Municiones dominicanas en Haití
El hallazgo de municiones dominicanas en manos de pandillas haitianas revela graves contradicciones entre la Cancillería y las Fuerzas Armadas. Análisis del «desorden» gubernamental.
Por: Luis Rodríguez Salcedo / Redacción Tecla Libre]
La República Dominicana se encuentra en el ojo del huracán diplomático, y la brújula en el Palacio Nacional parece estar dando vueltas sin control. Un reciente informe del comité de expertos del Consejo de Seguridad de la ONU ha soltado una bomba de relojería que no estalló en las calles, sino en los despachos: municiones con la estampa de la Policía Nacional y del Ejército de República Dominicana (ERD) están alimentando los arsenales de las sanguinarias coaliciones de pandillas en Haití, como los 400 Mawozo.

Sin embargo, lo que más alarma a los expertos no es solo la permeabilidad de nuestra frontera, sino el aparatoso “desorden gubernamental” y la falta de cohesión del Estado dominicano para dar la cara ante la comunidad internacional.
Así lo desmenuzó el sociólogo e internacionalista Inocencio García, titular de Asuntos Haitianos de la Fuerza del Pueblo, durante una reveladora entrevista con el veterano periodista Héctor Herrera Cabral en el espacio De Entero Crédito. Su diagnóstico es lapidario: estamos ante una crisis gravísima de seguridad y reputación, y el gobierno está respondiendo con «declaraciones sueltas».
El coro de las contradicciones: Cancillería vs. Fuerzas Armadas
Cuando un organismo de la magnitud del Consejo de Seguridad de la ONU te señala, el librito de crisis internacional dicta que el Estado debe hablar con una sola voz. Aquí ocurrió todo lo contrario.
Mientras el Ministro de las Fuerzas Armadas emitía un comunicado alegando que «ni siquiera hay rastro» y que se desconoce cómo esas municiones cruzaron la frontera, el Canciller de la República se despachaba con la excusa de que esas balas y ametralladoras calibre 50 “son de la era de Trujillo”.
“Una declaración da el Ministro de las Fuerzas Armadas y una declaración da el Canciller. No hay coherencia en lo que se señala… tú notas un verdadero desorden en el Gobierno, y ese desorden se traslada a la sociedad dominicana”, sentenció García.
La excusa de la «era de Trujillo» se cae por su propio peso. Las cápsulas encontradas en Haití tienen el grabado “ERD” (Ejército de República Dominicana), una nomenclatura que se instituyó a partir de la nueva ley del 2013, cuando dejó de llamarse Ejército Nacional (EN). Estamos hablando de pertrechos modernos, despachados presuntamente después de 2022.
El silencio del Comandante en Jefe
En cualquier nación con sus instituciones en orden, el trasiego de armas del Estado hacia grupos calificados internacionalmente como terroristas, provocaría un remezón profundo. En Estados Unidos —como atinadamente señalaba Herrera Cabral en la entrevista— ya habría un desfile de generales y ministros sudando la gota gorda ante una interpelación del Congreso.
Aquí, el silencio es sepulcral en las altas esferas. Para Inocencio García, ante una imputación de esta gravedad, el Comandante en Jefe (el presidente Luis Abinader) debió suspender cualquier agenda internacional, asumir el control, conformar un Comité de Crisis y rendirle un informe contundente al país y al mundo. En su lugar, se ha dejado el tema al libre albedrío de funcionarios abordados en los pasillos, ofreciendo versiones encontradas.
La diplomacia “Cimarrona” y la vulnerabilidad fronteriza
A la crisis institucional se le suma la triste realidad de nuestra geografía. Haití hoy es un estado colapsado, sin control aéreo, marítimo ni terrestre. Por sus costas entra un flujo alarmante de drogas y armas (se estiman hasta 500,000 armas ilegales) provenientes en su mayoría de Estados Unidos y Jamaica.
Haití juega con nosotros lo que García define como la «diplomacia cimarrona»: un juego de suma cero donde lo que ellos ganan, nosotros lo perdemos. Mientras los líderes haitianos se victimizan ante el mundo y nos acusan de cerrar el espacio aéreo, por debajo de la mesa toleran —y se lucran— del tráfico ilícito a lo largo de los escasos 54 kilómetros que separan a Jimaní de Puerto Príncipe.
Conclusión: Un Estado que no se respeta no puede exigir respeto
El país exige a la comunidad internacional que intervenga en Haití, pide que se clasifique a las pandillas como terroristas, pero al mismo tiempo nuestras propias municiones oficiales terminan masacrando a inocentes del otro lado de la isla.
Este episodio deja al desnudo un gobierno que reacciona tarde y mal. El «desorden» administrativo no es un simple tema de relaciones públicas; cuando toca las Fuerzas Armadas y el tráfico de municiones, se convierte en una amenaza directa a la seguridad nacional. Es hora de que el Palacio Nacional deje las contradicciones mediáticas y asuma la responsabilidad de Estado que esta crisis demanda. Al tigre —como se definió a la actual clase política haitiana en la entrevista— no se le enfrenta con excusas de la era de Trujillo, se le enfrenta con orden en la casa.
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