque en esta nueva guerra Rusia reclama su propio “derecho a invadir” otros territorios, siempre que considere que existe una amenaza a su soberanía nacional.

Es obvio que las cosas no se hacen de forma pura y dura, y es en este punto que adquiere gran importancia la llamada “batalla de los relatos”, según la cual se intenta convencer a la opinión pública mundial de que sus argumentos son más válidos que los de sus oponentes. Y en este campo, Rusia ha ido logrando una victoria lenta pero progresiva, a medida que se van difundiendo informaciones proporcionadas por sus propios opositores, que caracterizan la existencia de comportamientos de asedio y acoso militar y económico a Rusia, que se inició mucho antes del 24 de febrero, 2022, con el objetivo de amenazar y debilitar su posición geopolítica y, en última instancia, fragmentar el propio territorio ruso.

El 8 de febrero de 2023, el célebre periodista estadounidense Seymour Hersh, ganador del Premio Pulitzer de Reportaje Internacional de 1970, hizo pública, a través de un artículo en Substack, («How America Took Out The Nord Stream Pipeline»), la información de que fueron buzos de la Marina estadounidense quienes instalaron los explosivos que destruyeron los gasoductos Nord Stream 1 y 2, en el mar Báltico, el 26 de septiembre de 2022, con autorización directa del presidente Joe Biden.

Una operación con el amparo de los ejercicios BOLTOPS 22 de la OTAN, realizados tres meses antes en el Báltico, cuando se instalaron dispositivos que eran activados a distancia por operadores noruegos. Y después de esta revelación inicial del Sr. Hersh, cada día se agrega nueva información que refuerza la tesis de que el ataque fue planeado y ejecutado por la Marina de EEUU, y que la destrucción de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 fue, en realidad, una de las causas “ocultas” de la ofensiva estadounidense en Ucrania.

En la misma dirección, a principios de diciembre -unas semanas antes de estas revelaciones del periodista estadounidense-, la ex primera ministra de Alemania, Angela Merkel, declaró en una entrevista concedida al diario alemán Die Zeit que los Acuerdos de Minsk establecidos entre Alemania, Francia, Rusia y Ucrania, el 13 de febrero de 2015, no fueron en serio, y solo se firmaron por los alemanes para dar tiempo a Ucrania a prepararse para una confrontación militar con Rusia.

Lo mismo hizo el expresidente francés François Hollande, admitiendo en una entrevista con un medio ucraniano dos semanas después que los Acuerdos de Minsk solo pretendían ganar tiempo mientras las potencias occidentales reforzaban militarmente a Kiev para enfrentarse a Rusia.

En otras palabras, los dos líderes más importantes de la Unión Europea han reconocido abiertamente que firmaron un tratado internacional sin intención de cumplirlo; y que, además, la estrategia de los dos (junto con EEUU y el Reino Unido) era preparar a Ucrania para un enfrentamiento militar directo con Rusia. Declaraciones totalmente coherentes con el comportamiento de Estados Unidos, que boicoteó las conversaciones de paz entre rusos y ucranianos, celebradas en la frontera de Bielorrusia, el 28 de febrero de 2022, cinco días después del inicio de la operación militar rusa en territorio ucraniano. Y del Reino Unido, que boicoteó directamente la negociación de paz iniciada en Estambul el 29 de marzo de 2022, y que se vio interrumpida por la intervención personal del primer ministro británico, llevada a cabo en una visita sorpresa de Boris Johnson a Kiev el 9 de abril de 2022.

Estas son declaraciones y comportamientos que solo refuerzan la “narrativa” de los rusos de que el conflicto en Ucrania comenzó mucho antes de la “invasión rusa” del territorio ucraniano. Más precisamente, cuando el gobierno estadounidense del demócrata Bill Clinton deshizo la promesa hecha por James Baker, secretario de Estado en el gobierno de George Bush, al presidente ruso Mijail Gorbachov, de que las fuerzas de la OTAN no avanzarían hacia Europa del Este tras la disolución del Pacto de Varsovia.

Porque fue exactamente a partir de ese momento que las cinco oleadas de expansión de la OTAN mencionadas por Hua Chunying (diplomática china citada en el inicio de este artículo) se sucedieron, llegando a las fronteras rusas de Georgia y Ucrania.

