InicioEDITORIALEL FANTASMA COMUNISTA Y LA PARADOJA AUTORITARIA EN ESTADOS UNIDOS

EL FANTASMA COMUNISTA Y LA PARADOJA AUTORITARIA EN ESTADOS UNIDOS

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-OPINIÓN TECLALIBRE-

En el ágora política estadounidense contemporánea, el lenguaje ha dejado de ser una herramienta de debate para convertirse en un arma arrojadiza. En este clima de extrema polarización, las equivalencias falsas dominan la conversación: se ha vuelto un lugar común afirmar que denominar «trumpistas» a todos los republicanos es tan injusto como tildar a los demócratas, de manera automática, de «comunistas». Sin embargo, un análisis riguroso de la realidad política e institucional de Estados Unidos revela que esta simetría es una ficción.

La realidad es terca: en los pasillos del poder de Washington, los comunistas brillan por su ausencia, y los socialistas reales son una anomalía estadística. Lo que verdaderamente existe en el espectro progresista estadounidense es una corriente de socialdemócratas.

Cuando agitadores políticos acusan de marxismo a la centroizquierda, ignoran deliberadamente la historia. ¿Era comunista Franklin D. Roosevelt cuando salvó al capitalismo de sí mismo con el New Deal? ¿Lo era Barack Obama al rescatar a la industria automotriz y Wall Street? Ni siquiera figuras que desatan el pánico en la derecha conservadora, como Bernie Sanders o intelectuales como Mahmood Mamdani, abogan por la abolición de la propiedad privada o la estatización de los medios de producción. Lo que la llamada «izquierda radical» estadounidense propone es, en esencia, el modelo escandinavo: una economía de libre mercado fuertemente gravada para sostener un Estado de bienestar. Es decir, Dinamarca o Suecia, pero con Obamacare.

En la otra acera, la etiqueta de «trumpista» aplicada al Partido Republicano responde a una realidad mucho más tangible. Es cierto que el conservadurismo tradicional —el de los Mitt Romney, los George W. Bush o las Liz Cheney, enfocado en el libre comercio y las alianzas internacionales— sigue existiendo. No todos los votantes republicanos comulgan con los excesos del magnate. Sin embargo, negar que el «trumpismo», con su mezcla de populismo nacionalista y retórica anti-establishment, ha secuestrado la estructura, las bases y la plataforma del partido, es negar la evidencia. A diferencia del «comunismo demócrata», el trumpismo hegemónico es un hecho político innegable.

Pero la mayor ironía de este teatro político reside en la definición misma de los miedos que se agitan. El comunismo real, aquel que históricamente ha aterrorizado a las democracias liberales, no se reduce a una subida de impuestos para financiar hospitales. El comunismo histórico se caracteriza por el control férreo del Estado sobre las instituciones, la supresión de la disidencia, el asalto a la prensa libre, la erosión de la independencia judicial y el culto a la personalidad del líder supremo.

Si aplicamos esta plantilla política a los Estados Unidos de hoy, lo más parecido a esas pulsiones autoritarias no se encuentra en las filas del Partido Demócrata. Se llama Donald Trump.

Aunque en lo económico Trump es un capitalista puro —como lo demuestran sus masivos recortes de impuestos y su desregulación agresiva—, en lo político su manual de estilo es profundamente iliberal y coquetea abiertamente con la censura estatal. Su insistencia en catalogar a la prensa como «el enemigo del pueblo» ha dejado de ser un mero eslogan de campaña para convertirse en una práctica punitiva desde el atril de la Casa Blanca, donde las actuales censuras, vetos y bloqueos a cadenas como CNN y otros medios críticos se han normalizado. Cuando un líder responde con insultos personales, humillaciones y reacciones descompuestas a las preguntas legítimas de los periodistas, no está defendiendo una postura política; está intentando quebrar a la prensa libre mediante la intimidación. Esta hostilidad sistemática hacia la libertad de expresión, sumada a sus intentos de instrumentalizar la justicia contra rivales y su exigencia de lealtad personal absoluta, son los verdaderos ecos de los regímenes totalitarios del siglo XX.

Agitar el espantapájaros del «comunismo» es una táctica electoral barata, diseñada para sembrar el terror y evitar debates complejos sobre la desigualdad, la salud pública o la infraestructura. Es hora de limpiar el lenguaje político de los fantasmas de la Guerra Fría y enfrentar los peligros del presente.

En el Estados Unidos actual, el verdadero riesgo para la arquitectura democrática no viste de rojo soviético ni hace planes para expropiar fábricas. Viste de traje a la medida, promete que «solo él puede arreglar la nación» y exige una sumisión absoluta que ningún líder demócrata, por muy progresista que sea, jamás se atrevió a pedir.

-Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com  https://teclalibremultimedios.com/category/portada/

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