Del Sismo de la Tierra al Sismo del Poder: El Enigma de una Venezuela en Escombros
Por la Redacción de TeclaLibre
Santo Domingo / Caracas
Hay días en que la geografía y la historia se ensañan contra el mismo suelo. Venezuela hoy no solo cruje bajo el peso de sus contradicciones políticas; se estremece, literalmente, desde sus cimientos más profundos. Al drama ya crónico de una nación fracturada se le ha sumado el zarpazo ciego de la naturaleza: un doble sismo de magnitudes 7,2 y 7,5 que ha dejado al descubierto —con la crudeza de una radiografía en ruinas— las costuras rotas de un Estado exhausto.
¿En qué desencadenará este laberinto de réplicas físicas y políticas? ¿Cuándo llegará la tregua para el ciudadano de a pie?
La crónica de la calle es desoladora. En Caracas y La Guaira, las morgues improvisadas y el llanto de miles de familias buscando a sus desaparecidos entre el concreto conviven con el patrullaje militar. Los sismos recientes no sólo derribaron edificios vulnerables; sepultaron el discurso del «país que se arregló».
La emergencia humanitaria ha sido de tal magnitud que el Palacio de Miraflores —históricamente alérgico a la mirada extranjera— tuvo que abrir los cielos a las brigadas de rescate de las Naciones Unidas, de sus vecinos Colombia y Brasil, e incluso de los Estados Unidos. Es el pragmatismo del dolor: cuando la infraestructura hospitalaria colapsa por completo, la soberanía ideológica se convierte en un lujo inalcanzable.
En lo político, el sismo institucional ocurrió poco antes de que temblara la tierra. La captura y traslado a suelo estadounidense de Nicolás Maduro y Cilia Flores descabezó la estructura tradicional del poder. Sin embargo, quienes esperaban un desmoronamiento instantáneo del aparato chavista subestimaron el instinto de supervivencia de la nomenclatura.
Con el respaldo expedito del Tribunal Supremo, Delcy Rodríguez asumió como Presidenta Encargada, configurando un esquema de mando colegiado junto a su hermano Jorge Rodríguez en el Parlamento y Diosdado Cabello en el control de las armas y el orden interno desde el Ministerio del Interior. Mientras tanto, desde la Fiscalía General, Tarek William Saab opera como el guardián de la disciplina interna, apagando con carpetas judiciales cualquier atisbo de disidencia o quiebre en las filas de la revolución.
Es un madurismo sin Maduro, cohesionado por un enemigo común y por las órdenes de captura internacionales que pesan sobre sus cabezas por acusaciones vinculadas al narcotráfico.
El análisis político obliga a mirar el retrovisor. Venezuela ya vivió la ilusión de las transiciones rápidas. La escena teatral del interinato de Juan Guaidó en 2019 demostró que el reconocimiento diplomático en Washington o Bruselas es estéril si no se traduce en el control real del territorio, de las aduanas y, fundamentalmente, de los cuarteles. Aquel espejismo se disolvió entre la frustración colectiva y los errores tácticos de una oposición que se terminó canibalizando a sí misma.
La realidad actual es distinta. El liderazgo de María Corina Machado —pese a la persecución feroz, las inhabilitaciones y el exilio de gran parte de su entorno tras las cuestionadas elecciones de julio de 2024— conserva un arraigo simbólico e íntimo en la población. La oposición ya no busca el golpe de efecto de una autoproclamación en una plaza pública; apuesta a la resistencia de fondo y a la validación internacional de las actas de votación, esperando que el peso económico del aislamiento termine de agotar las reservas de la clase gobernante.
En este ajedrez, el tablero internacional se mueve entre la cautela y la asfixia. La administración de Joe Biden ha manejado una política de doble carril: por un lado, mantiene el garrote de las sanciones penales a la cúpula; por el otro, ha dejado la puerta entornada para que las licencias petroleras sigan fluyendo, conscientes de que el crudo venezolano es una pieza necesaria en el engranaje energético global.
Sin embargo, el retorno de Donald Trump al centro del debate electoral norteamericano introduce una variable de alta volatilidad. La retórica de la «máxima presión» vuelve a ganar fuerza, complicando los márgenes de maniobra de un gobierno venezolano que necesita desesperadamente divisas no solo para sostener su andamiaje de poder, sino ahora para financiar la reconstrucción de las zonas devastadas por los terremotos.
El analista riguroso debe despojarse de pasiones y evaluar las fuerzas en pugna. La ansiada tranquilidad para el pueblo venezolano no vendrá de un cataclismo político repentino, sino de la resolución de estas variables en tres posibles escenarios:
Paradójicamente, las grietas del terremoto podrían abrir una ventana diplomática. Si el gobierno de Delcy Rodríguez concluye que el costo financiero de la reconstrucción y el aislamiento es impagable, podría verse forzado a iniciar una negociación real con la comunidad internacional y sectores de la oposición moderada.
El Desenlace podría venir de una apertura económica supervisada, mayores concesiones petroleras a cambio del desmontaje paulatino de sanciones y el diseño de una ruta electoral con garantías institucionales mínimas. Para el ciudadano común, esto significaría el regreso del crédito, la inversión y un respiro en su calidad de vida, aunque la justicia total quede postergada.
La cohesión del chavismo actual es utilitaria. Sin la figura arbitral de Maduro, la convivencia entre el ala civil y tecnocrática (los Rodríguez) y el ala militar radical (Cabello) es frágil. Si la administración de la ayuda internacional por el sismo se maneja con opacidad o si los recursos provenientes de actividades ilícitas y del narcotráfico se reducen por la presión de las agencias estadounidenses, las costuras del triunvirato podrían reventar.
El desenlace podría ser una fractura interna donde un sector de las Fuerzas Armadas decida forzar una transición ordenada o un Gobierno de Salvación Nacional que incluya a la oposición para evitar un estallido social o una intervención externa.
Es la apuesta de supervivencia de la actual gestión provisional. Delcy Rodríguez busca estabilizar el país bajo el espejo de sistemas como el cubano-vietnamita o el chino: mano de hierro en lo político (garantizada por la Fiscalía de Saab) pero pragmatismo absoluto en lo económico. Dolarización de facto, privatizaciones discretas de activos estatales y alianzas energéticas periféricas.
O el país experimenta una recuperación material básica y se reconstruyen las ciudades afectadas, pero la paz social se compra a cambio de un silencio sepulcral y la ausencia de libertades democráticas. La tranquilidad del orden impuesto.
Venezuela se encuentra ante un dilema existencial. La lección que dejan las ruinas de Yaracuy y La Guaira es que la retórica ideológica no levanta hospitales ni devuelve la luz a los hogares. Para que los venezolanos vuelvan a respirar con normalidad, el poder en Caracas deberá entender que la reconstrucción física del país es inviable sin una reconstrucción institucional. De lo contrario, la tierra dejará de temblar, pero el país seguirá viviendo sobre una falla geológica permanente.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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