En 2006, el presidente George W. Bush fue aún más lejos y propuso directamente la inclusión de Georgia y Ucrania en la OTAN, lo que provocó la respuesta del presidente Vladimir Putin en la reunión anual de la Conferencia de Seguridad de Munich en febrero de 2007, cuando advirtió explícitamente que era inaceptable para los rusos que la OTAN avanzara a sus fronteras, en particular en la región de Ucrania y el Cáucaso. Y efectivamente, al año siguiente, en agosto de 2008, por primera vez desde el fin de la URSS, Rusia movilizó sus tropas para derrotar a las fuerzas georgianas comandadas por Mijeil Saakashvili y luego ocupar de forma permanente los territorios de Osetia del Sur y Abjasia, en el Norte del Cáucaso. Después de eso, comenzó el conflicto en Ucrania, con el derrocamiento de su presidente electo, Viktor Yanukovich, por el llamado Movimiento EuroMaidan, que contó con el apoyo directo de Estados Unidos y varios gobiernos europeos.

El resto de la historia es bien conocido, desde la incorporación de Crimea a territorio ruso, hasta el reconocimiento ruso de la independencia de las repúblicas de Donestsk y Lugansk, pasando por los fallidos Acuerdos de Minsk y la propuesta presentada por el gobierno ruso a la OTAN y autoridades gubernamentales americanas, el 15 de diciembre de 2021, solicitando una re-discusión abierta y diplomática del tema Donbass y todo el equilibrio estratégico y militar de Europa Central. Propuesta que fue rechazada o ignorada por los norteamericanos, y por los principales gobiernos de la Unión Europea, iniciándose el propio conflicto bélico, ya en territorio de Ucrania.

Un año después del inicio de la invasión rusa, la guerra es ahora directa y explícita entre Rusia y Estados Unidos y sus aliados europeos, y todo indica que Estados Unidos ha decidido incrementar aún más su implicación en el conflicto. Pero ahora mismo, desde un punto de vista estrictamente militar:

I) Los rusos ya han consolidado una línea de frente consistente y cada vez más infranqueable para las tropas ucranianas, y con ello conquistaron el territorio y la independencia definitiva de Donbass y Crimea, zonas ucranianas con población mayoritariamente rusa.

II) A partir de esta conquista consolidada, los rusos comenzaron a ocupar una posición privilegiada desde la cual atacar o responder a los ataques de las fuerzas ucranianas con sus nuevas armas americanas y europeas, pudiendo llegar a las regiones más occidentales de Ucrania, incluyendo Odessa y Kiev.

III) Además, las fuerzas ucranianas ya no tienen la menor posibilidad de resistir sin la ayuda permanente y masiva de los EEUU y la OTAN. Y las fuerzas estadounidenses y de la OTAN se enfrentan cada vez más al dilema de un enfrentamiento directo con los rusos, que podría ser catastrófico para toda Europa.

IV) Finalmente, aunque la guerra no escale a una dimensión europea o global, las Fuerzas Armadas Rusas saldrán de este enfrentamiento más poderosas de lo que entraron, con el desarrollo y perfeccionamiento de armamentos que le darán definitivamente la supremacía militar dentro de Europa, en ausencia de los Estados Unidos.

Asimismo, desde un punto de vista estratégico y de largo plazo, la victoria más importante de Rusia, hasta el momento, fue poner a Estados Unidos y al Reino Unido en un “callejón sin salida”. Si las dos potencias anglosajonas prolongan la guerra, como quieren, cada día que pase Rusia estará dando un paso más hacia la conquista de su propio “derecho a invadir”. Pero, al mismo tiempo, si Estados Unidos y el Reino Unido acuerdan negociar la paz, implícitamente estarán reconociendo que ya han perdido un “monopolio” que era fundamental para la conquista y mantenimiento de su poder global: su derecho -como gran potencia- a invadir el territorio de los países que considere sus adversarios.

Rusia ya ha recuperado este derecho, después de un año de guerra en Ucrania, por la fuerza de las armas. Y esta es la verdadera disputa que se libra entre las grandes potencias, en su pugna por el “poder global”, como siempre, de espaldas a todos y cada uno de los juicios éticos y críticos de la guerra misma, y de su inmensa riqueza humana, social, y desastre social, económico y ecológico.

(Prensa Latina)

 

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